Cuando veníamos por la vía rápida desde el aeropuerto, aquella vez primera, atravesamos muchas zonas urbanas hacia el noroeste que pasaban frente a mis ojos con el destello de lo nuevo, sin que pudiera memorizarlo o capturarlo siquiera, porque la fijación de las cosas requiere una elaboración más atenta y acentuada; ni siquiera un paseo a pie por esos lugares lograría plasmarlos en la memoria de forma parcial; o quizá sólo detalles muy generales. Muchos meses después puedo devolverme hasta ese recorrido inicial y ver desfilar por mi mente los colores generales de las casas, de un rojizo común en muchas construcciones de los suburbios, las estructuras del comercio con los avisos de las tiendas y las vitrinas, también el ir y venir de las gentes por las aceras y el tráfico de los coches, los buses rojos, las líneas minuciosas de las calles y los cruces; y también la entrada al lodge donde viviría durante toda mi estadía, el final de mi viaje, mi llegada. Hacía un clima de primavera estupendo, con sol y brisa; el balcón del piso estaba abierto de par en par, entraba el calor del verano próximo que se alargaría hasta octubre, cosa que no había sucedido en muchos decenios en aquella ciudad. Allí nos esperaba Oscar, a quien yo llamaba Manuel desde que era niño, y quien había estado viviendo allí desde hacía unos meses.
Sin embargo mi alegría no permitía ser consumada del todo, ya que había acaecido una desgracia durante la mañana de aquel sábado. Y era que, de venida hacia casa desde el aeropuerto, habíamos pasado a recoger a Álvaro, esposo de Blanca, en su trabajo, en una zona industrial un tanto deprimente y aislada, quien acababa de llegar del hospital pues se había cortado un dedo con una máquina de pastelería. Estaba pálido y ojeroso, callado, triste. Contó cómo había sucedido, y si le dolía.
De modo que el resto del viaje fue solemne y sin muchas menciones a mi curiosidad. Y según lo que entiendo de la suerte de las personas, pienso que la de Álvaro fue una sucesión de desventuras aquel año, a la vez que el mío se colmaba de placeres y bonanza; no fue sino observar la niebla de la capital desde el avión y ver entre las ráfagas de espacio que me permitía, los techos y las calles de esa nueva ciudad, para olvidar todo el cansancio y los afanes que se tiene siempre en los aeropuertos y durante el vuelo, en las sillas incómodas y el servicio precario; con sólo aquellas imágenes rápidas de la ciudad desde la altura me di por bien servido, contento y con ánimos renovados. Luego la ruta dentro de la ciudad satisfacía todas mis dudas, aunque esto en parte: meses después, tendido en mi cama, de noche, casi agotado por el sueño, tenía que decirme a mí mismo, repetidamente: “estoy en Londres”, “estoy en Londres”; sin embargo era fácil, durante esos momentos en el asiento de adelante y la ventanilla abajo, igual a cuando conocí los shires, Bath y Oxford y también Canterbury, permitirme el no pensar en nada, sólo ver las vías y respirar el aire nuevo porque, aunque no lo creyera en primera instancia, el evento estaba sucediéndose, aún con los ojos cerrados.
También durante aquel día me enteré de que los cigarrillos tenían una duración más corta, y fue una noción instantánea que confirmaron todos sin lugar a dudas.
Y para entonces había aún sol y buena brisa, y era tarde: sin darme cuenta eran casi las nueve de la noche, y yo debía dormir, pues al día siguiente madrugaría temprano al mercado de Wembley, como inicio a una rutina que llevé a cabo cada domingo que tuve libre en el Reino, es decir, muy pocas veces.
