Veintiuno de Enero de Dos Mil Doce

Quisiera agregar las últimas notas que había escrito en Barcelona:

Navidad en Barcelona – Cuarta Parte -

El padre de Paula había dicho que estaba saturado de fútbol, que ahora todos estos capullos opinan y dicen saber sin haber tocado un balón en sus vidas. Tiene correspondencia con aquella idea budista de vivir la vida real y sensible a través del cuerpo y los órganos de percepción, y distinguir los pensamientos según las asociaciones corporales y no determinar como reales las meras abstracciones y construcciones de las redes neuronales. En última instancia esto significa que mientras más nos creemos nuestros pensamientos más abstracciones o construcciones mentales nos definirán, y es allí cuando nace el sufrimiento. Y de ahí mi aversión a las pantallas y a las supuestas realidades que nos creemos como si lo viéramos con nuestros propios ojos.

Sin embargo, estuve leyendo uno de los sermones del Buda Siddharta, el Sermón del Fuego o el Adittapariyaya Sutta, y decía que incluso las meras impresiones sensoriales están en llamas, y éstas producen sufrimiento.

···

Amanecer en Barcelona 01-01-2012

Tengo la impresión de que nos pasamos la vida despidiéndonos de casi todo siempre.
De los idiomas y los paisajes.
De los amores que nunca dejan de serlo.

¿De dónde provienen mis miedos?
Ayer observaba el oleaje desde la playa.
¿Cómo guiar el azar?

···

En una de las clases en el batallón en Debrecen, conversando sobre armas de fuego con mis estudiantes (la SA80 es británica y es muy mala, decían, fallaba a larga distancia, unos 200 metros, mientras que el ejército afgano usa AK47 que tiene disparo de más de 300 metros; el AK63 de producción húngara, la pistola Glock, austriaca, la mejor del mundo por su balance, sin culatazo y de plástico, usada por las fuerzas especiales húngaras y por cada policía en los Estados Unidos, la Magnum, la Desert Eagle .50 que inspiró un gesto de disparo lento y controlado con el posterior levantamiento del arma y de ambos brazos extendidos, luego del sonido seco y expansivo proveniente de Bali al imitar el disparo, Bali, el mejor estudiante de aquel grupo, cinco veces en Afganistán, un grado en filosofía y ocupado en inteligencia militar), y cuando me preguntaron si sabía disparar o si lo había hecho, les mencioné que mi padre había tenido una Browning cromada en su juventud, y esto produjo asombro y multitud de descripciones de sus bondades y características de parte de Bali y Zoltan… ambos quieren trabajar en espionaje.

Otro de mis estudiantes es uno de los mejores capitanes del batallón, ha estado varias veces fuera del país en campañas en el Medio Oriente, y durante una de las clases me estuvo explicando la campaña en Serbia, de cómo el ejército húngaro le enseñó a los ejércitos de los Estados Unidos, de Alemania, de Francia, cómo ejecutar un CRC (Crowd Riot Control o ejercicio antimotines) exitoso. Luego, en una conversación que tuvimos para practicar sus habilidad oral, le pregunté si le gustaba cazar, y me respondió que no le gustaban los rifles de caza ni tampoco matar animales, que prefería su arma militar y disparar al enemigo, matarlo.

Con respecto al Primer Ministro de Hungría, he estado preguntando a mis estudiantes y colegas sobre sus opiniones, de si los rumores son ciertos de que es un nuevo déspota. Algunos dicen que sí, los militares dicen que es un hombre nacionalista que pide que la Unión Europea acepte para Hungría algunas leyes que funcionan en Italia y Francia y otros países, otros dicen que se aparta de la UE e incluso de sus compañeros del partido, que sólo quiere poder. La única respuesta que me llamó la atención (nunca juzgo ni me preocupa, es más por tener las perspectivas claras) fue la que me dio la madre de mis vecinitas de Barbados, que estuvo la semana pasada junto con su esposo pasando vacaciones en el apartamento del frente, en casa de la abuela húngara. Nos habíamos encontrado Gabi y yo en las escaleras y debido a una calma que considero natural en mí y en mis entornos privados ellos pensaron que ya no vivía yo aquí, que me había cambiado de vivienda, y cuando me dijo que sus padres estaban arriba me pasé un rato a saludar, a conocerlos. El padre es un negro de unos cincuenta y dos años, según me dijo, cuando me contaba sobre su retiro del crucero donde trabajaba como manager del personal de servicio y que había comprado un barco pesquero para altamar y veinte cerdos. Dijo que para ser colombiano era inusual ser tranquilo y no andar de juerga a toda hora. Tiene esta agradable manera de los caribeños crudos, tranquilo, sin ambiciones intelectuales o espirituales, con todo el comando de la masculinidad y la voz grave, en encanto con las mujeres y su comunicación incluso cuando sabe que no le entienden (con su suegro, por ejemplo, cuando le dio complicadas instrucciones al viejo, que no habla una pizca de inglés), sólo por estar presente siempre. Según la madre, una rubia de ojos claros con la velocidad de expresión galopante de su hija menor, Gabi, un inglés estupendo, y sus ojos alegres y de pestañas largas y juguetonas, Barbados es una isla diminuta llena de hoteles donde lavan dólares. Ella es profesora de lenguas, y cuando le dije que su oficio de envenenar cerebros en las escuelas me parecía de lo más admirable, y que compartía su opinión de que el mundo camina siempre por un lado distinto al que los medios de comunicación y las habladurías de la gente dicen, supe que nos habíamos caído en gracia. Me ofreció ir a Barbados como profesor, y enviarme alguna buena información. Y con respecto al Primer Ministro de Hungría, me dijo, “Es otra marioneta de los Estados Unidos, de todos estos Iluminati”, y cuando escuché esta última palabra volví a sentir la necesidad de confrontarme porque he tenido lecturas muy reveladoras últimamente, y porque he comenzado a percibir el desgarramiento de los telones de la realidad aparente. The All is aflame!

