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Cuando veníamos por la vía rápida desde el aeropuerto, aquella vez primera, atravesamos muchas zonas urbanas hacia el noroeste que pasaban frente a mis ojos con el destello de lo nuevo, sin que pudiera memorizarlo o capturarlo siquiera, porque la fijación de las cosas requiere una elaboración más atenta y acentuada; ni siquiera un paseo a pie por esos lugares lograría plasmarlos en la memoria de forma parcial; o quizá sólo detalles muy generales. Muchos meses después puedo devolverme hasta ese recorrido inicial y ver desfilar por mi mente los colores generales de las casas, de un rojizo común en muchas construcciones de los suburbios, las estructuras del comercio con los avisos de las tiendas y las vitrinas, también el ir y venir de las gentes por las aceras y el tráfico de los coches, los buses rojos, las líneas minuciosas de las calles y los cruces; y también la entrada al lodge donde viviría durante toda mi estadía, el final de mi viaje, mi llegada. Hacía un clima de primavera estupendo, con sol y brisa; el balcón del piso estaba abierto de par en par, entraba el calor del verano próximo que se alargaría hasta octubre, cosa que no había sucedido en muchos decenios en aquella ciudad. Allí nos esperaba Oscar, a quien yo llamaba Manuel desde que era niño, y quien había estado viviendo allí desde hacía unos meses.

Sin embargo mi alegría no permitía ser consumada del todo, ya que había acaecido una desgracia durante la mañana de aquel sábado. Y era que, de venida hacia casa desde el aeropuerto, habíamos pasado a recoger a Álvaro, esposo de Blanca, en su trabajo, en una zona industrial un tanto deprimente y aislada, quien acababa de llegar del hospital pues se había cortado un dedo con una máquina de pastelería. Estaba pálido y ojeroso, callado, triste. Contó cómo había sucedido, y si le dolía.

De modo que el resto del viaje fue solemne y sin muchas menciones a mi curiosidad. Y según lo que entiendo de la suerte de las personas, pienso que la de Álvaro fue una sucesión de desventuras aquel año, a la vez que el mío se colmaba de placeres y bonanza; no fue sino observar la niebla de la capital desde el avión y ver entre las ráfagas de espacio que me permitía, los techos y las calles de esa nueva ciudad, para olvidar todo el cansancio y los afanes que se tiene siempre en los aeropuertos y durante el vuelo, en las sillas incómodas y el servicio precario; con sólo aquellas imágenes rápidas de la ciudad desde la altura me di por bien servido, contento y con ánimos renovados. Luego la ruta dentro de la ciudad satisfacía todas mis dudas, aunque esto en parte: meses después, tendido en mi cama, de noche, casi agotado por el sueño, tenía que decirme a mí mismo, repetidamente: “estoy en Londres”, “estoy en Londres”; sin embargo era fácil, durante esos momentos en el asiento de adelante y la ventanilla abajo, igual a cuando conocí los shires, Bath y Oxford y también Canterbury, permitirme el no pensar en nada, sólo ver las vías y respirar el aire nuevo porque, aunque no lo creyera en primera instancia, el evento estaba sucediéndose, aún con los ojos cerrados.

También durante aquel día me enteré de que los cigarrillos tenían una duración más corta, y fue una noción instantánea que confirmaron todos sin lugar a dudas.

Y para entonces había aún sol y buena brisa, y era tarde: sin darme cuenta eran casi las nueve de la noche, y yo debía dormir, pues al día siguiente madrugaría temprano al mercado de Wembley, como inicio a una rutina que llevé a cabo cada domingo que tuve libre en el Reino, es decir, muy pocas veces.

Temprano en la mañana salí con Manuel, y recuerdo que conversábamos poco. Yo hacía preguntas y él respondía: durante varios meses fui conociendo el temperamento de aquel hombre que siempre de niño me trataba con hartísimo cariño, y que ahora lo hacía con frialdad y distancia; pero no era con respecto a mí, sino que su situación particular lo hacía reservado y severo. Pues sucede con las personas que, bajo opresión de situaciones externas e ineludibles que no son apropiadas para sus naturalezas, sale a relucir en ellas el temperamento opuesto al que impera cuando el mundo se acomoda a su modo de vivir; meses después, días antes de su regreso o ya cuando para él su viaje a Inglaterra había llegado a su fin, cuando había tomado la decisión de volver a su patria, al lado de sus hijos y su mujer, la calidez del trópico y sus licores favoritos, Manuel fue tornándose en, no ya silencioso, sentencioso y de actos contundentes, sino aquel risueño, conversador inagotable y de historias infinitas, pícaro, sutil, cocky y elocuente, atento y festivo. Y era que a Manuel no le gustaba aquel país. Lo consideraba frío y lejano. No tenía quejas, ni jamás manifestó desagrado con el trato que recibió, en especial el que provenía de mis tías, que era siempre dedicado y generoso. Trabajaba desde la madrugada hasta el mediodía, al igual que Álvaro durante unos años, como pastelero refinado, y el resto de sus horas las pasaba en casa, bata puesta, café en mano, ora leyendo ora al frente del televisor. Era diligente en las labores familiares, y aceptaba gustoso los ofrecimiento que se le hacían, demostrando con ello no una inclinación cobarde a aceptarlo todo por miedo a imponer su carácter, sino muy por el contrario, manifestando su generosidad de espíritu brindando atenciones y sonrisas, o en ciertos casos, recibiendo regalos. Era diligente en especial con su familia: muchas veces pasaba las noches bocina en mano, al lado del licor -le gustaba el Whisky fino, o el brandy-, hablando con su mujer o alguno de sus hijos; constantemente viajaba a Wembley Central, una avenida de comercios a sólo veinte minutos en bus, donde compraba el crédito para llamarlos a diario, acompañado de algunas cosas para las cenas, un vino rojo, unos chocolates, jugos de fruta.

