Es esta una de amor, y si me aparto de allí en el discurso de los hechos es porque lo considero necesario, quiero decir que tales sucesos se incluyen en el amor y lo conforman, pero ante todo es una de amor y de allí no ha de apartarse. Comenzó a mi llegada a Londres, una tarde de lluvia. La recuerdo bien, pues desde el avión pronto a aterrizar, y luego de aparecer entre las nubes, se dibujó un contorno de casas que ya en ese momento daban la sensación certera y memorable de los días que habrían de venir; aquellas arquitecturas, al compás de la lluvia y la neblina, resultaron ser una constante a lo largo del año en que permanecí, entonces todos mis recuerdos se empapan de aquel contraste, lluvias y neblina y arquitecturas. Al descender, luego de los acostumbrados trámites en el aeropuerto, encontré a Blanca, quien sería mi madre durante aquel viaje, y a quien hoy recuerdo con dulzura y veneración. Me llevó por la autopista rápida, sin sobresaltos de espíritu, sin sospechar que habría de recordar aquel trayecto por la vía opuesta a la de mi ciudad natal, en la silla contraría a la usual también, y los ojos bien abiertos: paisaje nuevo, y sus olores. También recuerdo la llegada a Wembley, donde viví, sus casas de dos pisos y apartamentos, los mercados y las pequeñas glorietas, también los buses, los nombres de las tiendas –casi todas en árabe y hindi, pocas en inglés-, todo ello alejado de la idea romántica de capital antigua que tenía desde siempre, aunque ya todas estas figuraciones desvaídas desde que tomé el avión y a lo largo del viaje, y contorneándose de imaginaciones en la proximidad de la ciudad; y todo comienza a tomar rumbos imprevistos –los turbantes de algunos transeúntes, la disposición de las calles y las casas-, pues todo resulta nuevo y, aunque alejado de las ideas románticas, no poco atractivo y excitante. Aunque tal vez no sólo de amor, por aquélla, sino por las cosas que rodeaban su figura, sería preciso describir el andén por donde dio sus pasos al acercarse a mí, o una tarde cuando nos vimos, o el contorno de la plaza cuando todo dejó de ser. Y más aún, los azares que me llevaron a caminar por allí, o para quererla y lo que esto presupone; entonces más bien parece una historia de amor por la ciudad que albergó mis pasos durante aquellos amores y no sólo una de amor, sus hechos y pendencias y dolores. Y es las más de las veces impensado y súbito, ese amor, y de tal manera fue aquel mío, sin percatarme de ello pero quizá deseándolo, imaginándolo posible durante mis caminatas cuando me aventuraba a conocer la ciudad o a la hora del tabaco desde el balcón del piso, o cuando me llegaba a casa por vez primera, a lo largo de la autopista, la lluvia golpeando el cristal del coche y los autos pasando a velocidad, y un paisaje difuso, cuyos contornos me enseñaban el verde de una ciudad multicolor. Ese paisaje se transformaba sutilmente, cambiando de tono a medida que entrábamos en la ciudad y al condado a través de las vías rápidas, aquellas que desdibujan la estética de la ciudad con gran tino; y también a lo largo de aquel año aunque sin precisar mucho los ritmos en que estos tenían lugar, ora por los temperamentos de las estaciones, ora por mi conocimiento de la ciudad y la sumatoria de mis actos allí, mis sufrimientos y glorias.
La vía hacia el aeropuerto la recorrí unas tres o cuatro veces no más, una de ellas para conectar con otra autopista, cuando me llevó Blanca a conocer Windsor. Y la vez última, la mañana brumosa y de lluvia que me despidió de la ciudad, por la vía opuesta y en la silla contraria, ya próximo a reencontrarme con mis órdenes originales y a los cuales ya me había desacostumbrado, al llegarme mi hogar natal después de un año de ausencia. Y Blanca me besó, con más solemnidad que emoción, y me dejó a solas para despedirme de mis amigos, que se habían trasnochado en el pub y luego en el aeropuerto para verme por última vez y decirme el adiós.
···
Habíamos estado bebiendo unas pintas en el pub de los viernes en la noche, todo tan normal, sin apenas sobresalto por la despedida. Luego llegó el adiós, pero éste tan sólo para mí pues no imaginaba que fueran a aparecerse en el aeropuerto en la mañana del siguiente día, todos ellos a excepción de Mischko, a quien dejé de ver en el andén, luego de adentrarme en la estación. Tomé mi tren sin darme cuenta de que había de ser la despedida a tantas estaciones, hasta la última, donde desembarcaba para llegarme a pie a casa, Wembley Park. Pero era esta una despedida provisional pensaba yo, no lograba hacer posible el hecho de no volver a ver Finchley Road o Baker Street, o Great Portland Street, así como tampoco imaginaba el haber dicho adiós al general Trafalgar esa misma tarde, durante mi último paseo por el centro y por la Galería Nacional, a donde me había llegado para ver por vez última los girasoles de Van Gogh. Son mis recuerdos más nítidos, por haber sido los postreros, pues aquellos que tenía más vívidos en mi pecho en aquellos instantes, aunque sin ser tan recientes, habían sido inevitablemente modificados por las cosas que luego se llegaron, por la razón de que los recuerdos se transforman, los modifica uno a fuerza de recordarlos y a fuerza de quererlos vivir de nuevo en la imaginación, cosa que los teñía del deseo y la añoranza; a estos recuerdos no tan nítidos pertenecían mis caminatas, así como las rutas de trenes y de buses que tanto esmeré en memorizar, puesto que sabía que había de necesitarlos para mis añoranzas futuras, cuando ya no viviera allí y las extrañara. Las que ahora revivo sucedieron aquella tarde, más aún después de visitar los girasoles, ya todo empapado de reconciliación y colores ligeros, sin la violencia de las despedidas ni el apego. Y era que, en cuanto a la pintura de Van Gogh, me sucedía que iba a verla a menudo, sólo a ella, dejando de lado las demás pinturas que contenía aquel pequeño salón. Entonces salí y también le dije adiós, y guardé silencio desde la entrada a la galería, frente a la plaza Trafalgar. Fue una de mis vistas favoritas, pues desde aquella entrada la plaza gozaba de buena perspectiva, ya que estaba un poco alzada sobre el nivel del horizonte, permitiendo ver a lo lejos la cabeza del Big-Ben, la Whitehall abriéndose, y antes de ello la amplitud del espacio que abarcaba el blanco de la plaza, rodeada de los edificios y el tráfico, y entre ellos las gentes en abigarrado conjunto y los autos, los buses rojos y los negros cabs, en su marcha incesante bajo la mirada del general. Recuerdo haber permanecido allí unos instantes, contemplando el movimiento del mundo y la permanencia de la obra humana, un oleaje rítmico y precipitado -aún más por mis pensamientos- enmarcado en edificios altos y en el clima gris; y luego bajaba la escalinata y me unía al tráfico, perdiéndome entre turistas para sentarme como uno de ellos a presenciar la vida de la plaza, la elevación de la torre y sus leones guardándola, y alrededor las pilas de agua donde jugaban siempre las gentes a tomarse fotos memorables, pasando mi mirada sobre ellos como quien contempla el pasado, viéndolo desde lejos en el tiempo y ahora también en el espacio, diciéndome a mí mismo que aquello debía recordarlo, para hacer honor a aquel momento que se iba, sin poder contenerlo; y de esa manera lo supe cuando caminé de espaldas a la plaza, subiendo por Charing Cross, luego de una mirada final y dolorosa que aún recuerdo, dando mi adiós al General y luego llenándome de lágrimas.