Y durante la mañana del sábado, cuando abrí la ventana para recibir el primer fresco de la mañana observando el paisaje blanco y los árboles raquíticos, observé un carro aparcado pero encendido, con un hombre negro al frente, al viejo abuelo diciendo adiós hacia una ventana a mi izquierda, y cuando salía vi que me señalaban y que me decían adiós, también del asiento de atrás y un cabello rubio, y sonreí y agité mi mano, me despedí también de ellos. Buena suerte, pensé.

Navidad en Barcelona – Cuarta Parte

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Navidad en Barcelona – Tercera Parte

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Navidad en Barcelona – Segunda Parte

Desde Miskolc había vuelto a vivir la experiencia íntima de la Navidad como siempre había sido en casa, desde que éramos niños y recibíamos los regalos en cama, siempre al despertar en las mañanas del veinticinco de Diciembre: una bolsa de regalo con una promesa de alegría, según su peso y su volumen. Recuerdo una ocasión hace muchos años cuando, en nuestra casa de campo en Llanogrande, Sebas había recibido una bicicleta, pero yo nunca supe cómo hicieron mis padres para llevarla hasta allí y esconderla, aún con la mente nublada por la metáfora del niño Jesús omnipresente, porque incluso ahora ignoro el proceso de cargar la bicicleta y esconderla, de treparla encima del Fiat rojo y de bajarla por la loma hasta la casita (aunque los padres siempre saben esconder y despistar, y los niños viven en ignorancias benditas). En esta ocasión Juan se había despertado de madrugada, con el frío del invierno que se cuela por las rendijas de su casa en el centro de Miskolc, y había puesto los regalos encima de la cama, justo a mi lado, y junto a Kristina en su cama. Y ha vuelto a suceder en Barcelona, cuando he despertado con la bolsa de regalos rebosante y voluminosa y con todas las promesas de satisfacción de ansias navideñas.

Aún no tenemos el Cagatío en casa Bustamante.

Habíamos llegado en la madrugada luego de una buena noche de comida y juerga. Kristina ha atinado a describir la familia de Paula, que vienen de Cádiz y son andaluces de nacimiento, “con el temperamento de los caballos andaluces”, ya que tiene algunos allá en Alemania. Porque había una mesa larga de un extremo a otro de la sala amplia, con platos llenos de jamón y quesos y aceitunas en primera ocasión, los vinos y las copas aquí y allá, luego la comida de mar pasó a continuación (ostras, pescado, las gambas a las que he bautizado “los bichos que te miran”), y luego el pavo y el pollo relleno. A lo largo del borde había algún familiar que bebía o hablaba o comía o reía, o todo ello a la vez, había unas siete conversaciones o se cantaban los villancicos que recordamos por nuestra tradición católica compartida, porque la familia de Paula es de fuera de Cataluña y por eso sus tradiciones distintas, españolas del todo, a diferencia de los autóctonos catalanes que poco bullicio y poca reunión y menos exhuberancia. El estado general era de incesante barullo y de explosión, Kristina no podía creérselo.

Y luego ha habido dos días más de juergas y comida y buen vino y de ambiente andaluz.

*

Sergio, el tío más joven de Paula, me habló sobre el equipo de fútbol del Barcelona, porque había escuchado que yo era del Real Madrid y no obstante me sabía el himno de los blaugranas, pero agregué que todo era por el buen fútbol, que el Barça me hacía dormir y le dije que de Inglaterra me gustaba en Arsenal:

‘No no no, ese no, al menos Mancheser o Chelsea’ dijo el primo, rechoncho y de risa generosa, de muy buen ánimo toda la noche, que había escuchado cuando salíamos de la casa.

‘Ese es bueno, ese era mi equipo también’, dijo Sergio, echándose un cigarro.

Estaban allí otros dos primos y una chica rubia de pelo corto, todos fumando y hablando.

‘El gran problema del Real Madrid se llama Guardiola’.

Según Sergio la política del equipo catalán es admirable, tienen una enorme cantidad e intensidad de títulos internacionales, juegan de los mejores del mundo allí y el fútbol es alegre y correcto.

Con respecto a ello pienso lo siguente: el Barcelona es un proyecto político. A los jugadores pueden enseñarlen a perder también un partido.

‘Cuando Guardiola llegó al Barza organizó todo, las comidas, los hábitos de entrenamiendo. Audi patrocinaba al equipo antes, y entonces los jugadores llegaban en carros de tantos miles de euros y luego los chicos de las inferiores se hacen a la idea de que el fútbol es el que te trae el dinero y la buena vida… y es muy difícil llegar a serlo, la mayoría no llegan.’

‘Si, casi uno de cada dos mil’, agregé.

‘Exacto, y nada de fiesta o de sesiones con la prensa desde dos días antes del partido’.

‘Claro’. Y pensé que la UNICEF estaba detrás de todo ello, un proyecto de triunfo grupal rojo y azul.

Le dije que estaba de acuerdo, y que además es un trabajo positivo y adecuado para el deporte. Cuando mencionaron a Crisitano Ronaldo todas las críticas se llegaron. Dije, “Nunca estuvo cuando se lo necesitó más. Y Messi siempre está”.