De tal manera avanzábamos en la vía hacia el estadio, una calle de doble vía que, muy usual en la capital, estrechaba su disposición para permitir que los carros aparcaran a los lados; y esto hacía que los conductores del Reino desarrollaran y requirieran mayor pericia al conducir, muchas veces haciéndose necesario el zigzagueo peligroso o el giro fino y certero. También las casas se me aparecían, en aquel primer paseo a pie, como de una sustancia acorde con la atmósfera que respiraba, nueva y mejor. Ensanchaba mis pulmones, aguzaba la vista y me llenaba de ánimos. Me hacía a mí mismo preparado para aquello que se venía, el año largo que mis ojos querían abarcar, con el afán de lo nuevo y la juventud. Recuerdo que muchas de las actitudes que se repitieron en mi conducta a lo largo de mi tiempo en la capital estuvieron presentes desde el mismo instante en que desembarqué en el aeropuerto: el deseo de formas nuevas, el aprecio por el frío, la mirada aguzada y sensible, el ánimo expectante, los altos pensamientos. Y ya desde la caminata -que se me hacía larga, desde el lodge hasta la estación de trenes de Wembley Park, la más próxima, por la que atraviesa una vía principal del borough y que está llena de tiendas de comida, distinta de mi ruta que sólo rompía la continuidad de las viviendas con un centro de salud y un prado- observaba que las distancias, por un efecto de la atmósfera, se hacían más cercanas, como si el ojo humano trabajara como un catalejo al que es posible regularle el foco pero que no precisa la medida de la distancia, de modo que el lugar a donde mi vista llegaba no correspondía con el cálculo de pasos que me tomaba llegar hasta allí, y todo parecía más grande de lo normal una vez lo había caminado y así yo lo hubiera visto según una medida apropiada -también esto me sucedía con las rutas de bus, que por lo general eran lentas y hacían paradas en cada estación, cada tercio de milla más o menos, de modo que parecíame a veces habitar una ciudad más grande, y que Wembley quedaba más al norte-.

La ruta a pie desde casa hasta la estación de trenes de Wembley Central era la vía opuesta a la que debía tomar para viajar en bus hacia el centro. Cuando salía del lodge, tomaba mi izquierda y caminaba recto por la acera, hasta llegar a la highway, la vía principal del condado o borough, aunque este nombre podría parecer una vía enorme para quien está habituado a las nociones americanas. Por esta vía se llegaba al estadio: frente a la estación de trenes se alzaba la mole con su arco iluminado las más de las noches, unidos por una vía peatonal amplia y extensa, y por una serie de puentes y escalones para los accesos a la estación; y siempre pensé en esta estación como principal, pues su letrero era más grande que en las demás estaciones del underground; y por supuesto el estadio tenía algo que ver con ello. Sin embargo nunca los vi terminados, la estación de trenes y el estadio, siempre había labores allí y carriles cerrados u hombres con uniforme y casco, taladrando o trepados en grúas.

Caminamos hasta allí y luego bajamos las escaleras, para llegar a la vía peatonal; luego, poco a poco, fuimos alcanzando el estadio: los domingos, durante la mañana y ubicado en los aparcaderos del estadio, trazadas en un orden de vías, estaban dispuestas las tiendecillas, toldos o casetas, a lo largo de aquéllas y en constante bulla y movimiento, como una plaza de mercado en sus horas de mayor trajín.

El mercado de Wembley, al igual que otros en la ciudad (como aquel Liverpool Market o el de Edware Road), tenía una inclinación por las ventas de artículos novedosos y no de antigüedades, como de hecho sucedía en el mercado de Covent Garden, el Jubelee, o en los mercados de pulgas de Alemania; tampoco había libros allí, ni colecciones de música o curiosidades del pasado. De modo que se paseaban por las vías improvisadas un tipo de persona trabajadora, activa, sin mayor necesidad que la de una salchicha y la de ver más gente en ocupación ociosa. Y esto es fácilmente comprobable, dado a que en esta ciudad al igual que en el resto de ellas, aún en los pueblos más decaídos y sin actividad, el domingo resulta ser un vacío, una pausa en el movimiento; tal como sucedería en la orquéstrica, si fuera ésta el panorama o conjunto de las actividades y movimientos en un conglomerado humano, el domingo vendría siendo una voz apenas audible, viciada o insuficiente, como si en aquélla faltaran los violines. De modo que en todas las cuides y pueblos, se hace necesario extender la actividad que suponemos concluida el sábado, junto con el bullicio y el tráfico, hasta el domingo siquiera, y de ese modo librar al espíritu y a la mente de aquel acto terrible relacionado con la nada, el vacío en la acción y la percepción física de la nada.

En una esquina del mercado, luego de pasearnos y comernos una salchicha de desayuno, aunque no muy usual o sólo presente cuando el mercado estaba en su apogeo –antes, me decía Manuel, el mercado tenía siete, hasta ocho avenidas de estas, decía señalándome una de las vías peatonales, a cuyos lados, paralelamente, estaban las casetas- había una tarima, como existiera hasta hacía poco (o, según mi guía turística, aún en actividad y ocupándose de lo mismo) en Marble Arch -supongo que sin las discusiones o las competencias de oratoria, quizá como ejercicio turístico tal vez-, en la que se subastaban artículos de la más distinta naturaleza, tapetes, prendas, electrónicos; y en pie sobre aquélla, un hombre sudoroso, micrófono atado a la cabeza, queriendo convencer a un público numeroso que se apretaba con aquel característico amontonarse de masas, a hacerse con un artículo indudablemente de segunda calidad.