Pero algo más perturbador había sucedido aquella tarde en la plaza, similar al desamor que meses antes, cuando había salido a la noche después de la fiesta, al encontrarme en brazos de la rubia, le di fe de mis tristezas. Pero en aquella ocasión pasada la había besado –y también había dicho adiós, al volverse ella para su país natal-, no como sucedió esta tarde, frente a una mujer que yo me imaginaba mejor, o así me lo representaba, que cantaba a viva voz un aria dulce, con su voz entorpecida por el bullicio alrededor. Era esta una inglesa, delgada y cabello negro, con labios rojos y tez pálida, que había tomado posesión de un espacio en la plaza para hacer sonar los parlantes de los instrumentos, y para acompañarlos su voz melodiosa. Y yo permanecí petrificado mirando sus ojos claros, haciendo de aquella música la música de mi despedida, y sin poder evitarlo imaginando paisajes idílicos con la intérprete inusitada. Entonces la música cesó y poco a poco la multitud fue dispersándose, dejándome a solas frente a ella, sin la valentía para hablarle, sólo con el deseo de llorar por los tiempos que fueron y que pronto dejarían de ser.
Subí por Charing Cross diciendo adiós a las calles, una que había visitado en ocasiones de ocio, cuando pasaba buscando libros de segunda mano; aquella otra donde había bebido unas pintas con un grupo eslovaco, en aquella esquina de restaurantes en Leicester Square; más arriba, en el circus de Cambridge, aquella catedral que se convirtió en discoteca, donde había besado las mujeres en mis fiestas hasta el amanecer; y una o dos cuadras antes, sobre mi derecha, el callejón angosto a cuya postrimería se alzaba el St. Martins Theatre, donde había presenciado “The Mousetrap”, esto último por consejo de mi padre y para mi grande alegría.
También aquella última tarde había acercado mis pasos hacia la National Portrait Gallery, pues quería ver el rostro de Shakespeare, aquel retrato isabelino que había visto sólo en fotografías. En esa ocasión subí las escaleras luego de ubicarme en el mapa de la galería, y me adentré en la sala que correspondía a aquella época, con cierta firmeza, pues sólo miraba de reojo las pinturas para ubicar el retrato deseado –aunque inevitablemente deteniendo la vista frente a un trazo ineludible, uno que mis ojos hubieran captado de paso y que me obligara a mirarlo hasta la saciedad- hasta que di vuelta a la sala y entré en otra ya no isabelina, a lo cual reaccioné con celeridad devolviéndome y observando cuadro por cuadro, hasta darme por vencido y preguntar: “I´m sorry, the portrait is abroad”, fue la respuesta de aquella amable mujer, luego de expresarle mi inquietud de no haber encontrado el retrato en la sala; y después dijo que volvería en unos meses, en octubre. Mi reacción fue como la de aquellos desdichados que, boleto en mano y en la taquilla de premios, se enteran de que el número que poseen y que creen es el ganador, no es más que un error de la persona que ha anunciado el resultado. Entonces me giré y salí, sin remordimientos por los demás retratos de ilustres que había allí, sintiendo que éstos me observaban de una forma tal, como si se hubiesen enterado de mi pena y no dijeran nada para evitar contrariarme. Y era que había yo evadido la visita a la galería, justamente para ver el retrato del isabelino, a lo largo de todo aquel año, siempre postergando mi deseo para otro día, debido a una ilusión de porvenir en la cual yo habría de estar presente siempre, sin el temor de no ser parte de lo que allí sucediera o sin determinar la posibilidad de no enterarme, pues me hacía natural el hecho de que todo estuviera sucediendo bajo mis pies y frente a mi mirada mientras yo estuviera allí, como si fuera la ciudad la que ocupaba una parte de un yo (un yo a medias conocido) y no al contrario, mi ser como una parte ínfima de una ciudad desconocida.
Me despedía de las cosas al pasar, las calles sobre todo, también de las arquitecturas que más lograron conturbarme –las que posee la Regent Street, las de Oxford y antes de ésta la Charing Cross, donde había muchas librerías-, así como de los rostros que nunca se repetían y de sus vestimentas, las esquinas del Soho y el espíritu inmortal de aquella Shaftesbury Avenue, con su colorido teatral y su tráfico, que iniciaba en Piccadilly y conectaba con el otro circus, el Cambridge, por donde atravesaban presurosos mis pies aquella tarde de abril (como aquellos adioses que trata uno de acelerar) y donde tenía aquellos pensamientos tristes.
Llegué al pub donde habían estado bebiendo mis amigos desde hacía unas horas, esperándome, el lugar al cual me había habituado para mis cervezas las noches de los viernes, frecuentado las más de las veces por compañeros del hotel, en donde había yo trabajado durante casi todo mi año de presencia. Muchas veces salíamos de allí, luego de la jornada, y sin muchos preámbulos abríamos la doble puerta de madera y cristal –luego de cruzar las dos calles que lo separaban del hotel, aquella preciosa y amplia Marylebone Road y otra que se unía en un cruce con la Great Portland Street, frente a la estación de trenes-, dábamos unos pasos largos sobre el tapete café y estábamos adentro. Muchas veces encontrábamos rostros familiares ya instalados, en posesión de una mesa grande sobre la cual había ceniceros y vasos de pintas a medio llenar, y detrás de ellos los rostros de charla amena y las risas, todo tan cálido y rodeado de humo. Así como encontraba a veces a la nueva compañera de trabajo, en silencio y frente a una pinta, o al conocido con cargo alto en el hotel –jefe mío quizá- que esperaba, o también al grupo numeroso cuyo bullicio sobresalía al del resto de la multitud. Podía a veces encontrar el pub casi desértico, sin más movimiento que el de las formas humanas tras la barra y el de las luces que se filtraban por los ventanales y que venían a dar sobre las mesas o las paredes o las columnas, formando a cada momento contrastes distintos –un brillo de sol sobre la pared roja, o sobre el barniz de las maderas-; me adentraba despacio, disfrutando la amplitud del espacio, y me acercaba a la barra, pedía una Stella y me sentaba, encendía un pitillo y miraba, siempre miraba, no decía nada y me limitaba a mi pinta y a mi pitillo y a mirar, a veces cantaba cuando sabía la melodía pero casi siempre guardaba silencio, quizá para no importunar mi abstracción –me sentaba al fondo del pub, cerca de la barra y junto a las escaleras para el piso inferior, donde había más mesas y otra barra; pues desde allí tenía una vista privilegiada de las dos puertas de ingreso, y de los ventanales también-, entonces podía observar tanto la quietud adentro, y el ruido y el movimiento de las calles al fondo, al igual que el contraste que sucedía entre ambos –las cosas que dejaban filtrar los cristales- que era a lo que más atención prestaba, en lo cual estaba yo abstraído.