‘Es que por eso te dijo tío’.

El otro caballero que fumaba un tabaco dijo algo obvio del equipo catalán.

Más tarde hablaba el papá de Paula de las épocas de Puskasz en en Real, el once uno contra el Barza, y de cómo le partió un brazo a un defensa con uno de sus riflazos. “El cañoncito Puskasz”. Y más tarde en el carro sobre los jabalíes en La Floresta, porque habíamos visto tres bajando la callecita con las casas escalonadas sobre las colinas, y luego habló de los toros en Cataluña. Me habló de dos bandos y estilos, una época. Y fue el único que recordó la película de Victor Érice, al preguntar Kristina en la sala sobre los membrillos en cubitos dulces.

Otra de las conversaciones que tuve tenía que ver con Gaudí y la construcción de la Sagrada Familia. Según uno de los primos de Paula, que va dos o tres veces a la semana a la catedral por los trabajos de construcción, me contaba que ya han iniciado el plan de la torre del medio, la que tiene proporciones babélicas según el diagrama de Gaudí y tal como lo había escrito en primera ocasión hace un año y medio. De hecho, hay una réplica del plan a seguir y que muestra las proporciones monstruosas de la catedral y que está lejos de haberse concluído. Según el primo, la obra ha tenido colaboración de los mejores arquitectos y creativos de Europa, y gracias a las donaciones japonesas. Durante la construcción del túnel hubo que poner unas paredes de cinco metros de diámetro y la catedral no tuvo perturbaciones. La torre central ha sido iniciada, y se eleva pero con un tono más claro y los detalles se ven a leguas que no son de Gaudí, no es tan exhuberante ni coherente con el propósito general, las figuras no tienen la ejecución limpia y deliciosa que muestran las más oscuras y enmohecidas del siglo pasado y que han pasado por el fértil ingenio del arquitecto.

*

Hoy ha acabado el tercer día de la celebración. Nos ha traído el hermano Carles y su novia, no hace tanto frío ya y mañana pensamos bajar Barcelona y caminar hasta la playa. Tendremos almuerzo y larga vía, por las Ramblas o el Barrio Gótico o el Gotic, del cual no he escrito y que en una primera ocasión me pareció una revelación, con tintes bíblicos, de una experiencia onírica, como en Miró.

Hay que ver a Picasso y perderse en la ciudad. Saludos.

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Navidad en Barcelona – Primera Parte -

Sólo había necesitado algunas horas para tomar la decisión de venirme a vivir a Barcelona. Sebas estaba atravesando el parque sobre la bicicleta que había comprado para Paula, midiendo los frenos que aún no terminábamos de calibrar, mientras yo me adelantaba bajo los árboles hacia detrás del Monasterio de Sant Cugat del Vallés bajo las luces navideñas y entre las gentes de alegre conversación y niños corriendo de un lado a otro, la avenida de carros en actividad y los carteles de comercio alumbrando las aceras y con clientes sentados en sus mesas entre las vitrinas con pastelerías y embutidos. Pensé que luego de Hungría podría venirme a caminar mientras compongo mis obras, hablar español, durante un par de años. Luego nos sentamos en la plaza a tomar cerveza y a comer bravitas, unas papas con picante, y a fumar, observando la amplitud de los espacios, al fondo había una congregación de niños bajo las luces:

‘En Navidad en Cataluña se celebra el Caga Tío. ¿Sabés qué es?’

Sebas me había pedido que le liara un pitillo.

‘Es un tronco catalán que se dice trae los regalos de los niños. Un tronco largo, con una sábana en un extremo, y los niños lo golpean con palos y cantan “Caga Tío, Caga Tío…” una y otra vez, hasta que levantan la sábana y debajo están los regalos.

‘¿Y sabés qué es el Cagané?’

Comíamos ávidamente de las papas, yo había renunciado a la mayonesa.

‘En el Pesebre Navideño, es una figura, una especie de Rey Mago que aparece en los portones, en cuclillas, cagando, dejando el mojón sobre la escena religiosa’.

Según me lo contaba Sebas, en Cataluña las imposiciones religiosas y culturales, cualesquieran que sean y de donde provengan, tienen un recibimiento austero y poco se propagan en la región, la disposición natural de las gentes es el rechazo. La sola figura del Caga Tío, que remplaza al Niño Jesús que trae los regalos con un tronco que caga los regalos para los niños, y la del Cagané, que se caga en el pesebre -y que lo venden como bibelot en la ciudad, me haré con uno por supuesto-, actúan como fuerza reaccionaria frente a la religión que les fue impuesta luego de ser sometida su libertad luego de los tratados Utrech en 1712 y dos años después en Rastatt.

“Por culpa de La Pérfida Albion”, como diría mi padre, refiriéndose a los ingleses que traicionarion las promesas hechas hacia la provincia durante las guerras de aquel siglo, y la dejaron a merced de Felipe V, y hasta nuestros días.