Temprano en la mañana salí con Manuel, y recuerdo que conversábamos poco. Yo hacía preguntas y él respondía: durante varios meses fui conociendo el temperamento de aquel hombre que siempre de niño me trataba con hartísimo cariño, y que ahora lo hacía con frialdad y distancia; pero no era con respecto a mí, sino que su situación particular lo hacía reservado y severo. Pues sucede con las personas que, bajo opresión de situaciones externas e ineludibles que no son apropiadas para sus naturalezas, sale a relucir en ellas el temperamento opuesto al que impera cuando el mundo se acomoda a su modo de vivir; meses después, días antes de su regreso o ya cuando para él su viaje a Inglaterra había llegado a su fin, cuando había tomado la decisión de volver a su patria, al lado de sus hijos y su mujer, la calidez del trópico y sus licores favoritos, Manuel fue tornándose en, no ya silencioso, sentencioso y de actos contundentes, sino aquel risueño, conversador inagotable y de historias infinitas, pícaro, sutil, cocky y elocuente, atento y festivo. Y era que a Manuel no le gustaba aquel país. Lo consideraba frío y lejano. No tenía quejas, ni jamás manifestó desagrado con el trato que recibió, en especial el que provenía de mis tías, que era siempre dedicado y generoso. Trabajaba desde la madrugada hasta el mediodía, al igual que Álvaro durante unos años, como pastelero refinado, y el resto de sus horas las pasaba en casa, bata puesta, café en mano, ora leyendo ora al frente del televisor. Era diligente en las labores familiares, y aceptaba gustoso los ofrecimiento que se le hacían, demostrando con ello no una inclinación cobarde a aceptarlo todo por miedo a imponer su carácter, sino muy por el contrario, manifestando su generosidad de espíritu brindando atenciones y sonrisas, o en ciertos casos, recibiendo regalos. Era diligente en especial con su familia: muchas veces pasaba las noches bocina en mano, al lado del licor -le gustaba el Whisky fino, o el brandy-, hablando con su mujer o alguno de sus hijos; constantemente viajaba a Wembley Central, una avenida de comercios a sólo veinte minutos en bus, donde compraba el crédito para llamarlos a diario, acompañado de algunas cosas para las cenas, un vino rojo, unos chocolates, jugos de fruta.
De tal manera avanzábamos en la vía hacia el estadio, una calle de doble vía que, muy usual en la capital, estrechaba su disposición para permitir que los carros aparcaran a los lados; y esto hacía que los conductores del Reino desarrollaran y requirieran mayor pericia al conducir, muchas veces haciéndose necesario el zigzagueo peligroso o el giro fino y certero. También las casas se me aparecían, en aquel primer paseo a pie, como de una sustancia acorde con la atmósfera que respiraba, nueva y mejor. Ensanchaba mis pulmones, aguzaba la vista y me llenaba de ánimos. Me hacía a mí mismo preparado para aquello que se venía, el año largo que mis ojos querían abarcar, con el afán de lo nuevo y la juventud. Recuerdo que muchas de las actitudes que se repitieron en mi conducta a lo largo de mi tiempo en la capital estuvieron presentes desde el mismo instante en que desembarqué en el aeropuerto: el deseo de formas nuevas, el aprecio por el frío, la mirada aguzada y sensible, el ánimo expectante, los altos pensamientos. Y ya desde la caminata -que se me hacía larga, desde el lodge hasta la estación de trenes de Wembley Park, la más próxima, por la que atraviesa una vía principal del borough y que está llena de tiendas de comida, distinta de mi ruta que sólo rompía la continuidad de las viviendas con un centro de salud y un prado- observaba que las distancias, por un efecto de la atmósfera, se hacían más cercanas, como si el ojo humano trabajara como un catalejo al que es posible regularle el foco pero que no precisa la medida de la distancia, de modo que el lugar a donde mi vista llegaba no correspondía con el cálculo de pasos que me tomaba llegar hasta allí, y todo parecía más grande de lo normal una vez lo había caminado y así yo lo hubiera visto según una medida apropiada -también esto me sucedía con las rutas de bus, que por lo general eran lentas y hacían paradas en cada estación, cada tercio de milla más o menos, de modo que parecíame a veces habitar una ciudad más grande, y que Wembley quedaba más al norte-.
La ruta a pie desde casa hasta la estación de trenes de Wembley Central era la vía opuesta a la que debía tomar para viajar en bus hacia el centro. Cuando salía del lodge, tomaba mi izquierda y caminaba recto por la acera, hasta llegar a la highway, la vía principal del condado o borough, aunque este nombre podría parecer una vía enorme para quien está habituado a las nociones americanas. Por esta vía se llegaba al estadio: frente a la estación de trenes se alzaba la mole con su arco iluminado las más de las noches, unidos por una vía peatonal amplia y extensa, y por una serie de puentes y escalones para los accesos a la estación; y siempre pensé en esta estación como principal, pues su letrero era más grande que en las demás estaciones del underground; y por supuesto el estadio tenía algo que ver con ello. Sin embargo nunca los vi terminados, la estación de trenes y el estadio, siempre había labores allí y carriles cerrados u hombres con uniforme y casco, taladrando o trepados en grúas.