Aquella, mi última vez, encontré el pub en espíritu de caída de tarde, quiero decir que a medio llenar y con la música baja, también con la calefacción encendida pues era inicio de primavera. Encontré mis compañeros en la mesa usual del fondo, cerca de la barra y rodeados de una cierta melancolía que yo atribuía a mi despedida próxima. Los saludé sin dejar escapar algún signo de mi partida, pedí una Stella y me senté con ellos, y comenzamos a hablar.
Recuerdo que muchas veces salía de aquel pub, ya de noche, y dentro del bus hacia Wembley recibía una llamada de mi tía Marina, que me preguntaba qué me había quedado haciendo después de salir del trabajo, esperando una respuesta honesta que la satisficiera –como por ejemplo: ‘estaba con una mujer’, cosa que la disgustaba por el temor que las mujeres londinenses le suscitaban, que pudieran perderme como a tantos otros, pero aceptándola como una verdad irrefutable- y yo en cambio respondía, escondiendo el hecho de haber estado bebiendo cerveza con mis compañeros usuales (Manish, Mishko a veces, también Bárbara y Marzena, quien fue mi andanza última), le decía ‘He tenido mucho tráfico en la Marylebone’, a lo cual ella respondía sin titubeos, con cierta perspicacia inofensiva, ‘ya conozco yo tus trancones, ¿dónde te has quedado?’, y yo me reía y ella también, entonces ya lo sabía y dejaba el tema. En otra ocasión, para justificar mi ausencia en alguna reunión familiar, le dije que no podía llegar temprano pues asistiría a una obra de teatro, y ella me respondió, con el mismo tono de perspicacia ‘¿Ah sí? ¿Y con quién piensas montar la obra de teatro?’, y acto seguido esperaba mi risa para que yo le diera la razón.
Cuando ya había avanzado la noche y menguado el tráfico de la Harrow Road –esa calle tan versátil que se enlaza con la Marylebone en un puente a la altura de Edware Road, que cruza todo el noroeste y, llegándose a Wembley, permite una vista del estadio, su arco iluminado de azul-, que era una ruta que meses después descarté pues se hacía demasiado calurosa durante el verano –atiborrado de negros y paquistaníes, todos ellos prófugos de las duchas- y muy lento también, a todas horas, excepto en la noche. No era esta una ruta tradicional de dos pisos, sino que era tan largo como si fueran dos, unidos por un centro de gravedad que permitía una rotación esencial; así que me tiraba en la última silla acolchada y me dejaba ir, me permitía el sueño, arrullándome con la sucesión de imágenes que casi siempre eran rítmicas, los períodos de las estaciones donde se detenía el bus y sus ratos de velocidad, todo ello con su colorido tenue, el suburbio londinense que iba configurándose a medida que avanzábamos en la Harrow Road y nos alejábamos del centro. He dicho que luego la descarté, queriendo decir con ello que durante algunos meses fue mi ruta usual, a excepción del primer mes pues había utilizado el tren para permitirme unos minutos más de sueño. Luego comencé a utilizar otras rutas: tomaba tres buses para llegar al mismo sitio, a diferencia de la ruta del bus largo, que me dejaba a media cuadra del hotel donde trabajaba; aquellas rutas podían variar, según mi estado de ánimo y según la que saliera primero de la estación principal, según también la ruta que llegara primero al paradero de Wembley, Blackbird Cross era su nombre. En todo caso llegaba al paradero principal y de allí salían dos rutas que me convenían, pues ambas llegaban hasta Edware Road, donde tomaba cualquiera otra que atravesara la Marylebone hasta Great Portland Street. Memoricé las rutas durante un año de ir y venir, también de caminar sin rumbo por zonas desconocidas, debido a tentaciones que me presentaba la ciudad misma. Aún ahora, en ratos de ocio o durante el desvelo, pienso en la ruta 6, que atravesaba Maida Vale y terminaba en el Strand, o la 98, que cruzaba Kilburn y aquella preciosa zona arborizada que poco transité, la St. Johns Wood.
Hablábamos hasta muy entrada la noche, hasta antes de que cerraran el pub, entonces tomábamos el trago último y salíamos hacia el centro, el circus de Cambridge en plena Charing Cross, a donde nos habíamos habituado a trasnochar bailando, aquella catedral de arcos en punta que era ahora una discoteca y que era el punto fijo de los viernes de farra, cuando la decidíamos unánimemente y sin titubeos, ya por las pintas en la cabeza, ya por consumar la noche en compañía de todos, en especial de la querida de turno, esa que nos obligaba a mandar al carajo la responsabilidad para consagrarle la noche, así fuera bailando en la oscuridad y guiado por el mareo y la falta de voluntad. Varías veces sufrimos el trasnocho de la fiesta, y nos volvíamos a casa con la esperanza de dormir unas horas no más, pues en la mañana habíamos de estar de vuelta en el hotel para la usual jornada. Pero esto importaba poco, por el sabor de las pintas y la añoranza de la piel con la querida; y de esta manera tomábamos el bus hacia el centro –cualquiera que nos acercara, bien el 88, del cual bajábamos en Piccadilly o un poco antes, en plena Regent Street- o simplemente caminábamos, y media hora después hacíamos nuestra entrada en la discoteca, Walkabout era su nombre, cuya oscuridad acercaba los pasos y facilitaba los besos, y muchas veces regresamos a casa con el sabor de la fiesta aún palpitante, mezclado con el licor y el tabaco, no ya repasando la noche sino vislumbrando las pocas horas que teníamos para dormir, apresurando con el ánimo la velocidad del bus nocturno, pues hacía mucho que los trenes dejaron de funcionar, hacía ya varias horas el último había partido y las estaciones permanecían cerradas. Y eran estos trayectos en las rutas nocturnas otras formas de entender la ciudad, pues en la noche se configuraban otras perspectivas –el verdor del Hyde Park había perecido y sólo se veía una sombra inmensa, detrás del Marble Arch que fulguraba solitario- y era otra ciudad la que transitábamos; recorríamos la soledad del centro a la luz de los faroles que aún la conservaban y las arquitecturas iluminadas, sólo algunas, de un púrpura o verde –cosa mística he sabido-, y más allá cuando comenzaban a desaparecer los mármoles de Oxford Street hasta culminar en Marble Arch, pues luego comenzaban a elevarse edificios de acero y vidrio u otras de postguerra, con anuncios coloridos de tiendas y licoreras, pero todo tan sosegado que daban la impresión de estar siendo perturbados por el pasar el bus, aunque éste era silencioso y un tanto solemne, muy discreto para ser tan voluminoso y vívido en sus colores.