‘De ahí la importancia del equipo de fútbol del Barça’, decía Sebas, bebiendo de su caña. ‘Es una manifiestación…’

*

Brevemente la jornada para llegar hasta casa, donde nos recibiría Paula con su encanto y el calor del hogar: desde las cuatro de la tarde comenzamos a escuchar la banda sonora de Vicky Cristina Barcelona, las guitarras de Juan Serrano y Paco de Lucía y aquella canción con la que atormenté a Juan y a Kristina durante los vuelos y los trenes y los buses y las caminatas, decía “Barcelona, siendo esposa de tus cuitas, tu laberinto, extrovertida…”, que yo cantaba o silbaba hasta que recibía miradas de desasosiego. Tomamos el travía (siempre hay afanes con ellos en Miskolc), luego tomamos el intergitano hacia Budapest y de allí el bus hacia el aeropuerto al cual llegamos a medianoche y donde debíamos esperar hasta las cinco de la mañana y donde dormí sobre las bancas, pero sólo a ratos, Juan y Kris permanecieron como búhos mirando el espacio imperturbado y los escasos movimientos de trabajadores aeroportuarios y pasajeros. “Una noche perra”, diría mi padre. Y luego de los trámites hicimos tiempo mirando libros y revistas (hay que comprar a Pamuk y a Bernhard y leer los artículos de las Playboy), Juan y Kris tomaron café mientras yo observaba las mujeres hermosas a las que nunca dejarán de acosar mis ojos fijos y mis piropos que ellas nunca escuchan, y poco tiempo después estuvimos en el aire tomando té y fantaseando con la viajera a mi derecha, esperaba que fuera alemana porque ya Juan y yo habíamos hablando malamente en español, y luego de una miradita cruzada al desembarcar la dejé de ver para toda la vida, volví a ver libros (hay que leer la biografía de Steve Jobs y más libros en alemán), y luego de colectar media docena de periódicos (el Frankfurter Allgemeine, el Süddeutsche Zeitung, un USA Today del cual despotricamos) abordamos hacia Barcelona, entre pasajeros españoles y británicos y alemanes con bebés llorones (uno de ellos dio del cuerpo antes de despegar, justo a mi izquierda). Había diagonal a mí un grupo oriental, al que identificamos japonés por un detalle singular que nos produjo sonrisas: había una niña pequeña, de cabello corto y los ojos rasgados como sus padres, que leía un otaku (dibujos de fondo y las letras como derramándose, la carátula colorida con letras de juguete), sobre la mesita tenía una ovejita de peluche y a su lado una mochilita donde guardaba sus propias posesiones. Más tarde, saliendo del aeropuerto, vi otras dos niñas pequeñas orientales, cada una con su mochilita diminuta y casi vacía colgando de sus espaldas, y ahora pienso que son habítos particulares que les enseñan los padres y que no he visto en otras nacionalidades, y que significa “has de aprender a llevar tus propias posesiones y a hacerte responsable de ti mismo”, y este hábito no lo abandonarán nunca, como tampoco el de leer y el de rodearse de los objetos que les traen alegrías. Cuando Salimos Sebas no estaba allí y esperamos con tabaco, el clima era cálido y de sol con una ventisca fresca. Luego llegó y nos trepamos en el bus y luego en el tren y luego atravesamos mazmorras laberínticas (anoche, antes de dormirme, me recordaron a Escher), más trenes, mujeres demasiado hermosas y hablando delicioso y algunos músicos con acordeón y saxo en los buses y trenes, y cuando salimos de la montaña el territorio urbano cambió en agradables colinas y naturaleza, en casitas aquí y allí en el paisaje, luego Sant Cugat de Vallés con su café y sus avenidas empedradas estrechas, los balcones y los restaurantes de puertas grandes de madera, la plaza y los declives del relieve, una ciudad medieval, el monasterio y su rosa enorme, y luego casa.

Y ya es casi mediodía y nos vamos de compras en Sant Cugat, y a beber algo bajo el sol.

*

Primera crónica en la ciudad se llama Días Catalanes, compuesta hace un año y medio durante el verano de 2010, dentro de unos días lo actualizaré con todas las fotos de aquella visita, y por el momento pueden acceder a la crónica desde aquí: Días Catalanes.

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Christmas in Nyíregyházá

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Nyíregyházá

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Diciembre Seis de Dos Mil Once

Ahora en el tranvía hacia la estación de trenes y luego de decirle adiós a Juan desde el ventanal, vi un hombre de mediana estatura que vestía un abrigo café grueso cerrado desde el cuello hasta más abajo de la cintura y que le tapaba casi las piernas, con zapatos negros en punta y un gorro de piel estilo cosaco, y en su rostro tenía puesta una expresión fría y apesadumbrada, con los ojos quietos y la quijada fija por los dientes apretados. Y cargaba en su hombro un estuche de cuero café que le llegaba hasta casi tocar el piso, y en la parte superior, detrás de su gorro de inverno ruso, el estuche dejaba ver una culata de madera. Era un rifle de caza. Además de una bolsa de plástico pequeña, este era todo su equipaje.

Durante las noches se escuchan cascos de caballos que atraviesan las calles del centro de la ciudad, cerca a la plaza, y no los vemos. Los han llamado los caballos fantasmas, the ghost horses.