Y este bullicio no lograba apagar sin embargo las dulces resonancias de los bafles de los jóvenes negros y de los altavoces de cada toldillo, pues todos parecían disponer de un micrófono y altoparlantes con los que promocionaban a viva voz las maravillas de su carpa, esto quizá inherente al humano desde el inicio de la civilización, quizá en un lugar de Oriente, en una plaza de mercado, de donde correspondía el origen de la palabra algarabía. Y todos hacían uso de aquel caso en latín, el vocativo, al que le corresponde la invocación o mención fuerte, y cuya palabra va escrita siempre con signos de exclamación. Era una noción de sonido que delimitaba los espacios, como si creara una burbuja única, distinguible de las otras y que poseía su propio clima y atmósfera. Pues era de sorprender el hecho de que, unos metros por fuera del mercado, era de nuevo la ciudad misma la que pronunciaba sus voces de domingo, de tono silencioso, ligero, caluroso; y dos pasos adentro del mercado era todo bullicio y humareda y basura y gentes atravesadas. Y aunque no me era fácil identificar esto al principio, era notable ese hecho de que, con dos pasos solamente, hacía presencia una nueva tonalidad y la atmósfera se convertía en otra completamente distinta; y así, este mismo concepto aplicado a la totalidad de la ciudad, podía uno ingresar a un lugar insospechado dentro de la ciudad, de igual manera como sucede en las narraciones del Quijote, quien avanza varias leguas, encuentra una nueva desventura y la resuelve, sufriéndola, con sólo cuatro o cinco líneas de Cervantes. Ésto sucedía con regularidad durante mis caminatas por el centro, y entonces pensaba en Borges, cuando mencionaba que Londres era un Laberinto roto, no sabiendo yo con ello si era por la carencia de meta o final, o porque el final estaba en cada vuelta de esquina. Y sucedió que, al cruzar la calle que separaba el aparcadero donde residía el mercado, de la larga y ancha vía peatonal, era caminar dos o tres pasos y ya era otra ciudad la que se contemplaba, otro el aire y el sabor que se respiraba; y también otros pensamientos. En el centro de la ciudad, podía internarse uno por un callejón y ésta se transformaba de súbito, y las líneas que trazaban los mapas en mi mano se convertían en ilusiones nunca llevadas a cabo; como en el mercado, al entrar en él se sumía uno en la actividad y el bullicio, al salir se penetraba en el sosiego del domingo, y era preciso hacer uno de la serenidad y la contemplación, aunque esto inconscientemente por supuesto, para que no fuera a trastocársele a uno la noción de realidad.

Yo quería inflarme los pulmones de aire, de la misma manera como deseaba que la ciudad toda hiciera parte de mí; y este afán se prolongaba a todas las actividades que hacía o pensaba hacer, cada cosa que constituía mi propia personalidad y mi modo de concebir el mundo. Veía el discurso del presente, aquello que llaman realidad, con el filtro particular que mis ojos le daban, y parecía a veces que todo se acomodaba a mi modo de desearlo; pero es esto una ilusión cuando se vive, pero en el recuerdo observo todo aquello sucedido como si lo hubiera dispuesto para una obra teatral, como si hubiera sido yo mismo quien diseñó el tablado y la decoración, y las acciones y los personajes. Leía la realidad como evento fuera de mí, y sin embargo sabía que era yo quien la estaba creando; a veces pienso que era un acto de altísima vanidad. Y yo me nutría de cada objeto, situación, palabra u olor que me proporcionara el presente, y leí todos los avisos de las calles y los comerciales en la televisión, con el mismo deseo con el que miraba Charing Cross Road u Oxford Street, queriendo descifrar la realidad para estructurarme una propia después, luego de habérmela apropiado; mis ansias me hacían soñar con mujeres con acento británico, o glorias dignas de un lugar cerca de la catedral de San Pablo, y me creía merecedor de ello, dados mis esfuerzos en darles nombre a mis sensaciones y darles una jerarquía universal según mi espíritu iluminado. Y era este un vano deseo de poseer la ciudad para mí, cosa que meses después sentenciaría en una frase, al decir que todas las fotografías que tomé carecieron por completo del sabor de la ciudad; mis ansias venían dadas por el deseo de hacer parte de ella, de poder concebir como inglés de nacimiento, y poder manipular las ideas de la ciudad de modo que pudiera tomar, como un pintor los colores de su paleta, elementos que tenía dentro de mí y crear un gran arte. De modo que caminé y visité museos, y me inmiscuía con igual desvelo por lugares insípidos o frecuenté el trato de personas vulgares, puesto que también allí reposaba el misterio de la ciudad, y de esa manera pensaba que había procedido Shakespeare al crear el mundo, mirando y escuchando y no emitiendo juicios sino cuando se lo dictara la conciencia universal de la cual él era un mediador y un privilegiado.