Caminamos hasta allí y luego bajamos las escaleras, para llegar a la vía peatonal; luego, poco a poco, fuimos alcanzando el estadio: los domingos, durante la mañana y ubicado en los aparcaderos del estadio, trazadas en un orden de vías, estaban dispuestas las tiendecillas, toldos o casetas, a lo largo de aquéllas y en constante bulla y movimiento, como una plaza de mercado en sus horas de mayor trajín.
El mercado de Wembley, al igual que otros en la ciudad (como aquel Liverpool Market o el de Edware Road), tenía una inclinación por las ventas de artículos novedosos y no de antigüedades, como de hecho sucedía en el mercado de Covent Garden, el Jubelee, o en los mercados de pulgas de Alemania; tampoco había libros allí, ni colecciones de música o curiosidades del pasado. De modo que se paseaban por las vías improvisadas un tipo de persona trabajadora, activa, sin mayor necesidad que la de una salchicha y la de ver más gente en ocupación ociosa. Y esto es fácilmente comprobable, dado a que en esta ciudad al igual que en el resto de ellas, aún en los pueblos más decaídos y sin actividad, el domingo resulta ser un vacío, una pausa en el movimiento; tal como sucedería en la orquéstrica, si fuera ésta el panorama o conjunto de las actividades y movimientos en un conglomerado humano, el domingo vendría siendo una voz apenas audible, viciada o insuficiente, como si en aquélla faltaran los violines. De modo que en todas las cuides y pueblos, se hace necesario extender la actividad que suponemos concluida el sábado, junto con el bullicio y el tráfico, hasta el domingo siquiera, y de ese modo librar al espíritu y a la mente de aquel acto terrible relacionado con la nada, el vacío en la acción y la percepción física de la nada.
En una esquina del mercado, luego de pasearnos y comernos una salchicha de desayuno, aunque no muy usual o sólo presente cuando el mercado estaba en su apogeo –antes, me decía Manuel, el mercado tenía siete, hasta ocho avenidas de estas, decía señalándome una de las vías peatonales, a cuyos lados, paralelamente, estaban las casetas- había una tarima, como existiera hasta hacía poco (o, según mi guía turística, aún en actividad y ocupándose de lo mismo) en Marble Arch -supongo que sin las discusiones o las competencias de oratoria, quizá como ejercicio turístico tal vez-, en la que se subastaban artículos de la más distinta naturaleza, tapetes, prendas, electrónicos; y en pie sobre aquélla, un hombre sudoroso, micrófono atado a la cabeza, queriendo convencer a un público numeroso que se apretaba con aquel característico amontonarse de masas, a hacerse con un artículo indudablemente de segunda calidad.