Era yo siempre el último en tomar mi ruta hacia casa, me cercioraba de que todos hubieran trepado en las suyas y luego me disponía yo a caminar hasta la estación por donde cruzaba aquel 98 nocturno, o el 18 también (que era el mismo que solía tomar durante mis primeros meses, aquella ruta que deseché luego por sus lentitud y monotonía; pero esta ruta, en su trayecto nocturno, era un bus tradicional de dos pisos); entonces pensaba que era de noche cuando se consagraba la ciudad a plenitud con su tradición, pues sólo la rondaban los negros cabs y los doble-pisos, y muy pocos particulares. Caminaba por la Oxford Street a solas, recomponiendo mi andar y mi traje, integrándome de nuevo conmigo mismo luego de los desvaríos del licor, y después de salir de la discoteca al aire libre, de internarme en aquel fantasma que me rodeaba y que se me presentaba nuevo e insospechado y terrible también, la ciudad, desprovista de sus galas y el bullicio y enmarcada en tonos sosegados y en silbidos de coches rápidos, adornada de puntos móviles que eran las gentes en su andar, e iluminados por los faros y las luces de los pocos coches que pasaban. Despedíamos las mujeres primero, juntas iban en la misma ruta, y luego a Manish o a Mishko, quienes tenían mucho camino por delante pero guardaban silencio, sólo por conmemorar la noche, aunque eso no siempre, era inevitable mencionar las horas que se tenían para dormir antes de levantarse para ir al hotel. Tiempo después llegaba mi ruta y me hacía un lugar en la planta de arriba, las más de las veces al frente para saborear esa otra ciudad que se me había presentado insospechadamente. Pero no tardaba ésta en arrullarme y pronto se desvanecía mi sentido del placer por los colores y las formas, y luego el conocimiento que aquellos me producían –siempre éste fundado en sensaciones nobles y altruistas, aunque falsas a veces, como aquella vez que despedí a Michaela luego de nuestro paseo al centro cuando, una vez ella estuvo dentro del bus y, para la memoria mía, visible desde aquel punto en la acera donde yo permanecía, la vi decir adiós y extrañarse de que alguien aguardara que desapareciera del todo para hacerla más solemne-; y era este conocimiento algo que partía desde afuera y que, luego de pasar a través del filtro de mi experiencia y concepción, lograba salir de nuevo de mí transformada, es decir, las cosas que me suscitaba la ciudad en su nuevo traje nocturno se asimilaban a mi sentir –cosa que tambaleaba las cosas que yo sabía con anterioridad, por tanto las transformaba- y, una vez entendidas, salían de mi ser como si fuesen fruto de mi íntima elaboración, y se manifestaban frente a mis ojos como cosa nueva, a veces una Regent Street ampliada por la falta de tráfico, más voluminosa por las luces que poco a poco se iban perdiendo a medida que escalaban los mármoles de las arquitecturas, y más larga y noble; o Piccadilly, cuando tenía su rato de reposo. Además, por las horas sosegadas y mis sensaciones altruistas, comenzaban éstas a proveerse de sus glorias –aquellas que les dieron nombre, como la Whitehall o la Plaza Trafalgar-, y eran más apreciadas por mi intelecto y sensibilidad, pues imaginaba que despertaban los dueños de las hazañas y se paseaban a la luz de la noche, quizá para sentir esa otra eternidad que es el silencio de los vivos, o por nostalgia tal vez.
Ya a aquellas horas el bus era veloz, atravesaba la ciudad desde el centro hasta el noroeste, hasta Wembley. La ciudad sufría su trasformación, esa a la que me había habituado también luego de meses de concurrirla, después de los mármoles del centro llegaban los edificios de acero y vidrio y también los puentes –no aquellos que atraviesan el Támesis, sino otros que conectan vías dentro de la ciudad, esos que desdibujan la ciudad-, y finalmente las alturas decaían y sólo había edificios de postguerra, casas de plantas dobles de ladrillo rojo –aunque antes de éstas, por mi ruta a través de Maida Vale, se veían algunas construcciones georgianas, blancas, con pilares y pérgolas y balaustradas-, se veían más los parques en las glorietas –éstos sólo de adorno, nadie los disfrutaba en el verano como ocurría con el Regent´s Park o el Hyde Park, siempre atiborrado de gentes asoleándose- y las tiendas de comercio de materiales similares, con sus chimeneas inútiles y sus ventanales, los marcos y los jardincillos, a medio arreglar y olvidados; igualmente los pubs, como casas adaptadas, aunque con aquel característico encanto que tienen en la capital, con sus pérgolas floreadas y las letras en oro, los ventanales amplios y enmarcadas en madera.
Luego llegaba a Wembley, descendía del bus en mi estación usual y sentía el frío de la noche, la ventisca helada golpeándome el pecho y sacudiendo mis cabellos; encendía un cigarrillo último y daba unas cuantas bocanadas –en el reino los cigarrillos duran menos, lo supe desde el primer día que estuve allí, todos se consumían sin apenas darse cuenta uno de ello- y al final lo tiraba al piso, antes de entrar al Lodge, el Bilsby Lodge donde me esperaba Blanca, mi madre, aunque ya dormida y sin la intranquilidad que le suele sucederle a las madres. Abría la pesada puerta de madera y entraba, el frío comenzaba entonces a desvanecerse y ya me daba yo por bien servido, cuatro de la madrugada, dos horas para dormir las más de las veces, me adentraba en mi cuarto, me desvestía, ponía la alarma y me echaba a dormir, y me embargaba el sueño.
Aquella vez no había charla amena ni espíritus de farra ni desvelos amorosos, todos callaban o guardaban una solemnidad que sólo era posible atribuir a mi despedida próxima. Estaban allí las personas que más había querido, ora por amistad ora por atracción, en todo caso mis compañeros de trabajo y amigos, esos que ahora recuerdo con nostalgia pues juzgo el tiempo y la distancia como evento que sucede el olvido, y siento que ya ha mucho me han olvidado, sin ser ellos culpables pero llevándolo a cabo, aun sin percatarse de ello. Al final les hablé despacio, con solemnidad pero sin tristeza, pues lejos estaba yo de creer que era mi noche última en Londres, y que después de esa noche no habría más; entonces imaginaba yo que habría un tiempo donde estaríamos de nuevo bebiendo cerveza y charlando y entusiasmándonos con la farra próxima, y por supuesto que sin poder precisarlo.