En las noches de los viernes, con sombrero y tabaco y la espalda recta por la ventisca fría a la cual no nos habituamos nunca cruzamos el umbral de dintel redondo que separa el callejón de edificios viejos con apartamentos y se abre de súbito la avenida principal con las dos líneas del tranvía en medio del adoquinado en piedra, los edificios altos y los carteles de las tiendas, y las aceras por donde caminan muchas gentes con ánimos de celebración y juerga, y recibimos el golpe de la ventisca del otoño tardío, nos sumamos a la turba y comenzamos a mirar con ojos bien abiertos y a rastrear la noche, nos cruzamos con ojos que ya de cerca no nos corresponden porque en esta parte del mundo no existe la seducción y la coquetería, y chupamos el tabaco sin aspirarlo y una nube dejamos detrás, y ésta se dispersa pronto. Dirigimos los pasos hacia los túneles debajo de los edificios que introducen los espacios amplios de las plazas, los edificios encuadran las alturas y hay siempre parejas y grupos sentados en bancas en algún lugar, mesas y sillas de madera con carpas y sombrillas albergan los vasos de líquido amarillo y espuma, los ceniceros atiborrados de colillas, las copas de vidrio del pálinka y el absinth, y los rostros que se observan los unos a los otros y emiten sonidos de variaciones rítmicas y tonales y risas, que significan categorías abstractas como sorpresa o interrogación, y uno y otro rostro se va turnando para esperar y para hablar, y nosotros seguimos de largo y caminamos hasta la puerta de madera y al abrir la ventisca cesa, el calor y la luz y el humo, grupos de gente de pie o sentados y luego una barra de madera con muchas botellas de vidrio detrás, algunas sillas desocupadas y hacia allí dirigimos nuestros pasos, y luego de sentarnos damos inicio a la conversación, preguntamos sobre las bebidas que deseamos y sobre nuestra disposición ya cómoda y sosegada por la atmósfera cálida.

O peor: un beso.

Cuando caminamos en compañía de aquellos que nos han albergado en sus casas con un baño amplio y una galería de madera con escaleras empinadas, tanto que es preciso asirse del barandal o de las escalas mismas, pero sobre todo cuando caminamos a solas por las vías durante las mañanas frías entre los transeúntes que nos miran porque no son observados o durante las tardes cálidas con las gafas de sol y el maletín de cuero bien asido, observamos por el rabillo del ojo las incontables piernas y cinturas y cabellos de las mujeres que en ocasiones aminoran el paso para unirse a nuestro fluir indiferente, para hacer parte de nuestra soledad escogida, o también observamos directamente y con el descaro que otorga el éxito de la seducción y la apropiación del mundo, con la certeza de que no habrá más que ese sutil intercambio de deseos que habrá de satisfacernos plenamente, infinitamente, para reposar como aquel “quizá” que es humano, que nos excluye del resto de la exuberante y generosa y excesiva naturaleza, y que es nuestra definición última.

Aquellos que nos albergan nos han hablado de los caballos fantasmas, mientras compartimos el tabaco durante las noches del tardío otoño, mirando la vía pedregosa entre las ramas altas de los pinos. Aquellos que nos albergan poseen vidas compartidas, como el tabaco y las sábanas y los tragos en los bares de la vecindad, entre las voces y el humo y la música, frente a las botellas de licor y sentados en sillas de madera. Y cuando caminamos de vuelta a casa seguimos observando los ríeles del tranvía que siempre están llenos de colillas de cigarrillos, las flores que cuelgan de los faroles, los carteles de los edificios, las perspectivas de las calles y también las estrellas, que no han dejado de mirarnos a través del espacio despejado de nubes del llamado “verano de las ancianas”, ya tan tarde, casi en Octubre. Y cuando entramos al edificio la ventisca cesa, el calor del hogar encuentra vías para llegar a nuestros pasos, y la doble puerta de madera se abre y es grato para el cuerpo sentir el piso de madera y ver los abrigos colgados del perchero, cerrar la puerta detrás, y más tarde observar a quienes nos albergan subir la escalera empinada y lograr la galería, para sumirse en sus sueños compartidos y dejarnos a solas entre las cobijas gruesas, a solas con nuestras voces y nuestras imágenes, y nuestro calor y nuestras sensaciones. Y durante las tardes del domingo aquellos que nos albergan caminan junto a nosotros, aminoran sus pasos para caminar al paso de nuestro equipaje que rueda y resuena sobre el adoquín en piedra, runrún runrún, y nos abrazan y nos besan cuando llega el tranvía que nos llevará hasta la estación de Tiszai, donde ya estaremos repuestos de la despedida y del ardor en el estómago por aquella costumbre sana de las despedidas, y podemos darle fuego al tabaco para que vuelva el humo a rodearnos, y de nuevo resuena el equipaje, con sonidos particulares de cada adoquinado y cada asfalto, hasta que es sólo un suave rodar dentro del piso encerado y liso de la estación de trenes. Y allí de nuevo observamos de soslayo los cabellos rubios que florecen por todas partes, por un ejercicio de la voluntad logramos la expansión de nuestro cuerpo y los otros cuerpos perciben nuestra disposición generosa y expansiva, entonces recibimos miradas con ojos abiertos y el control del cuerpo se les pierde, eso podemos percibirlo también, y seguimos de largo y nos detenemos frente a una espalda que espera frente a la ventanilla detrás de la cual hay siempre una mujer de edad sentada y con un escritorio y un computador, papeles y lápices y sellos y cuadernos, y alrededor nuestro resuenan las voces electrónicas con aquella entonación particular de las salas de abordaje. Enseñamos el papel con la ruta escrita claramente, hasta que una aprobación y una voz nos permiten sacar dinero del bolsillo y pagar, tomar los papelillos con nuestros tiquetes impresos hacia nuestra ciudad, y luego de agradecer vestimos de nuevo el sombrero que había permanecido en la periferia debido a un acto de cortesía que es inexplicable e innecesario en estos tiempos, y luego el runrún del equipaje se reanuda, y caminamos hacia los trenes, y una vez allí esperamos detrás del tabaco, mirando sin querer a los ojos claros que luego de unos instantes dejan de correspondernos, y observamos largamente el ir y venir de los trenes, observamos el cielo despejado y sus gradaciones cuando se acerca el ojo a la línea del horizonte, y pensamos que nuestra vida es buena.