Y este bullicio no lograba apagar sin embargo las dulces resonancias de los bafles de los jóvenes negros y de los altavoces de cada toldillo, pues todos parecían disponer de un micrófono y altoparlantes con los que promocionaban a viva voz las maravillas de su carpa, esto quizá inherente al humano desde el inicio de la civilización, quizá en un lugar de Oriente, en una plaza de mercado, de donde correspondía el origen de la palabra algarabía. Y todos hacían uso de aquel caso en latín, el vocativo, al que le corresponde la invocación o mención fuerte, y cuya palabra va escrita siempre con signos de exclamación. Era una noción de sonido que delimitaba los espacios, como si creara una burbuja única, distinguible de las otras y que poseía su propio clima y atmósfera. Pues era de sorprender el hecho de que, unos metros por fuera del mercado, era de nuevo la ciudad misma la que pronunciaba sus voces de domingo, de tono silencioso, ligero, caluroso; y dos pasos adentro del mercado era todo bullicio y humareda y basura y gentes atravesadas. Y aunque no me era fácil identificar esto al principio, era notable ese hecho de que, con dos pasos solamente, hacía presencia una nueva tonalidad y la atmósfera se convertía en otra completamente distinta; y así, este mismo concepto aplicado a la totalidad de la ciudad, podía uno ingresar a un lugar insospechado dentro de la ciudad, de igual manera como sucede en las narraciones del Quijote, quien avanza varias leguas, encuentra una nueva desventura y la resuelve, sufriéndola, con sólo cuatro o cinco líneas de Cervantes. Ésto sucedía con regularidad durante mis caminatas por el centro, y entonces pensaba en Borges, cuando mencionaba que Londres era un Laberinto roto, no sabiendo yo con ello si era por la carencia de meta o final, o porque el final estaba en cada vuelta de esquina. Y sucedió que, al cruzar la calle que separaba el aparcadero donde residía el mercado, de la larga y ancha vía peatonal, era caminar dos o tres pasos y ya era otra ciudad la que se contemplaba, otro el aire y el sabor que se respiraba; y también otros pensamientos. En el centro de la ciudad, podía internarse uno por un callejón y ésta se transformaba de súbito, y las líneas que trazaban los mapas en mi mano se convertían en ilusiones nunca llevadas a cabo; como en el mercado, al entrar en él se sumía uno en la actividad y el bullicio, al salir se penetraba en el sosiego del domingo, y era preciso hacer uno de la serenidad y la contemplación, aunque esto inconscientemente por supuesto, para que no fuera a trastocársele a uno la noción de realidad.
Yo quería inflarme los pulmones de aire, de la misma manera como deseaba que la ciudad toda hiciera parte de mí; y este afán se prolongaba a todas las actividades que hacía o pensaba hacer, cada cosa que constituía mi propia personalidad y mi modo de concebir el mundo. Veía el discurso del presente, aquello que llaman realidad, con el filtro particular que mis ojos le daban, y parecía a veces que todo se acomodaba a mi modo de desearlo; pero es esto una ilusión cuando se vive, pero en el recuerdo observo todo aquello sucedido como si lo hubiera dispuesto para una obra teatral, como si hubiera sido yo mismo quien diseñó el tablado y la decoración, y las acciones y los personajes. Leía la realidad como evento fuera de mí, y sin embargo sabía que era yo quien la estaba creando; a veces pienso que era un acto de altísima vanidad. Y yo me nutría de cada objeto, situación, palabra u olor que me proporcionara el presente, y leí todos los avisos de las calles y los comerciales en la televisión, con el mismo deseo con el que miraba Charing Cross Road u Oxford Street, queriendo descifrar la realidad para estructurarme una propia después, luego de habérmela apropiado; mis ansias me hacían soñar con mujeres con acento británico, o glorias dignas de un lugar cerca de la catedral de San Pablo, y me creía merecedor de ello, dados mis esfuerzos en darles nombre a mis sensaciones y darles una jerarquía universal según mi espíritu iluminado. Y era este un vano deseo de poseer la ciudad para mí, cosa que meses después sentenciaría en una frase, al decir que todas las fotografías que tomé carecieron por completo del sabor de la ciudad; mis ansias venían dadas por el deseo de hacer parte de ella, de poder concebir como inglés de nacimiento, y poder manipular las ideas de la ciudad de modo que pudiera tomar, como un pintor los colores de su paleta, elementos que tenía dentro de mí y crear un gran arte. De modo que caminé y visité museos, y me inmiscuía con igual desvelo por lugares insípidos o frecuenté el trato de personas vulgares, puesto que también allí reposaba el misterio de la ciudad, y de esa manera pensaba que había procedido Shakespeare al crear el mundo, mirando y escuchando y no emitiendo juicios sino cuando se lo dictara la conciencia universal de la cual él era un mediador y un privilegiado.
Este acto de observación me desconectaba constantemente de mis labores, y muchos llamados de atención sufrí por no atender ellas y por estar mirando por las ventanas. A veces, en los hoteles donde trabajaba, prefería las vistas altas, porque me permitían panoramas privilegiados dentro de la ciudad; y podía atreverme a medir las distancias, diciéndome “he allí King Cross St. Pancras, y por supuesto allí al sur estará Piccadilly”, aunque con la mirada fija en ningún punto específico, solo percibiendo formas que yo tomaba como fruto de la elaboración superior de las civilizaciones de los hombres. Me gustaba ver los tejados de las casas, y ver los transeúntes debajo de mi mirada, ver pasar los cabs y los buses, y todo el tráfico alrededor de las glorietas, también las luces de los parques o simplemente las extensiones de tierra en donde se erguían las casas y su distribución entre las vías. Pero esto no era sólo inherente a Londres, sino que siempre me sucede cuando observo las cosas desde cierta altura. Pero de allí me vienen esas costumbres particulares, o quizá de antes, cuando me trepaba a los pinos altos en el campo para ver las cosas desde arriba. O quizá todos tengamos algo de ansia y placer o necesidad en ello.
