Se pregunta uno si las notas en la libreta, las imágenes garabateadas o los recortes de revistas, serán de utilidad en un futuro más o menos incierto; se pregunta uno si vale la pena cavilar tanto en personajes que dejan de existir en el recodo de una acera o peor aún, al cambiar de página, o si es justo devanarse los sesos desarmando un texto que goza de cierta música; no deja de sorprendernos que haya tanto empeño en caminatas y desvelos por arquitecturas cuyas épocas no precisamos, que pasemos tanto tiempo hojeando libros o mirando hacia ningún lado desde el consuelo de nuestros cigarrillos, en alguna esquina transitada o desde las plazas que tanto nos han gustado. Seguimos perdiendo el tiempo en las galerías de arte, comprobando con minuciosidad la existencia de pintura en las figuras o el paisaje, leemos con cierto escepticismo los comentarios de los cuandros y tratamos de ubicar el estudio alrededor y al artista frente al fresco para dar por verídica la causa humana, para comprobar que fue una mano de carne y hueso quien lo pintó y no un espíritu con una suerte de semidiós, quien invocó los colores y trazó las perspectivas para dar un testimonio de su grandeza. Muchas veces perdimos la ruta de los paseos por adentrarnos en un callejón que no parecía cerrado y con la esperanza de salir en un lugar fantástico, o por seguir los pasos de una mujer que nos lanzó una mirada salaz con sus ojos claros, o por un contraste vivaz o una fachada de antigua época, la ruta que trazamos se deshizo en ilusiones y se convirtió en un ya veremos, y la suerte nos trazó otra caminata que la que habíamos estudiado en el mapa y en las guías turísticas, y terminamos caminando en otra ciudad, dando fe certera de otros sitios, sorprendiéndonos por cosas que no debieron, y lo hicieron, a pesar de no haber tenido ventura con los ojos claros que nos hicieron adentrar en el callejón, a pesar de no haber encontrado el lugar fabuloso que trazó la imaginación, al contrás de la fachada y la pérgola y acaso el ángulo de los elementos que nos sedujeron a entrar. Meses antes de volver caímos en la cuenta de aquello que tanto habíamos estado sospechando, el sabor de ensueño que tenían las caminatas se dio por inequívoco, la creencia vaga de que todo era visto como desde una llanura nublada es ahora una certeza, la noción ilusa de que todo habría de difuminarse fue entonces un hecho, una firme convicción que nos golpeó con su peso solo, el traqueteo del tren fue un sonido que más tenía de lucidez onírica que de recuerdo, y aceptamos la tragedia como si supiésemos de antemano que a este punto habría de llevarnos la vida; cada cigarrillo se esfumó presto, cada noche entrelazado con una mujer se transformó en recuerdo solo, cada caminata se fragmentó en la memoria y quedaron apenas imágenes de una ventisca, de un verdor, de una cúpula, de una rubia. Pensamos siempre que aún faltaba mucho tiempo para volver al cuarto y preparar las maletas, decir adiós desde el pasillo del aeropuerto, y una vez más detrás del vidrio desde el cual no nos ven; creímos que las noches frías en la estación de trenes no habrían de acabarse nunca, es más, pensamos que no podríamos evadir tan penoso destino como era el de congelarse esperando un tren, y nos sentíamos desdichados por ello; nunca creímos que dejaríamos de ver la Plaza o que no volveríamos a caminar por la ribera del río, que no veríamos más los barcos encallados o las librerías o los callejones o los mármoles o la Regent Street; los sonidos de Oxford, la luces de Piccadilly y el puente de Waterloo son como fragmentos de vidas pasadas que recordamos gracias a una tragedia de la memoria, una condena que nos ata a esa vida que ya no es nuestra, que imaginamos muy lejana en la historia, que se perdió como el humo de los pubs entrañados, como el traqueteo del tren sobre los rieles, como los adioses de las rubias que nos dijeron me voy y no volvieron. Volvimos a caminar la Regent Street de noche, los edificios se proyectaron al salir de Piccadilly y se engalanaron de luz artificial, dándole cierta palidez vívida al marmol de sus pérgolas; la calle gozó de calma, los pocos autos que transitaban eran buses cuyo rojo era contraste para la noche, el negro de los cabs fue el pincelazo breve que se mezcló con la oscuridad, resaltando el claro de los edificios. Volvimos a sentir el frío de la madrugada golpeándonos en el rostro, los vientos del Norte helado recorrían la calle apretados por los mármoles que los contenían, y nuestros cabellos se bamboleaban, y los pasos se hacían más prestos en busca del refugio. Una vez más tomamos las rutas nocturnas para volver a casa con el sabor de