Este acto de observación me desconectaba constantemente de mis labores, y muchos llamados de atención sufrí por no atender ellas y por estar mirando por las ventanas. A veces, en los hoteles donde trabajaba, prefería las vistas altas, porque me permitían panoramas privilegiados dentro de la ciudad; y podía atreverme a medir las distancias, diciéndome “he allí King Cross St. Pancras, y por supuesto allí al sur estará Piccadilly”, aunque con la mirada fija en ningún punto específico, solo percibiendo formas que yo tomaba como fruto de la elaboración superior de las civilizaciones de los hombres. Me gustaba ver los tejados de las casas, y ver los transeúntes debajo de mi mirada, ver pasar los cabs y los buses, y todo el tráfico alrededor de las glorietas, también las luces de los parques o simplemente las extensiones de tierra en donde se erguían las casas y su distribución entre las vías. Pero esto no era sólo inherente a Londres, sino que siempre me sucede cuando observo las cosas desde cierta altura. Pero de allí me vienen esas costumbres particulares, o quizá de antes, cuando me trepaba a los pinos altos en el campo para ver las cosas desde arriba. O quizá todos tengamos algo de ansia y placer o necesidad en ello.

Cuando, días después, inicié mis labores en un hotel en East Acton, disponía de mis ratos libres para observar por los ventanales de los pisos altos. Pero tal vez yo no tuviera tiempo para ello, sino que me lo robaba; y no veía ocasión de tener un ventanal frente a mí para observar la ciudad y ver cómo ésta se disponía frente a mis ojos. Luego, cuando trabajaba en el hotel del centro de la ciudad, prefería el turno de la tarde por ser más sosegado el hotel a esas horas y por extenderse el turno hasta casi la medianoche, de modo que podía quedarme mirando el centro de la ciudad desde las alturas, hasta que me requirieran en la oficina. Fumaba un cigarrillo tras otro, sin más interés en el mundo que el que podría darme la suerte de las cosas, de modo que ningún cliente solicitara servicios de la casa, para que no sonara mi teléfono y con ello no interrumpir mi rato de contemplación. También, cuando bajaba las escaleras del servicio, había en cada piso una ventanilla que daba hacia el oeste de la ciudad; y a través de allí era posible ver una arquitectura de torres puntiagudas cerca de la Biblioteca Británica, justo al lado de King´s Cross; bajaba desde el octavo piso hasta el primero, deteniéndome un instante en cada piso para observar por la ventanilla, y observaba con cuidado el modo como iba inclinándose el horizonte, hasta que ya no era posible ver la punta alta de aquella casona como un castillo y ni siquiera a los compañeros que fumaban afuera del edificio y que era posible verlos desde pisos más altos.

Pero, mi interés primordial durante los pocos días en mi primer hotel era el de ser un buen trabajador. Con el entrenamiento que ganara allí iría al Hotel del centro para ubicarme permanentemente. Y para ello compramos unas camisas negras y provisiones para mis almuerzos, mantequilla de maní, pan, queso Cheddar y jamón para mis sánduches, y chocolates para mis ratos de voluptuosidad; y me hice también con unos zapatos de suela ancha, negros, comodísimos, con los que trabajaría hasta el último día de trabajo; éstos habían sido un regalo de Stephen, el señor inglés esposo de mi tía Marina, mi otra madre en aquella ciudad. Y con ella sucedía que siempre manifestaba altísimo interés en mí, pero se dio el caso de que poco tratamos los primeros meses; y todo se debía a sutilezas de las cuales fui siendo partícipe muy de a poco, con el resultado de que al final de mis días sólo salía con ella; era la que más placeres consentía a darme y a la que más accedía yo a poner cuidado y atención con los consejos y censuras que me daba. Pero esto no lo sabía yo ni lo imaginaba, que hubiera toda una cadena e hilos de relaciones que me privaban de sus placeres, y la idea que tenía de Marina era que vivía desde hacía mucho tiempo en Londres y que había tenido conmigo un trato más bien distante, apenas por teléfono y según el pasado, durante mi niñez. Desde mi viaje a Londres, la considero una de las mejores mujeres que pudo brotar de este mundo, y soy en extremo agradecido por tal suerte. De modo que, aquella primera vez que la vi en la ciudad, me regaló aquel par de zapatos negros de su esposo, y pasamos la tarde del domingo en casa; también me regaló cigarrillos, cosa que inauguraba todo un año de tabaco que recibía de ella. (Y aún en este entonces, cuando se entera de que voy a beber con mi hermano en casa de nuestros tíos, sus hermanos mayores, ella pide que seamos abastecidos de cigarrillos.) También en aquella ocasión cocinó; siempre lo hacía, con su facilidad y encanto particulares: cocinaba a la torera, y los resultados eran de un cuidado, que poco valía el vino, el brandy o los halagos, porque parecían manjar que no necesitaban veneración ni ensalce al ser fruto de una Providencia magnánima.