Veinticuatro de Noviembre de Dos Mil Once

Nieve.
Había caminado hacia la panadería durante la pausa de la clase de inglés para comprar una pizza, y cuando salí había partículas incipientes, como polvo en arreboles, de un lado a otro según la ventisca. Cuando había salido de casa, aún dentro de bus, vi que la ciudad estaba nublada, algunos carros tenían escarcha en el parabrisas y el capó, pero no hacía tanto frío. Al respirar hay humo pero las manos demoran más tiempo en ponerse tiesas y arder. Y cuando volví al salón de clases, luego de unos minutos algunos estudiantes hicieron ruidos de sorpresa, me señalaron hacia los ventanales y a través de los vidrios observé las mismas partículas pero esta vez más visibles y sólidas y blancas. “Snow!”, decían, y yo levanté los dedos en señal diabólica como cuando hay música de los ochentas y melenas y trajes negros, y esto suscitó risas y aprobación. Primera nevada del año, noviembre veinticuatro.
Y este fenómeno al parecer inaugura una serie de eventos que son costumbre en muchos países donde hay nieve. Al mediodía llamé a Juan y me preguntó si iba a viajar a Miskolc, porque Kristina quería ir a patinar. Y la memoria que tengo de ello fue hace unos años, en Kennsington, cuando terminé mi paseo dentro del Museo de Historia Natural en Londres, aquella arquitectura preciosa y enorme donde vi por primera vez muchos minerales y piedras preciosas que luego no he vuelto a ver, al buscar la calle me encontré con un espacio amplio y rodeado de árboles, al amparo de uno de los flancos del edificio precioso, donde había un campo blanco y liso y muchas personas trasladándose con la ligereza del viento sobre zapatos con suelas de hojas delgadas de metal, girando y de un lado a otro como un baile bajo el frío. Ahora el pecho se me oprime porque recuerdo que me acerqué y estuve mucho tiempo observando el ir y venir de cuerpos, pero particularmente uno que fluía solitariamente sobre la pista, siempre dando vueltas alrededor y con las manos asidas detrás, un gorro, unos guantes, el cabello largo y los ojos claros, una mujer hermosa que patinaba con la facilidad y el placer que otorga la maestría. Y tengo recuerdos también de cuando Juan y Kris se tomaron fotos en una pista aquí en Hungría, tal vez sea la misma para donde vamos el sábado en la tarde.
Otro de los eventos es el vino caliente con miel o azúcar, y el mercado decembrino de suvenires en la plaza de la ciudad, “Korzo” cerca a “Varosháza”, la casa del gobierno o ayuntamiento o alcaldía, que al menos en esta ciudad se eleva con un saliente de pilares adornados con flores todo el año y frente a la plaza y el monumento, donde imagino se reúnen los ciudadanos para mirar y escuchar al elegido alcalde cuando sale por el balcón para sonreír y agitar los brazos. Mis estudiantes me han dicho ahora en la mañana que quisieran invitarme a caminar por el mercado cuando lo inauguren la próxima semana, y luego tomar vino caliente en algún lugar.
Y con respecto a mis nuevos estudiantes de esta semana, algunos han participado en las campañas militares en Afganistán o han estado en Cosovo o en otros lugares donde el batallón húngaro ha hecho presencia (porque, según dicen ellos, las fuerzas de infantería húngaras son muy buenas, como lo fueron en la Segunda Guerra Mundial tal como lo dijo un comandante alemán que Hitler desapareció y que fue un renovador del arte de la guerra, y muy amables también porque las tropas húngaras fueron las únicas que entablaron relaciones con los afganos durante la ocupación, y bebían con ellos, a diferencia de los americanos y los alemanes, siempre hostiles), pero en esta ocasión a algunos de ellos les gustaría participar de campañas con la OTAN o NATO, no en el batallón húngaro sino el internacional, y para ello estudian el inglés con énfasis en el lenguaje militar. Uno de ellos es muy callado, se llama István, tiene barba y la cabeza rapada, mira fijamente y aprueba mi explicaciones acerca de frases y significados e intenciones. Hay un comandante llamado Gábor que me preguntó mucho sobre Colombia y de por qué somos tan alegres y tan peligrosos, sobre el narcotráfico y la guerrilla y la seguridad y los intereses de la oposición del gobierno nacional, y yo le cuento mis propias abstracciones que casi siempre carecen de soporte real porque ni siquiera presté servicio militar y porque todo ello lo sé de oídas y porque la televisión y los periódicos han logrado despistarme también, como a la gran mayoría. György ha estado cuatro veces en Cosovo y no quiere volver, es muy callado y por sus gestos cansados y su sonrisa irregular me da la impresión de que ha visto muchas cosas en su vida. También hay un músico que toca la trompeta y que prometió llevarme un disco con música de un trompetista francés de los años del Jazz. El entorno de las clases es de lo mejor que pueda esperar cualquier profesor porque los estudiantes tienen la disciplina de un soldado profesional, la inteligencia de la milicia y el propósito del