la fiesta, para dormir no más de dos horas y sufrir el trasnocho, las rutas en las afueras del Centro viven entonces un rato de solemnidad cuando las atravesamos en tales rutas, frecuentadas sólo por ambulantes solitarios y carros distantes, el viento allí sopla más fuerte y el frío se asienta con mayor comodidad, dado a la altura y disposición de los edificios de postguerra. Buscamos en vano el consuelo del tren, bajo el tumulto incesante de Piccadilly con su colorido babélico, y encontramos las puertas cerradas en los túneles que dan a la estación, como siempre las encontramos los meses anteriores cuando buscábamos la ruta de vuelta a casa en los ratos de trasnocho alegre, tantas veces, y leíamos y nos negábamos a creer que no había trenes hasta las cinco, volvíamos los pasos hasta Oxford para encontrar las señales que nos guiaran a casa, para sacarnos de este laberinto que es el Centro de Londres. Aquellas rutas que tomamos con el afán de aventura, en algún paradero de Oxford, también fueron lápices de colores que trazaron los límites de la ciudad. El mapa del sistema de trenes, los trayectos de buses marcados en cada estación, nos dieron la impresión de que algo secreto guardan los nombres de las paradas, ora Craven Park, Cavendish Road o Carnabis Street, ora Blackbird Cross, donde tomábamos siempre las rutas hacia el Centro. Muchas veces me trepé en bus, cuyo número superaba mis límites de tolerancia (pues el orden inglés prohibe números aleatorios, todos los números ordinales corresponden a rutas existentes), el número 1 finaliza en Waterloo, el 27 en Turpham Green, el 453 en Marylebone, el 607 en Shepherds Bush, el 12 en Dulwich Library; tan sólo la seducción que me producía un nombre me animaba a treparme en la ruta, dando con glorietas donde se elevaban arcos de marmol, vistas a los parques de interminable verdor cuyos árboles se inclinaban en el horizonte, calles apretadas que se extendían hasta muy lejos, prolongándose en líneas de chamizales y edificios blancos; vías rápidas dominadas por comercios e industria, imponentes y desolados bajo el cielo gris. Si dijeron alguna vez que habría de perderme por las calles de Mayfair y Soho, por Kensington y Fitzrovia, era porque había en cada calle un horizonte incierto que extendía el laberinto hasta los límites de la incertidumbre. La promesa de una plaza que cambiara el rumbo de mi destino era una vaga imposibilidad que sostuve a pesar de saberla inútil, más aún, trazaba rutas según los nombres de la historia para imaginarme un suceso que marcó una época y de esa manera sumirme dentro de la historia misma, para ser parte de ella, para comenzar una nueva, y tantas veces torcí la ruta prevista con el ánimo de hallar el lugar último de algunas piernas, tantas veces me dejé guiar por deseo recóndito de un callejón misterioso que se perdía en un recodo incierto, y nunca terminaba por encontrar el final de mis caminatas, sino que prevía un día siguiente para alejarme un poco más, para iniciar una nueva ruta desde el lugar donde firmé mi rendición en la anterior, siempre con la esperanza de llegar al final y encontrar la salida del laberinto. Desde la Galería Nacional, entre las columnas romanas de su entrada, con la vista fija hacia Whitehall donde se pierde la vista, contemplaba la Plaza Trafalgar desde la altura, asistiendo al milagro de la urbe y la imponencia del imperio. La amplitud de la losa gris, los barandeles de piedra rodeándola, el tumulto del tráfico abrazando la Plaza, los incontables cuerpos diminutos que se regocijaban al atravesarla, los edificios altos de la antigüedad cerrando los confines, las estatuas de cobre de generales a caballo sobre sus pedernales de mármol y la torre única elevada hasta el viento de los pájaros, tan sutil en grandeza, fuera de alcance para los leones metálicos que aguardan el tiempo y se miran entre sí para proteger la torre. Al cabo de un tiempo, desde aquella altura de la Galería, termina uno permitiéndose la impresión de que se está contemplando el mar. Las olas, en su incesante movimiento, repiten la danza melódica de las aguas infinitas, reflejando una superficie vivaz y luminosa. La quietud del horizonte, la línea firme que separa el cielo y la tierra, es a veces tan vaga como el concepto de lejanía. Tal es el oleaje de la Plaza: un ir y venir de olas humanas y tráfico y luces y ruido, al contraste de la quietud de los mámoles y los cobres y perspectivas de calles y edificios. Todo es finito para los ojos de la eternidad, que mira como un mismo instante lo que demora un pájaro en cruzar la vista del General, que su torre infinita en derrumbarse por las veleidades del tiempo.