   Es esta una de amor, y si me aparto de allí en el discurso de los hechos es porque lo considero necesario, quiero decir que tales sucesos se incluyen en el amor y lo conforman, pero ante todo es una de amor y de allí no ha de apartarse. Comenzó a mi llegada a Londres, una tarde de lluvia. La recuerdo bien, pues desde el avión pronto a aterrizar, y luego de aparecer entre las nubes, se dibujó un contorno de casas que ya en ese momento daban la sensación certera y memorable de los días que habrían de venir; aquellas arquitecturas, al compás de la lluvia y la neblina, resultaron ser una constante a lo largo del año en que permanecí, entonces todos mis recuerdos se empapan de aquel contraste, lluvias y neblina y arquitecturas. Al descender, luego de los acostumbrados trámites en el aeropuerto, encontré a Blanca, quien sería mi madre durante aquel viaje, y a quien hoy recuerdo con dulzura y veneración. Me llevó por la autopista rápida, sin sobresaltos de espíritu, sin sospechar que habría de recordar aquel trayecto por la vía opuesta a la de mi ciudad natal, en la silla contraría a la usual también, y los ojos bien abiertos: paisaje nuevo, y sus olores. También recuerdo la llegada a Wembley, donde viví, sus casas de dos pisos y apartamentos, los mercados y las pequeñas glorietas, también los buses, los nombres de las tiendas –casi todas en árabe y hindi, pocas en inglés-, todo ello alejado de la idea romántica de capital antigua que tenía desde siempre, aunque ya todas estas figuraciones desvaídas desde que tomé el avión y a lo largo del viaje, y contorneándose de imaginaciones en la proximidad de la ciudad; y todo comienza a tomar rumbos imprevistos –los turbantes de algunos transeúntes, la disposición de las calles y las casas-, pues todo resulta nuevo y, aunque alejado de las ideas románticas, no poco atractivo y excitante. Aunque tal vez no sólo de amor, por aquélla, sino por las cosas que rodeaban su figura, sería preciso describir el andén por donde dio sus pasos al acercarse a mí, o una tarde cuando nos vimos, o el contorno de la plaza cuando todo dejó de ser. Y más aún, los azares que me llevaron a caminar por allí, o para quererla y lo que esto presupone; entonces más bien parece una historia de amor por la ciudad que albergó mis pasos durante aquellos amores y no sólo una de amor, sus hechos y pendencias y dolores. Y es las más de las veces impensado y súbito, ese amor, y de tal manera fue aquel mío, sin percatarme de ello pero quizá deseándolo, imaginándolo posible durante mis caminatas cuando me aventuraba a conocer la ciudad o a la hora del tabaco desde el balcón del piso, o cuando me llegaba a casa por vez primera, a lo largo de la autopista, la lluvia golpeando el cristal del coche y los autos pasando a velocidad, y un paisaje difuso, cuyos contornos me enseñaban el verde de una ciudad multicolor. Ese paisaje se transformaba sutilmente, cambiando de tono a medida que entrábamos en la ciudad y al condado a través de las vías rápidas, aquellas que desdibujan la estética de la ciudad con gran tino; y también a lo largo de aquel año aunque sin precisar mucho los ritmos en que estos tenían lugar, ora por los temperamentos de las estaciones, ora por mi conocimiento de la ciudad y la sumatoria de mis actos allí, mis sufrimientos y glorias.

   La vía hacia el aeropuerto la recorrí unas tres o cuatro veces no más, una de ellas para conectar con otra autopista, cuando me llevó Blanca a conocer Windsor. Y la vez última, la mañana brumosa y de lluvia que me despidió de la ciudad, por la vía opuesta y en la silla contraria, ya próximo a reencontrarme con mis órdenes originales y a los cuales ya me había desacostumbrado, al llegarme mi hogar natal después de un año de ausencia. Y Blanca me besó, con más solemnidad que emoción, y me dejó a solas para despedirme de mis amigos, que se habían trasnochado en el pub y luego en el aeropuerto para verme por última vez y decirme el adiós.  

 

···

 

   Habíamos estado bebiendo unas pintas en el pub de los viernes en la noche, todo tan normal, sin apenas sobresalto por la despedida. Luego llegó el adiós, pero éste tan sólo para mí pues no imaginaba que fueran a aparecerse en el aeropuerto en la mañana del siguiente día, todos ellos a excepción de Mischko, a quien dejé de ver en el andén, luego de adentrarme en la estación. Tomé mi tren sin darme cuenta de que había de ser la despedida a tantas estaciones, hasta la última, donde desembarcaba para llegarme a pie a casa, Wembley Park. Pero era esta una despedida provisional pensaba yo, no lograba hacer posible el hecho de no volver a ver Finchley Road o Baker Street, o Great Portland Street, así como tampoco imaginaba el haber dicho adiós al general Trafalgar esa misma tarde, durante mi último paseo por el centro y por la Galería Nacional, a donde me había llegado para ver por vez última los girasoles de Van Gogh. Son mis recuerdos más nítidos, por haber sido los postreros, pues aquellos que tenía más vívidos en mi pecho en aquellos instantes, aunque sin ser tan recientes, habían sido inevitablemente modificados por las cosas que luego se llegaron, por la razón de que los recuerdos se transforman, los modifica uno a fuerza de recordarlos y a fuerza de quererlos vivir de nuevo en la imaginación, cosa que los teñía del deseo y la añoranza; a estos recuerdos no tan nítidos pertenecían mis caminatas, así como las rutas de trenes y de buses que tanto esmeré en memorizar, puesto que sabía que había de necesitarlos para mis añoranzas futuras, cuando ya no viviera allí y las extrañara. Las que ahora revivo sucedieron aquella tarde, más aún después de visitar los girasoles, ya todo empapado de reconciliación y colores ligeros, sin la violencia de las despedidas ni el apego. Y era que, en cuanto a la pintura de Van Gogh, me sucedía que iba a verla a menudo, sólo a ella, dejando de lado las demás pinturas que contenía aquel pequeño salón. Entonces salí y también le dije adiós, y guardé silencio desde la entrada a la galería, frente a la plaza Trafalgar. Fue una de mis vistas favoritas, pues desde aquella entrada la plaza gozaba de buena perspectiva, ya que estaba un poco alzada sobre el nivel del horizonte, permitiendo ver a lo lejos la cabeza del Big-Ben, la Whitehall abriéndose, y antes de ello la amplitud del espacio que abarcaba el blanco de la plaza, rodeada de los edificios y el tráfico, y entre ellos las gentes en abigarrado conjunto y los autos, los buses rojos y los negros cabs, en su marcha incesante bajo la mirada del general. Recuerdo haber permanecido allí unos instantes, contemplando el movimiento del mundo y la permanencia de la obra humana, un oleaje rítmico y precipitado -aún más por mis pensamientos- enmarcado en edificios altos y en el clima gris; y luego bajaba la escalinata y me unía al tráfico, perdiéndome entre turistas para sentarme como uno de ellos a presenciar la vida de la plaza, la elevación de la torre y sus leones guardándola, y alrededor las pilas de agua donde jugaban siempre las gentes a tomarse fotos memorables, pasando mi mirada sobre ellos como quien contempla el pasado, viéndolo desde lejos en el tiempo y ahora también en el espacio, diciéndome a mí mismo que aquello debía recordarlo, para hacer honor a aquel momento que se iba, sin poder contenerlo; y de esa manera lo supe cuando caminé de espaldas a la plaza, subiendo por Charing Cross, luego de una mirada final y dolorosa que aún recuerdo, dando mi adiós al General y luego llenándome de lágrimas.