guerrero internacional. Uno de los estudiantes es un interrogador, que podría describirme los método de tortura que usan para escurrir la información de aquellos a quienes investigan, y por mi amplio bagaje en cine podría comprender muchas cosas. Lo sorprendente es que se ríen de mis comentarios y chistes. Son muy humanos, respetuosos, dignos, atentos, dedicados, y tienen una comprensión mucho más profunda y mucho más limpia que muchos graduados en derecho y pedagogía y medicina o ingenieros que he conocido en mi vida perceptiva y paciente, gentes de oficio que nunca han cogido una navaja con sus manos, nunca han golpeado o han sido golpeados, no conocen el dolor físico, no conciben el mundo como un campo de violencias incesantes, de abusos de la fuerza y del poder: recuerdo haberles dicho algo así como: aquellas personas que dicen saber mucho, sólo necesitan una bofetada para que el mundo se les venga encima. Todos asentían con severidad. Me recuerda de nuevo a Tupra, el shakesperiano personaje de Tu Rostro Mañana, cuando dijo: “Mirad, hay gente ahí afuera, muchísima gente, a la que no le gusta que le hagan daño. Ni a ella ni a sus propiedades. Y mirad, esa gente a la que no le gusta ser dañada, pagan a personas para que éstas no le hagan daño. Sabéis de lo que estoy hablando, ¿verdad? Claro que sí. Bien, cuando salgáis de aquí, muchachos, mantened los ojos bien abiertos, acechad a la gente a la que no le gusta que le hagan daño. Porque hasta a mí me hacéis cagarme de miedo, muchachos. Maravilloso. ´Coz you scare the shit out of me boys. Wonderful”. Y durante las sesiones en el batallón en Debrecen, a una hora de mi ciudad actual, se observa a través de las ventanas los ejercicios de las tropas y camiones y militares en uniforme caminando a paso certero y la mirada alta, las barracas y las instalaciones, todo muy en orden. Y me produce contradicción o paradoja que los seres humanos que dedican sus vidas a la fuerza física y militar y a la institución de la guerra con armamento, son aquellos que mejor caminan por el mundo y más claro lo tienen todo, tienen la mirada más respetuosa y la deferencia en el trato, tienen los hábitos más saludables e incluso saben divertirse mejor y saben tratar mejor a las mujeres (esto es fantasía mía, pero no tanto, conozco mucho enclenque y pusilánime de las academias y llamados hombres de mundo y del saber, he visto y hablado con muchos seres humanos y confío en mis figuraciones), y sobre todo son los más fieles consigo mismos. Hubo un ejercicio que observé por la ventana, en el que un grupo bien formado de militares con escudos acorralaban un grupo disperso que atacaba individualmente: se trata del CRC, anti-disturbios: “Todos se mueven a la misma vez, porque si un soldado se mueve de la formación es un hueco en el escudo” (a hole in the shield), me explicaron. Y luego pensé que nadie necesita de la gramática, porque lo que mis hermosas colegas hacen con estos estudiantes es mostrarles sus piernas y su cintura y nalgas cuando dan la espalda, y sus sonrisas cuando hay motivos, pero es tal vez lo único porque estos militares necesitan una guía en lenguas y en usos lingüísticos, mejor aún alguien que venga desde otro continente y con muchos libros en la cabeza y muchas perspectivas ecuánimes del mundo, para validar sus propósitos como fuerza militar. Pero no necesitan conjugar verbos, necesitan reportar ataques imprevistos y describir campos y dar instrucciones exactas y responder con precisión y escribir informes, toda una sumatoria de usos lingüísticos que en una máxima escala conforman la historia de la humanidad. En una ocasión, hablando del Esperanto, mi padre me dijo que esta lengua carecía de motivos políticos y económicos, y que por tanto había fracasado, y años después Andrés Cumplido, el profesor de lenguas antiguas, me dijo que esa lengua carecía de poder militar y que por tanto era inútil. Ya está, de eso se trata el mundo. Y no me extrañaría que termine viajando por el mundo como traductor o usando mis lenguas y mi capacidad interpersonal en este territorio. No me sorprendería en lo absoluto.
Y en general mis clases son agradables, la gente vive el idioma, como me explicó Juan. Estoy contento.
También compré algunas acuarelas y pinceles y papel y lápices, porque pienso aprender húngaro con colores. Esto tampoco me sorprende.
¿Cómo están? Les debo muchas cartas y más detalles inoficiosos, procuraré aburrirlos más a menudo.
Mama, un abracito, te responderé tus correos. Saludes a Fanny y a Consuelo y a Flor y a Javer, a Orlando también y a la familia toda. Me gustaría saber cómo está Jorge. Saludos a la tía Libia y a Manuelín y a Don John por supuesto, a Luz Nelly y a Olga. Los recuerdo mucho a todos. Las primas y los allegados a la familia. A mis amigos los extraño mucho. Y estoy feliz, no se imaginan cuánto. La novela va muy bien, cuando la termine estoy seguro de que va a hacer “Boom!”, y va a dar de que hablar. Ya está, me voy a fumar. Los quiero.
Santiago