Algunas veces, antes de dormirme, encendía la lámpara en la mesita de noche y me ponía a leer. No mucho tiempo después soltaba el libro, tomaba mi libreta y comenzaba a escribir, bien una carta de amor a la querida de turno o bien el recuento del día en mi diario, un Moleskine grueso y fechado que aún conservo, pues guarda constancia día a día de mis últimos tres meses en la capital. Fue un ejercicio que adquirí después de meses de labores, pues al principio me era difícil quedarme despierto y también madrugar, ya que mi cuerpo no estaba habituado al trabajo. Muchas veces me dormía en el bus, y el cansancio hacía que la ruta de mi bus fuera más allá de Wembley y se internara en el norte, o que tomara un desvío y me llevara a una zona que se me hacía macabra, dándome pocas esperanzas de volver temprano a casa y dormir, o de hacerme merecedor a un regaño de parte de mi tía, quien me tenía como persona inteligente y de sentido común. De hecho nunca antes había trabajado, no había cumplido horarios ni tenido jefes, las veces que me despertaba temprano para asistir a un compromiso era en la universidad, y aun éste cumplido a regañadientes y con rebeldía, como sintiéndome humillado muy en el fondo de mí. Aquellas veces que me sentaba a leer o a escribir fueron síntomas de un acoplamiento, de una asimilación de mi nueva vida, con labores y responsabilidades, también con placeres y días de descanso; quiero decir que podía entonces aprovechar el tiempo, dedicar algunas horas para descubrir la ciudad después del trabajo o privarme de unas tantas de sueño para mis lecturas, y también para las mujeres. Sin embargo, durante los primeros meses me despertaba de súbito, sin el reposo o recuerdo de haber dormido, pareciéndome imposible el hecho de que fuera preciso y obligatorio levantarme para ir a trabajar. Me tomaba varios minutos de convencimiento, de discusión sobre los deberes que me harían ponerme de pie y caminar hacia la ducha. Mis argumentos podían variar de motivo, una resaca o rebeldía simplemente –aunque también había veces que me levantaba presto, animoso, con miras a una ventura que el día me señalaba, como una mujer o un viaje en tren a las afueras-, pero éstos casi siempre me planteaban mi obligación de ir a un hotel, mis obligaciones -pues, me había llegado a Inglaterra con contrato de trabajo y se me obligaba trabajar para tener el privilegio de estar allí- para que hicieran de mí un esclavo más, mientras en mi mente persistía una imagen de profunda y de altísima vanidad, creyéndome no ya súbdito extranjero de una dama en Buckingham sino noble legal y bien servido, que no tendría necesidad de un madrugón si no fuera para un objeto de placer sumo, un paseo a caballo o un viaje exótico –esos que, no pudiendo dormirse aquel por las ansias del viaje, impiden su sueño y le llenan el pecho de un afán por ver luz, para partir sin demora-. Algunas veces, más bien pocas, mi sensación de nobleza lograba trascender del imaginario y se tornaba en palpitar y emoción, al cruzar una vía amplia o un comercio donde yo lograba pasar desapercibido (y era que, siendo mi imagen imprecisa por sus tonos y facciones, podía pasar de hindú a español, también argentino o –sólo una vez- inglés, cosa que me llenaba de vanidad, pues nadie lograba dar, según mi acento y mis maneras, a ubicarme en mi país de nacimiento), siendo estas sensaciones una resultante del conocimiento que yo tenía de aquella vía que había estudiado en las guías (y también éste aprendido de mi estancia allí, de las historias de las que comenzaba a poblarse la ciudad) y mi percepción que luego, en aquel momento, tenía de ellas. Pero no era esto más que la nobleza estética que le produce al espíritu una ciudad milenaria, a la que uno comienza a comprender pues se muestra moldeable al propio temperamento; entonces siente uno que hace parte del conjunto, de las gentes y el entorno, pero más aún, se da la sensación de que tiene uno una perspectiva más amplia y privilegios, al estar uno enterado de la historia y el valor que el presente le otorgaba; también se pulía el ojo, quiero decir que captaba otras estéticas, cuando sabía de antemano que habría un día, al cabo de mi viaje, un día marcado desde antes de tomar el avión hacia el reino, en el que partiría y volvería a mi ciudad natal, y no vería más aquellas cosas que se me presentaban a la vista; así, consciente de mis días contados y henchido de nobleza estética, exprimía los ratos libres y los viajes, y durante los últimos meses madrugaba sin reproches y con ánimos salía de casa y cerraba la puerta detrás, dejándome golpear de la ventisca helada y apurando mis pasos para no llegar tarde a la estación, pues los buses, en la madrugada y en la noche, resultaban ser harto puntuales.
Esa noche última tomé el tren para volver a casa, pues Blanca me esperaba para darme unos retoques en mi corte de cabello, queriendo que regresara a mi hogar con harto escrúpulo y pulcritud, síntoma de un mejoramiento en la casa que había habitado durante un año; también me esperaba para terminar de hacer mis maletas, las cuales me habían sacado varias rabietas durante la mañana, pues se excedían por mucho en su peso, y me obligaban a pagar un sobrecargo descomunal, tan llenas estaban de cosas que había acumulado a lo largo de mi estadía. Desde que llegué mis tíos me dijeron, No guarde muchas cosas, porque cuando vuelva no va a tener cupo en las maletas, y yo por supuesto no hacía caso, compraba libros y folletos y encendedores y objetos curiosos –un rompecabezas de diez mil fichas, con la imagen de la torre de Babel, de Brueghel, otro de la estación de Waterloo, también una alcancía del servicio postal y afiches de la ciudad-, todo ello haciéndoseme imprescindible con los días, obligándome a hacerles un espacio en mis maletas para llevarlas conmigo; tantas fueron las cosas acumuladas, que tuve que hacer cinco paquetes aparte para enviarlas a mi país, en barco: fueron cinco cajas llenas de libros, depositadas en la Post Office, que zarparon de Portsmouth días después y llegaron a salvo a la puerta de mi casa, una a una a lo largo de seis meses, trayendo consigo mi alegría y mi reposo, pues estaban allí los libros que había yo comprado en Inglaterra, la mayoría de ellos en tiendas de caridad a precios risibles, pero en todo caso irremplazables.
Aquella última vez a lo largo de la Metropolitan Line, hacia el noroeste, recordé las veces que había usado el tren para salir de Londres, cuando visité Oxford y Bath, también Cardiff y Canterbury, recorridos veloces que atravesaban la ciudad hacia puntos que yo imaginaba insospechados, pues desde que daba uno un paso en las estaciones de tren con rutas a las afueras de la ciudad, Paddington o Victoria, perdía uno el sentido de orientación, overwhelmed por los amplios espacios y el techo alto, como en arcos paralelos; y comenzaban los recorridos a difuminar la ciudad en un contorno de casas de suburbios e infraestructuras de industria, ya muy lejos de los mármoles y los arabescos, las cúpulas y los faroles de las avenidas del centro. Trataba uno de ubicar la ciudad desde las vías de los ríeles -de la misma manera como si fueran éstos las líneas de un mapa que sostenemos entre las manos mientras caminamos por una u otra calle, sin fijarnos en las cosas que hay alrededor nuestro y que en el papel son sólo cuadros y triángulos monocolores-, sobre todo cuando, en el centro, atravesaba el tren por debajo de la tierra e imaginaba uno las cosas encima, la Oxford Street, Hyde Park, mientras la oscuridad era casi total por fuera de los ventanales del vagón y sólo era posible observar cables y rastros de excavadoras a la luz un foco imprevisto, y era mayor el sentido que se tenía del momento según el traqueteo constante y el reflejo de las ventanas, dando la imagen de la vida dentro del vagón (las gentes en su espera), y cuando éste sonido menguaba sabía uno que se aproximaba a una estación, luego aparecía la luz y luego la plataforma y en ella las gentes, acercándose lentamente para ingresar al tren. Y era este sonido de ríeles, dentro de los túneles del Underground, similar a aquellos que, fuera de Londres, se escuchan al atravesar un túnel para evadir un lago o una montaña –hay uno largo a medio camino entre Londres y Cardiff-, mientras que el resto del viaje sucede con ese traqueteo como un arrullo para quien va dentro del vagón, cómodo en sus cojines y mirando el paisaje sucederse tras los cristales (a veces el traqueteo también al ritmo del moverse del tren, una sacudida súbita en una curva o la desaceleración al aproximarse a una estación de parada).