   Pero algo más perturbador había sucedido aquella tarde en la plaza, similar al desamor que meses antes, cuando había salido a la noche después de la fiesta, al encontrarme en brazos de la rubia, le di fe de mis tristezas. Pero en aquella ocasión pasada la había besado –y también había dicho adiós, al volverse ella para su país natal-, no como sucedió esta tarde, frente a una mujer que yo me imaginaba mejor, o así me lo representaba, que cantaba a viva voz un aria dulce, con su voz entorpecida por el bullicio alrededor. Era esta una inglesa, delgada y cabello negro, con labios rojos y tez pálida, que había tomado posesión de un espacio en la plaza para hacer sonar los parlantes de los instrumentos, y para acompañarlos su voz melodiosa. Y yo permanecí petrificado mirando sus ojos claros, haciendo de aquella música la música de mi despedida, y sin poder evitarlo imaginando paisajes idílicos con la intérprete inusitada. Entonces la música cesó y poco a poco la multitud fue dispersándose, dejándome a solas frente a ella, sin la valentía para hablarle, sólo con el deseo de llorar por los tiempos que fueron y que pronto dejarían de ser.

   Subí por Charing Cross diciendo adiós a las calles, una que había visitado en ocasiones de ocio, cuando pasaba buscando libros de segunda mano; aquella otra donde había bebido unas pintas con un grupo eslovaco, en aquella esquina de restaurantes en Leicester Square; más arriba, en el circus de Cambridge, aquella catedral que se convirtió en discoteca, donde había besado las mujeres en mis fiestas hasta el amanecer; y una o dos cuadras antes, sobre mi derecha, el callejón angosto a cuya postrimería se alzaba el St. Martins Theatre, donde había presenciado “The Mousetrap”, esto último por consejo de mi padre y para mi grande alegría.

   También aquella última tarde había acercado mis pasos hacia la National Portrait Gallery, pues quería ver el rostro de Shakespeare, aquel retrato isabelino que había visto sólo en fotografías. En esa ocasión subí las escaleras luego de ubicarme en el mapa de la galería, y me adentré en la sala que correspondía a aquella época, con cierta firmeza, pues sólo miraba de reojo las pinturas para ubicar el retrato deseado –aunque inevitablemente deteniendo la vista frente a un trazo ineludible, uno que mis ojos hubieran captado de paso y que me obligara a mirarlo hasta la saciedad- hasta que di vuelta a la sala y entré en otra ya no isabelina, a lo cual reaccioné con celeridad devolviéndome y observando cuadro por cuadro, hasta darme por vencido y preguntar: “I´m sorry, the portrait is abroad”, fue la respuesta de aquella amable mujer, luego de expresarle mi inquietud de no haber encontrado el retrato en la sala; y después dijo que volvería en unos meses, en octubre. Mi reacción fue como la de aquellos desdichados que, boleto en mano y en la taquilla de premios, se enteran de que el número que poseen y que creen es el ganador, no es más que un error de la persona que ha anunciado el resultado. Entonces me giré y salí, sin remordimientos por los demás retratos de ilustres que había allí, sintiendo que éstos me observaban de una forma tal, como si se hubiesen enterado de mi pena y no dijeran nada para evitar contrariarme. Y era que había yo evadido la visita a la galería, justamente para ver el retrato del isabelino, a lo largo de todo aquel año, siempre postergando mi deseo para otro día, debido a una ilusión de porvenir en la cual yo habría de estar presente siempre, sin el temor de no ser parte de lo que allí sucediera o sin determinar la posibilidad de no enterarme, pues me hacía natural el hecho de que todo estuviera sucediendo bajo mis pies y frente a mi mirada mientras yo estuviera allí, como si fuera la ciudad la que ocupaba una parte de un yo (un yo a medias conocido) y no al contrario, mi ser como una parte ínfima de una ciudad desconocida.  

   Me despedía de las cosas al pasar, las calles sobre todo, también de las arquitecturas que más lograron conturbarme –las que posee la Regent Street, las de Oxford y antes de ésta la Charing Cross, donde había muchas librerías-, así como de los rostros que nunca se repetían y de sus vestimentas, las esquinas del Soho y el espíritu inmortal de aquella Shaftesbury Avenue, con su colorido teatral y su tráfico, que iniciaba en Piccadilly y conectaba con el otro circus, el Cambridge, por donde atravesaban presurosos mis pies aquella tarde de abril (como aquellos adioses que trata uno de acelerar) y donde tenía aquellos pensamientos tristes.