Treinta y Uno de Octubre de Dos Mil Once

Ahora salió Juan a dar un par de clases a los españoles aquellos que juegan para el equipo de Miskolc, el DTK creo que se llama, uno de ellos es delantero, Paco, y otro es el entrenador físico y se llama Gallardo. Paco Gallardo es un nombre de novela, y creo que voy a usarlo. Sí, qué va. Juan nos ha contado que hablan este español “tirado”, con acento marcado y las expresiones fabulosas que invaden la conversación cada dos o tres palabras más, “joder”, “venga”, “tío”, “hostia”, con la lengua pegada de los dientes para friccionar el aire y pronunciar esas eses que nos gustan tanto y nos hacen poner más atención o invitarlos a hablar más, sin que se den cuenta por supuesto, incluso a imitarlos, como cuando salí con Sofía, esta chica de Madrid que tiene un acentico de lo más agradable. A veces pienso que me gustaría mucho vivir en España sólo por hablar español y por escucharlo. De hecho, le había recomendado a Juan la película de Victor Érice que el maestro Obregón nos recomendó hace muchos años y que según él a la gente le aburre pero que a él le fascina, Juan la vio con Kriztina y luego la vi yo de nuevo solo, y es estupenda, no sólo porque hablan es español de Madrid sino porque es sobre pintura y arte, es un hombre que quiere pintar un membrillo y tiene algunas semanas para hacerlo, antes de que madure todo y se le caigan las hojas. De hecho, robaré la primera escena de la obra para la primera escena del Salón Lautrec, porque en esta escena el pintor prepara el bastidor, clava el lienzo y le echa una capa de pegante, cosa por cosa y con la decoración del estudio del artista, con una Venus de Milo detrás y el techo alto, con algunos bastidores aquí y allá y un piso de madera. Será otro gran hurto. Algo más sobre Gallardo, el entrenador físico: le ha contado a Juan que antes él fue el entrenador físico de La Real Sociedad o el Racing o no sé cuál equipo de media tabla de la Liga de España, y que habían jugado contra el Real Madrid, cuando aún jugaba allí David Beckham… el caso es que Gallardo le contó a Juan que este tipo, Beckham, era todo un caballero, y que trataba a todo el mundo con altura y respeto y deferencia, y que olía delicioso incluso. Ya está. Lo único que yo le digo a Juan es que les pida entradas para ir a ver jugar al equipo de Miskolc en el estadio.

Y bueno, ahora está todo muy tranquilo en casa pero en general ha estado agitado, para nosotros aún no se acaba el fin de semana entonces nos permitimos no bañarnos y fumar en la cama, mirar los libros sin leerlos y merodear las redes informáticas sin ningún provecho, escuchar música suave y hacerse útil lavando platos. La visita es muy amable. Cuando llegué el sábado al mediodía estaban todos en la sala, en palabras de Juan “pasando guayabo”. Una es Tina, una chica imperturbable, capricornio de signo, y muy amable porque ha tratado de hablar en Altoalemán para nosotros. La verdad es que el dialecto que hablan en Bavaria necesita de subtítulos cuando lo pasan por la televisión, es más oscuro, y se llama Franconiano o Franco. Creo que es una lengua que ha sobrevivido desde las tribus bárbaras que fueron desalojando a los Romanos del Mediterráneo y que sobrevivieron al Islam, y con cierto celo con el Alemán, quizá un Catalán sin el embrollo político. El otro chico es de padres turcos, y Juan y yo le decimos “Effendi”. Nació en Alemania y trabaja de mecánico, siempre está riéndose y fumando y tomando algo de licor, y cuando no, es porque está provocando a Tina y molestándola y dándole palmaditas no muy suaves. Son una pareja alegre y conflictiva. Effendi la golpea y dice que Tina es “unkaputtmachtbar”: imposible de destruir, con su cuerpo grande. Pero es él quien se lleva la peor parte. Juan me contó que muchas veces Tina lo ha manoteado hasta dejarlo adolorido y tirado en el suelo.

Y creo que seguimos convalecientes. La noche del sábado fue una de las mejores que he pasado en Hungría, mi primera gran farra. Y es particular porque coincide con un sueño que tuvo Chepe y del cual aún no conozco los detalles. Me ha dicho que estaba en medio de una gran farra y que tuvo la sensación de que yo estaba bien. Y fue de tal manera, en medio de un bar con gente alegre alrededor, hablando y bebiendo y fumando y moviéndose según la música. Así empezó la noche: salimos a las seis de la tarde y caminamos a través de la avenida principal con afán, porque el bus salía a las seis y media hacia el pueblo aledaño. El bus iba lleno, con gente de pie y en cada parada se subía más gente, y había grupos de chicas bulliciosas y parejas conversando, parecía un mercado. No hacía tanto frío sin embargo yo estaba envuelto en mucha ropa, con bufanda incluida. En cierto momento Juan me llamó, y luego todos entendimos que había que bajar, que era nuestra parada, y ya afuera hubo calma y brisa, fumamos y tomamos fotos, mientras esperábamos a Zoltan el amigo que nos había invitado y que nos recogería para ir a su casa. Cuando llegó en su sedán, se bajó y nos invitó a acompañarlo, con una sonrisa amplia en medio de la barba y desde la altura de su rostro, porque era de gran estatura. Nos empacamos en el carro. Luego, cuando estuvimos sentados brindando con el primer trago de la noche, conté el número de parejas, cinco, cada chico con su chica, y yo era el undécimo. Y aunque estuviera solo y que todos los demás tuvieran relaciones, esto no suponía ningún problema para mí, así como tampoco me avergüenzo de decir que dos de las chicas húngaras, muy lindas por cierto, tuvieron ocasión de sentirse a gusto bajo mi conversación y mi mirada sostenida, y sin que nadie más se enterara. Podría escribir muchas cosas sobre la fiesta pero quizá el evento necesite ser expresado de una manera distinta, dentro de un contexto específico, con un propósito determinado, bajo una luz y un foco. Así que lo único que diré es que fue una buena noche, una madrugada muy especial.

Mañana se celebra en Hungría el Día de los Muertos o el Día de los Espíritus. Ahora que salimos a caminar, pasamos junto al cementerio que queda al pie de la catedral, y pudimos observar muchas lápidas con flores y las hojas amarillas del otoño. Esta catedral se eleva en la colina donde al final se eleva esta torre de telecomunicaciones, entonces es un promontorio arborizado y salpicado por casas, paseos de piedra y las vistas cada vez más altas hacia el centro de la ciudad y la lontananza.