Ese traqueteo lo escuchaba también desde mi cama, vagones atravesando los ríeles velozmente en la oscuridad y llegándose hasta el norte para guardarse hasta la madrugada siguiente. Permanecía a la espera de que cesara el ruido pero disfrutándolo mientras duraba, y era más bien un arrullo adicional que me permitía la ciudad, igual que el calor de edredón, la falta de zancudos y el silencio. Quizá escuché aquel sonido de trenes en movimiento la noche última, después de una anotación en mi libreta que terminaba con “Un adiós triste”, y de repensar mi destino mil veces –algunas veces pensé viajar a Edimburgo, con una maleta de mano y con la convicción de no volver jamás a América, de volverme prófugo de la ley al llegarse el término de mi visa- pero convencido de volver a mi patria, aun sabiendo que no habría de volver a Londres hasta muchos años después, quién sabe cuántos, ya ha pasado más de uno desde que volví y la extraño y aún no hay planes de regresar, de verla al menos brevemente y caminar por la Regent Street, sentarme en Trafalgar Square y de ver los girasoles, y luego subir por Charing Cross y beberme unas pintas en el Green Man de Marylebone Road, donde había bebido las pintas que ansío ahora con nostalgia. “Me levanté temprano, con el deseo firme de ver el centro de Londres por última vez, quién sabe por cuánto tiempo”, y más adelante había descrito mis pasos finales, con la solemnidad del pasado al que es preciso hacerle frente pues es doloroso, “Tomé el tren, y bajé en Baker Street. Desde allí caminé a través de Marylebone Road, bajé por Great Portland Street, llegué al circus de Oxford y bajé por la Regents; atravesé Piccadilly, Leicester Square, hasta Trafalgar. Allí permanecí un rato largo, mirando y contemplando el atardecer londinense. Entré en la National Gallery, para el recuerdo. Luego me despedí de la Plaza, de Charing Cross, del centro, por los muchos meses agónicos sin ellos. Encontré varios compañeros en el Green Man, esperando por mí. Nos entramos al pub: Mischko, Basia, Manish y Marzena. Un adiós triste.”
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Y era el sueño el mecanismo con el cual retornaba, sin el esfuerzo de la inteligencia, a mis recuerdos, a mis temperamentos de aquellos días; y era también un punto de libertad absoluta, pero esto es muy vago, más aún que todo cuando hasta aquí he dicho, pero procuraré desarrollarlo y articularlo con las demás cosas más tangibles. Es muy fuerte el recuerdo de mis sueños durante las primeras semanas, a pesar de que dormía en la sala del flat, sobre una colchoneta y debajo de unas sábanas delgadas, pues desde mi llegada, a pesar de la lluvia constante a lo largo del viaje en coche hasta Wembley desde el aeropuerto, hacía un calor infrecuente en la capital –más aún, hubo verano hasta octubre, y sin las lluvias que caracterizan la ciudad desde tiempos inmemoriales- tanto, que amanecía sudoroso, con deseos de levantarme al balcón para refrescarme con la brisa. (Mis sueños eran nítidos y llenos de elaboraciones oníricas que me daban mil colores de un futuro que aún no precisaba, pero en el cual había espacio para todas las posibilidades, las pensables, las que, sin yo saberlo, buscaba mi inteligencia según mis lecturas y mi conocimiento sobre el mundo y el arte; también las que mi espíritu tenía y ansiaba, por el deseo de ver cumplido ciertos deseos de mi adolescencia)
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Junio 2 de 2008
La nota del día siguiente en mi libreta de apuntes es un recorrido veloz por aquel 27 de abril de 2007, desde la madrugada lluviosa, la despedida en el aeropuerto, mi llegada a Bogotá y luego a casa, hasta el encuentro con mis padres y amigos, hasta el “… y no supe cómo llegué a casa” luego de la farra a la que fui arrastrado como bienvenida, luego de quince horas de aviones y aeropuertos. Me parecía, aquella noche mientras veía los rostros de mis amigos, con el licor en mi mano y a la vez surtiendo su efecto en mi cuerpo, digo, increíble el hecho de haber estado aún en Londres esa misma mañana, de haberla visto ese mismo 27 de abril y de recordarla, y aún así sabiéndola tan lejos en el espacio, sin añoranza. Los días que siguieron a mi llegada fueron de reconocimiento, pero Londres no era al parecer una necesidad, no la extrañaba. Muchos meses después, luego de sufrimientos inasibles, supe que Londres me hacía falta. Antes de volver a mi país sabía que escribiría una crónica larga sobre mi año allí, pues me había habituado a escribir algunas para mi padre y un amigo, también para algunos interlocutores improvisados; éstas mejoraron a medida que transcurría el tiempo, a medida que se afianzaba mi criterio y se configuraba mi espíritu; pero aquella otra, la final, la que abarcaría todo, sabía que la escribiría tiempo después de haber vuelto, sin estar allí y añorándola, la ciudad, más bien recordándola que describiéndola, entonces es esta una descripción de una ciudad cuyos eventos están ahora ligados a mí, a mi concepción del mundo y mi temperamento; quiero decir que no es esta una crónica como tal, sino la aproximación a la memoria de mis días pasados, de los “fragmentos de vidas pasadas que recordamos gracias a una tragedia de la memoria”, como había escrito días antes de volver en mi penúltima crónica (la última la escribí en el aeropuerto de Heatrow, antes de tomar el vuelo hacia Madrid). Y esta aproximación habrá de contener tanto mis notas de viajero, mis diarios, mis investigaciones sobre la ciudad, los retratos, notas, descripciones, como mis imaginaciones, todas ellas fruto de la sensibilidad y la elaboración artística.
3 de junio
La nota del 26 de abril de 2007 resume el día de la caminata larga y final por el centro, el encuentro en el pub con mis amigos y el viaje último hasta casa a través de la Metropolitan Line. La anterior, el 25, describe mi último día de trabajo, las lisonjas con las compañeras; el viaje a Hammersmith para encontrarme con Marina en aquel pub dentro del centro comercial, The Trout, donde bebimos una pinta última y donde nos despedimos, pues ella me acompañaría a la estación de trenes, hasta mi plataforma, para darnos un adiós breve; luego volví a casa y tuve un final de tarde usual, tal como habían sido la mayoría de ellas durante un año largo: cena en casa con Blanca y Álvaro y un rato frente al televisor.
El 24 de abril habla de un día de trabajo en el cual me despedí de Asha, pero no recuerdo su rostro. Dice mi diario que durante aquel día trabajé sosegadamente, saliendo del hotel a hurtadillas para tomar el té y fumar bajo la luz de la luna, frente a aquella avenida arbolada que conecta la Highway de Notting Hill hasta la glorieta antes de Shepherd´s Bush; era una calle doble, siempre salpicada por hojas amarillas, que caían de los árboles que sobresalen del pavimento y desde detrás de las rejas de las propiedades, casas de no más de tres pisos, algunas de ladrillo rojo y otras de blancura y estructura georgiana –como aquellas que, en la Marylebone Road, frente al Regents Park, se dice que pertenecían en el siglo XIX a los médicos, aún ahora creo, y que poseen una disposición clásica-. Esta calle, más allá de Notting Hill, se tornaba más densa en flora llegando a Holland Park, y parecía entonces que, trepando la inclinación y perdiéndose entre matorrales y árboles frondosos, hubiera una cierta fantasía única, que no era posible ver en otro lugar de Londres. Aquella vía la visité en mis primeras semanas, sin imaginarme que luego la frecuentaría a diario, al ubicarme en el Hilton de aquella zona para concluir mi contrato laboral; la visité para encontrarme con Valeria, una amiga de mi adolescencia que había viajado a Europa con deseos de una nueva vida, y quien había contraído matrimonio con un mejicano algunos meses antes. En aquella ocasión caminamos por la acera en dirección a Shepherd´s Bush, un parque bordeado por árboles y calles y rodeado de comercio y bullicio, para encontrarnos con su marido, quien esperaba por nosotros en un pub irlandés. Conversamos mucho aquel día, y yo aún flotaba por las aceras, como no creyéndome aquello. Pasamos la tarde conversando, al llegarse la noche comimos en un pub que servía platos mejicanos, y luego me acompañaron a la estación de trenes para regresar a casa. A Valeria la volví a ver muchos meses después, dos semanas antes de viajar a mi país.