   Llegué al pub donde habían estado bebiendo mis amigos desde hacía unas horas, esperándome, el lugar al cual me había habituado para mis cervezas las noches de los viernes, frecuentado las más de las veces por compañeros del hotel, en donde había yo trabajado durante casi todo mi año de presencia. Muchas veces salíamos de allí, luego de la jornada, y sin muchos preámbulos abríamos la doble puerta de madera y cristal –luego de cruzar las dos calles que lo separaban del hotel, aquella preciosa y amplia Marylebone Road y otra que se unía en un cruce con la Great Portland Street, frente a la estación de trenes-, dábamos unos pasos largos sobre el tapete café y estábamos adentro. Muchas veces encontrábamos rostros familiares ya instalados, en posesión de una mesa grande sobre la cual había ceniceros y vasos de pintas a medio llenar, y detrás de ellos los rostros de charla amena y las risas, todo tan cálido y rodeado de humo. Así como encontraba a veces a la nueva compañera de trabajo, en silencio y frente a una pinta, o al conocido con cargo alto en el hotel –jefe mío quizá- que esperaba, o también al grupo numeroso cuyo bullicio sobresalía al del resto de la multitud. Podía a veces encontrar el pub casi desértico, sin más movimiento que el de las formas humanas tras la barra y el de las luces que se filtraban por los ventanales y que venían a dar sobre las mesas o las paredes o las columnas, formando a cada momento contrastes distintos –un brillo de sol sobre la pared roja, o sobre el barniz de las maderas-; me adentraba despacio, disfrutando la amplitud del espacio, y me acercaba a la barra, pedía una Stella y me sentaba, encendía un pitillo y miraba, siempre miraba, no decía nada y me limitaba a mi pinta y a mi pitillo y a mirar, a veces cantaba cuando sabía la melodía pero casi siempre guardaba silencio, quizá para no importunar mi abstracción –me sentaba al fondo del pub, cerca de la barra y junto a las escaleras para el piso inferior, donde había más mesas y otra barra; pues desde allí tenía una vista privilegiada de las dos puertas de ingreso, y de los ventanales también-, entonces podía observar tanto la quietud adentro, y el ruido y el movimiento de las calles al fondo, al igual que el contraste que sucedía entre ambos –las cosas que dejaban filtrar los cristales- que era a lo que más atención prestaba, en lo cual estaba yo abstraído.

   Aquella, mi última vez, encontré el pub en espíritu de caída de tarde, quiero decir que a medio llenar y con la música baja, también con la calefacción encendida pues era inicio de primavera. Encontré mis compañeros en la mesa usual del fondo, cerca de la barra y rodeados de una cierta melancolía que yo atribuía a mi despedida próxima. Los saludé sin dejar escapar algún signo de mi partida, pedí una Stella y me senté con ellos, y comenzamos a hablar.

   Recuerdo que muchas veces salía de aquel pub, ya de noche, y dentro del bus hacia Wembley recibía una llamada de mi tía Marina, que me preguntaba qué me había quedado haciendo después de salir del trabajo, esperando una respuesta honesta que la satisficiera –como por ejemplo: ‘estaba con una mujer’, cosa que la disgustaba por el temor que las mujeres londinenses le suscitaban, que pudieran perderme como a tantos otros, pero aceptándola como una verdad irrefutable- y yo en cambio respondía, escondiendo el hecho de haber estado bebiendo cerveza con mis compañeros usuales (Manish, Mishko a veces, también Bárbara y Marzena, quien fue mi andanza última), le decía ‘He tenido mucho tráfico en la Marylebone’, a lo cual ella respondía sin titubeos, con cierta perspicacia inofensiva, ‘ya conozco yo tus trancones, ¿dónde te has quedado?’, y yo me reía y ella también, entonces ya lo sabía y dejaba el tema. En otra ocasión, para justificar mi ausencia en alguna reunión familiar, le dije que no podía llegar temprano pues asistiría a una obra de teatro, y ella me respondió, con el mismo tono de perspicacia ‘¿Ah sí? ¿Y con quién piensas montar la obra de teatro?’, y acto seguido esperaba mi risa para que yo le diera la razón.

   Cuando ya había avanzado la noche y menguado el tráfico de la Harrow Road –esa calle tan versátil que se enlaza con la Marylebone en un puente a la altura de Edware Road, que cruza todo el noroeste y, llegándose a Wembley, permite una vista del estadio, su arco iluminado de azul-, que era una ruta que meses después descarté pues se hacía demasiado calurosa durante el verano –atiborrado de negros y paquistaníes, todos ellos prófugos de las duchas- y muy lento también, a todas horas, excepto en la noche. No era esta una ruta tradicional de dos pisos, sino que era tan largo como si fueran dos, unidos por un centro de gravedad que permitía una rotación esencial; así que me tiraba en la última silla acolchada y me dejaba ir, me permitía el sueño, arrullándome con la sucesión de imágenes que casi siempre eran rítmicas, los períodos de las estaciones donde se detenía el bus y sus ratos de velocidad, todo ello con su colorido tenue, el suburbio londinense que iba configurándose a medida que avanzábamos en la Harrow Road y nos alejábamos del centro. He dicho que luego la descarté, queriendo decir con ello que durante algunos meses fue mi ruta usual, a excepción del primer mes pues había utilizado el tren para permitirme unos minutos más de sueño. Luego comencé a utilizar otras rutas: tomaba tres buses para llegar al mismo sitio, a diferencia de la ruta del bus largo, que me dejaba a media cuadra del hotel donde trabajaba; aquellas rutas podían variar, según mi estado de ánimo y según la que saliera primero de la estación principal, según también la ruta que llegara primero al paradero de Wembley, Blackbird Cross era su nombre. En todo caso llegaba al paradero principal y de allí salían dos rutas que me convenían, pues ambas llegaban hasta Edware Road, donde tomaba cualquiera otra que atravesara la Marylebone hasta Great Portland Street. Memoricé las rutas durante un año de ir y venir, también de caminar sin rumbo por zonas desconocidas, debido a tentaciones que me presentaba la ciudad misma. Aún ahora, en ratos de ocio o durante el desvelo, pienso en la ruta 6, que atravesaba Maida Vale y terminaba en el Strand, o la 98, que cruzaba Kilburn y aquella preciosa zona arborizada que poco transité, la St. Johns Wood.