Cuando, días después, inicié mis labores en un hotel en East Acton, disponía de mis ratos libres para observar por los ventanales de los pisos altos. Pero tal vez yo no tuviera tiempo para ello, sino que me lo robaba; y no veía ocasión de tener un ventanal frente a mí para observar la ciudad y ver cómo ésta se disponía frente a mis ojos. Luego, cuando trabajaba en el hotel del centro de la ciudad, prefería el turno de la tarde por ser más sosegado el hotel a esas horas y por extenderse el turno hasta casi la medianoche, de modo que podía quedarme mirando el centro de la ciudad desde las alturas, hasta que me requirieran en la oficina. Fumaba un cigarrillo tras otro, sin más interés en el mundo que el que podría darme la suerte de las cosas, de modo que ningún cliente solicitara servicios de la casa, para que no sonara mi teléfono y con ello no interrumpir mi rato de contemplación. También, cuando bajaba las escaleras del servicio, había en cada piso una ventanilla que daba hacia el oeste de la ciudad; y a través de allí era posible ver una arquitectura de torres puntiagudas cerca de la Biblioteca Británica, justo al lado de King´s Cross; bajaba desde el octavo piso hasta el primero, deteniéndome un instante en cada piso para observar por la ventanilla, y observaba con cuidado el modo como iba inclinándose el horizonte, hasta que ya no era posible ver la punta alta de aquella casona como un castillo y ni siquiera a los compañeros que fumaban afuera del edificio y que era posible verlos desde pisos más altos.
Pero, mi interés primordial durante los pocos días en mi primer hotel era el de ser un buen trabajador. Con el entrenamiento que ganara allí iría al Hotel del centro para ubicarme permanentemente. Y para ello compramos unas camisas negras y provisiones para mis almuerzos, mantequilla de maní, pan, queso Cheddar y jamón para mis sánduches, y chocolates para mis ratos de voluptuosidad; y me hice también con unos zapatos de suela ancha, negros, comodísimos, con los que trabajaría hasta el último día de trabajo; éstos habían sido un regalo de Stephen, el señor inglés esposo de mi tía Marina, mi otra madre en aquella ciudad. Y con ella sucedía que siempre manifestaba altísimo interés en mí, pero se dio el caso de que poco tratamos los primeros meses; y todo se debía a sutilezas de las cuales fui siendo partícipe muy de a poco, con el resultado de que al final de mis días sólo salía con ella; era la que más placeres consentía a darme y a la que más accedía yo a poner cuidado y atención con los consejos y censuras que me daba. Pero esto no lo sabía yo ni lo imaginaba, que hubiera toda una cadena e hilos de relaciones que me privaban de sus placeres, y la idea que tenía de Marina era que vivía desde hacía mucho tiempo en Londres y que había tenido conmigo un trato más bien distante, apenas por teléfono y según el pasado, durante mi niñez. Desde mi viaje a Londres, la considero una de las mejores mujeres que pudo brotar de este mundo, y soy en extremo agradecido por tal suerte. De modo que, aquella primera vez que la vi en la ciudad, me regaló aquel par de zapatos negros de su esposo, y pasamos la tarde del domingo en casa; también me regaló cigarrillos, cosa que inauguraba todo un año de tabaco que recibía de ella. (Y aún en este entonces, cuando se entera de que voy a beber con mi hermano en casa de nuestros tíos, sus hermanos mayores, ella pide que seamos abastecidos de cigarrillos.) También en aquella ocasión cocinó; siempre lo hacía, con su facilidad y encanto particulares: cocinaba a la torera, y los resultados eran de un cuidado, que poco valía el vino, el brandy o los halagos, porque parecían manjar que no necesitaban veneración ni ensalce al ser fruto de una Providencia magnánima.