El último mes lo trabajé en un Hilton, el Kensington, aunque más bien retirado de la preciosa zona que lleva ese nombre; ya no trabajaba más en el White House cerca del Regents Park, pues me habían echado de allí bajo el delito de robo; y era que, en mi casillero, encontraron algunas botellas de vino que me habían regalado en mi cumpleaños algunos compañeros del hotel, y que resultaron ser robadas de allí, y por tanto me inculpaban. Pasé unos días sin trabajar, pero mi tía, siempre desvelándose por mi buen nombre, me ubicó en otro, en el mismo cargo miserable, para dar fin a mi contrato y poder volver con decoro a mi país. Aquel mes me la pasé meditativo, con vistas en mi viaje. No era mentira que me la pasaba tomando té y fumando –de eso que los españoles llaman pitillos, que son tabaco que uno mismo enrolla, filtro incluido- si no en la sala de fumadores entonces afuera, cuando había buen sol o cuando había noche clara. Fumaba uno tras otro, y cuando me cansaba de ello me dirigía hacia los casilleros, me tiraba sobre una banca a leer y a esperar a que sonara el móvil, instrumento odioso que al sonar me significaba una labor por hacer: el cliente de la habitación tal quiere esto o aquello, el de la número tal quiero esotro y lo de más allá, o asegúrate de tal y pascual, y rápido. Entonces me ponía de pié, tiraba el libro dentro del casillero, aseguraba mi tabaco y mi encendedor en mi bolsillo, me lanzaba una mirada salaz a través del espejo y echaba a andar, para no desairar a mi jefe nocturna. Prefería aquel turno al de la mañana, puesto que no hacía mucho, que es lo mismo que decir que no hacía nada. El turno de la mañana era muy movido y siempre había jefes pendientes de lo que uno hiciera o dejara de hacer, muy al contrario del turno de la noche, en el cual me paseaba por el hotel comiendo biscochos de los trolleys de las niñas que limpiaban las habitaciones, o esculcando en ellos por si encontraba un lapicero de mi agrado, o chocolates o alguna revista. Aunque aquellas niñas estaban en los turnos de la mañana y podía coquetear con todas ellas, prefería la noche, en su soledad. Me gustaba mirar por los altos ventanales, pues la perspectiva de la ciudad desde las alturas siempre fue de una seducción inevitable: la avenida de árboles y buses, la glorieta, Shepherd´s Bush más atrás, casi invisible, y los tejados de las casas sobreponiéndose hasta perderse en la bruma y la oscuridad. Me gustaba permanecer toda la noche sin compañía, cantando quedamente entre bocanadas, respirando el aroma del té, siempre observando las gentes dentro de los autobuses, a la espera de aquella rubia que sería mi desvelo y la dueña de mis pensamientos. Mi último día de trabajo fue un turno de los de la mañana, entonces pude despedirme de muchas, Silvia, aquella Asha que no recuerdo, otra Agnieska que también me olvidó, y otras tantas que suspiraron por mí cuando les decía gallardías en idiomas eslavos.
Son ratos de nostalgia los que vive uno las más de las veces cuando escucha el nombre de la querida, o cuando es uno quien lo pronuncia, entonces el rito primigenio y mágico toma lugar y la mente comienza a elaborar imágenes, no ya recuerdos sino un trabajo posterior a éste, pues lo que ha venido después inevitablemente lo reconstruye, lo dibuja no con los colores que posee en la realidad sino que lo matiza, toma un cierto pincel que es el temperamento de quien recuerda, y los óleos son también elaboración del sentimiento, un tono rojizo para una noche de pintas, un amarillo para las conversaciones, un azul y un gris para las caminatas; toda aquella paleta es preciso determinarla, aun cuando ésta sirve al artista sólo para saciar su capricho. Los tintes de una avenida –aquella de Notting Hill opacada por las hojas y los ramajes encorvados, como un túnel fantástico, o esa otra que más resonancia posee en mí, la Regent Street, larga y amplia como la soñó Wren luego de la Gran Quema, con aquella curva que desvía los sentidos y reafirma los contornos, al abrirse Piccadilly Circus- no sólo cambian con las estaciones sino que, lejos en el tiempo y en el espacio, cobran una visión general, como si fueran vistas desde la altura, entonces no parecen un trabajo de detalle como lo haría Canaletto sino como lo haría Turner o un impresionista. (Recuerdo un paseo por los ámbitos de la Galería Nacional, donde, luego de haber observado detenidamente a Rubens, lienzo por lienzo, caminaba sin rumbo, sólo por el placer de pasearme entre marcos gloriosos, hasta que una vista a la orilla del Támesis me obligó a detenerme, como reconociendo un paseo que se me hacía propio, es decir, una vista de la ciudad que me había deparado una tarde ociosa; y acercándome a ella distinguí un contorno de arquitecturas de la ribera norte, del cual sobresalía una cúpula (la St. Paul´s), el río en su tráfico de velas y olas, las orillas y los puentes, todo ello fijo para la eternidad, detallado y dispuesto tal como los ojos de aquel italiano lo habían visto). Lejos en el tiempo y en el espacio aquellas vistas de la ciudad no son cuadros detallados, no son fotografías; son más como aquel cuadro de Monet, a las orillas del río, desde la ribera norte y en un primer plano frente a las Casas del Parlamento, la Torre Victoria y la incertidumbre del Támesis. Son pinceladas gruesas que a cierta distancia del lienzo parecen flores y muy de cerca son sólo trazos coloridos en muchas direcciones. O como aquella vista del Támesis que pintó Turner, donde sólo hay velas, un oleaje y una luz poderosa donde se sumerge todo el cuadro, donde cada detalle se comprende desde el conjunto y no por existir en sí; sabe uno que hay un bajel y un mar, y la luz, pero toda esa realidad nueva es fruto de colores y fuerzas que sólo es posible percibir; tal vez Turner sospechaba que tal o cual efecto podía lograrse por medio de una u otra técnica, pero el sentimiento que aquel paraje marítimo le evocaba era superior a él, y por tanto sus intentos iban guiados más por su temperamento, por su sensibilidad, que por sus conocimientos; sabía que la luz posibilitaba las formas y los colores, pero era ella misma quien generaba la atmósfera poderosa que envolvía los espacios y le daba fin a su arrebato; todo un ejercicio de pinceladas frente a un paraje que lo conmovía.
También las fotografías fijaron momentos que yo consideré debían ser recordados, pero muchas de ellas, aunque las ubico en un momento preciso (una caminata, una fiesta) no logran llevarme al tiempo en que por allí estuve, ni mucho menos las pasiones que me envolvían en el momento en que las tomé. Algunas, como aquella en Edware Road antes de comenzar la Marylebone –donde hay otro Green Man-, poseen un cierto encanto por sí solas pues están desprovistas del recuerdo pero logran un evento de composición; la tomé desde el segundo piso del bus, en medio de una lluvia que llenó el ventanal de gotas, diluyendo la imagen en frente mío como una acuarela irregular; hubo otra que recuerdo de mi paseo con Marina en Greenwich, a donde nos llegamos en barco a través del Támesis; en ella estoy junto a la estatua de un Nelson Trafalgar con pose gallarda, imitando con precisión sus ademanes, ya que se me había hecho grato verlo accesible, siendo su estatua más memorable la que había en el square que lleva su nombre, inalcanzable en la altura de la torre. Las fotos que recuerdo con mayor precisión, y que poseen el peso del recuerdo, son aquellas en las que estoy acompañado por amigos o familiares. Fiestas en casa, en el pub o en la discoteca. Sin embargo éstas no las considero tan valiosas para mi trabajo investigativo de la ciudad, pues están condenadas por la precisión de un momento que tuvo valor para mí mas no para el resto de la humanidad. Quiero decir que tomaba la mayoría de las fotografías sin estar yo incluido, de modo que el paisaje tuviese un valor propio y más bien nostálgico; parece tal vez una incongruencia eso de querer dar fe de una memoria pasada sin incluir los recuerdos que envolvían una fotografía, pero ello tiene su justificación desde mi idea de arte, de manera que quien contemple tal o cual fotografía que yo tomé identifique detrás de ella a un hombre nostálgico de los tiempos pasados, que se ha valido de una instantánea para capturar un momento de bellas proporciones, avenidas, ciertos monumentos, perspectivas que me conmovieron; y si está exento el recuerdo es acto voluntario, pues quien la observe debe, como es el ideal de arte, sentir aquella nostalgia que me llevó a tomar la foto, según la proposición de sus elementos. Podría valerme de las fotografías para elaborar el recuerdo, pero esto es tarea descriptiva, de carpintero. Así que las observo de nuevo para excitar una pasión pasada, para recrear en mí las sensaciones que me llevaron a tomarla, y con ello elaborar mi recuerdo, siempre de la mano de la concepción que ahora tengo de ello, según mi recuerdo de los tiempos pasados. Esto presupone evitar los hechos, siempre fáciles de narrar, para cavar más hondo en mi espíritu y sacar de allí la verdadera esencia del recuerdo: varias caminatas a través de la City me llevaron a través de calles que aún hoy recuerdo, pero que son como eventos pasados que se graban en la mente, como un rostro que se repite o una vía ya transitada; no son las calles pobladas de eventos que se sucedieron allí, por donde transitan los fantasmas de nuestro pensamiento, de manera que aquellas que más valor poseen son aquellas que más transité, en distintas y variadas situaciones, con matices distintos y estados de conciencia dispares: la Regent Street, cuando caminaba de noche, luego de la farra; o esa otra vez, de la mano de mi querida; o aquella otra, la última, ciego de lágrimas; y la primera, llenándome el espíritu de climas nuevos, siendo más que mi imaginación y mucho más que cuanto yo recordaba o creía, o cuanto yo podía llegar a ser.
¡Tantos olores perdidos! ¡Tantas caricias olvidadas! De cuando en cuando, por un accidente impensado, se retorna el pensamiento a un gesto que había permanecido guardado y que resucita debido a aquello que he llamado “la tragedia de la memoria”, entonces cobra movimiento todo un sistema de engranajes metafísicos, que reelaboran poco a poco una vivencia entera, y luego se da cuenta uno que hubo algo que sucedió y llegan la nostalgia, el dolor de los tiempo pasados –que uno cree en su mayoría felices- y es allí donde comienza la búsqueda del espíritu, desde allí es preciso cavar hondo para encontrar las esencias, pues allí reposan los cristales que atraviesan la luz de la vida, impregnándolas de una sustancia que pervive a lo largo de todos los días, definiendo los que vienen después de que el cristal fue empapado y sin darse uno cuenta las más de las veces.
Pero todo ello es vago, y por tanto las cartas, las fotografías y las crónicas de las caminatas poseen sólo una capa superficial del recuerdo, bajo la cual hay un mar inasible, como aquellos lagos que habitan debajo de los Cárpatos, que se forman por ranuras pequeñas por donde se cuelan hilos de agua, formando corrientes y estanque inmensos. Todo es una aproximación hacia algo, un recuerdo o un color. Todo debe replantearse de nuevo, el mundo debe construirse constantemente.
Ahora recuerdo a Asha; fue mi última jefe y una de las más queridas. Era ella de Portugal y hablaba conmigo en castellano y en inglés; fue ella quien me dijo, al despedirse de mí una polaca rubia y delgada de nombre Silvia, que yo, al parecer, tenía éxito con las mujeres, a lo cual repliqué “I don´t deny myself some loving”, y luego se rió.
El día anterior a aquella despedida había estado en el centro, dando un paseo por la plaza. Me había levantado temprano y luego de desayunar tomé la ruta de bus que cruzaba Edware Road –no estoy seguro si a través de Kilburn o de Kensal Rise y Maida Vale-; allí había un mercado todos los días, de frutas y cachivaches, un mercado no tan prestigioso como el de Wembley o el de Portobello; buscaba una tienda de aquellas que existen en todos los países, donde se exhiben cosas al mínimo precio, en este caso una Poundstore; quería comprar unos anteojos para mi padre, esos de lente delgado y prescripción estándar, para leer. Siempre que alguna de mis tías, Blanca o Marina, viajan a su país natal, traen consigo lentes de estos para mi padre (tiene ya una docena de ellos, y prefiere repararlos él mismo que usar un par nuevo); así que parecía un ritual consagrado así tuviera ya muchos pares de sobra para esta y otra vida de precariedad visual, de manera que caminé a través del mercado, pisando deshechos de verduras y de restos de cajas, hasta dar con la tienda indicada, donde encontré los lentes. Luego, según mi apunte de aquel 23 de abril, volví a tomar el bus para llegarme hasta Oxford Street, me imagino que hasta el circus, luego de atravesar la Edware Road hasta Marble Arch, y de allí, entre el tráfico y el movimiento de la Oxford, hasta desembarcar, y de allí a lo largo de la Regent Street, y después hasta la plaza Trafalgar. Caminé también a través de la Whitehall, pues a dos pasos de la abadía había una tienda de fotos, pues quería imprimir algunas para llevármelas y también para regalar algunas, pues todas ellas las tenía en formato digital. Regresé a la plaza, donde habían instalado una pantalla gigante para el regocijo de las gentes, y pasaban algunas cintas del archivo del museo visual. Pasé allí el resto de tarde, sentado en los escalones frente a la pantalla, hasta que di por terminado mi ocio y me eché a andar entre las galerías de arte –vi de nuevo los girasoles-, y luego me volví a casa.
Recuerda uno Londres y pronto se acerca la emoción, pero ésta desde el sonido de otras vocales, no ya el conocimiento por un nombre sino la continuidad de los ritmos de la voz, una música inglesa que fue primero Londinum inglesa, alargada y resonante