    Hablábamos hasta muy entrada la noche, hasta antes de que cerraran el pub, entonces tomábamos el trago último y salíamos hacia el centro, el circus de Cambridge en plena Charing Cross, a donde nos habíamos habituado a trasnochar bailando, aquella catedral de arcos en punta que era ahora una discoteca y que era el punto fijo de los viernes de farra, cuando la decidíamos unánimemente y sin titubeos, ya por las pintas en la cabeza, ya por consumar la noche en compañía de todos, en especial de la querida de turno, esa que nos obligaba a mandar al carajo la responsabilidad para consagrarle la noche, así fuera bailando en la oscuridad y guiado por el mareo y la falta de voluntad. Varías veces sufrimos el trasnocho de la fiesta, y nos volvíamos a casa con la esperanza de dormir unas horas no más, pues en la mañana habíamos de estar de vuelta en el hotel para la usual jornada. Pero esto importaba poco, por el sabor de las pintas y la añoranza de la piel con la querida; y de esta manera tomábamos el bus hacia el centro –cualquiera que nos acercara, bien el 88, del cual bajábamos en Piccadilly o un poco antes, en plena Regent Street- o simplemente caminábamos, y media hora después hacíamos nuestra entrada en la discoteca, Walkabout era su nombre, cuya oscuridad acercaba los pasos y facilitaba los besos, y muchas veces regresamos a casa con el sabor de la fiesta aún palpitante, mezclado con el licor y el tabaco, no ya repasando la noche sino vislumbrando las pocas horas que teníamos para dormir, apresurando con el ánimo la velocidad del bus nocturno, pues hacía mucho que los trenes dejaron de funcionar, hacía ya varias horas el último había partido y las estaciones permanecían cerradas. Y eran estos trayectos en las rutas nocturnas otras formas de entender la ciudad, pues en la noche se configuraban otras perspectivas –el verdor del Hyde Park había perecido y sólo se veía una sombra inmensa, detrás del Marble Arch que fulguraba solitario- y era otra ciudad la que transitábamos; recorríamos la soledad del centro a la luz de los faroles que aún la conservaban y las arquitecturas iluminadas, sólo algunas, de un púrpura o verde –cosa mística he sabido-, y más allá cuando comenzaban a desaparecer los mármoles de Oxford Street hasta culminar en Marble Arch, pues luego comenzaban a elevarse edificios de acero y vidrio u otras de postguerra, con anuncios coloridos de tiendas y licoreras, pero todo tan sosegado que daban la impresión de estar siendo perturbados por el pasar el bus, aunque éste era silencioso y un tanto solemne, muy discreto para ser tan voluminoso y vívido en sus colores.

   Era yo siempre el último en tomar mi ruta hacia casa, me cercioraba de que todos hubieran trepado en las suyas y luego me disponía yo a caminar hasta la estación por donde cruzaba aquel 98 nocturno, o el 18 también (que era el mismo que solía tomar durante mis primeros meses, aquella ruta que deseché luego por sus lentitud y monotonía; pero esta ruta, en su trayecto nocturno, era un bus tradicional de dos pisos); entonces pensaba que era de noche cuando se consagraba la ciudad a plenitud con su tradición, pues sólo la rondaban los negros cabs y los doble-pisos, y muy pocos particulares. Caminaba por la Oxford Street a solas, recomponiendo mi andar y mi traje, integrándome de nuevo conmigo mismo luego de los desvaríos del licor, y después de salir de la discoteca al aire libre, de internarme en aquel fantasma que me rodeaba y que se me presentaba nuevo e insospechado y terrible también, la ciudad, desprovista de sus galas y el bullicio y enmarcada en tonos sosegados y en silbidos de coches rápidos, adornada de puntos móviles que eran las gentes en su andar, e iluminados por los faros y las luces de los pocos coches que pasaban. Despedíamos las mujeres primero, juntas iban en la misma ruta, y luego a Manish o a Mishko, quienes tenían mucho camino por delante pero guardaban silencio, sólo por conmemorar la noche, aunque eso no siempre, era inevitable mencionar las horas que se tenían para dormir antes de levantarse para ir al hotel. Tiempo después llegaba mi ruta y me hacía un lugar en la planta de arriba, las más de las veces al frente para saborear esa otra ciudad que se me había presentado insospechadamente. Pero no tardaba ésta en arrullarme y pronto se desvanecía mi sentido del placer por los colores y las formas, y luego el conocimiento que aquellos me producían –siempre éste fundado en sensaciones nobles y altruistas, aunque falsas a veces, como aquella vez que despedí a Michaela luego de nuestro paseo al centro cuando, una vez ella estuvo dentro del bus y, para la memoria mía, visible desde aquel punto en la acera donde yo permanecía, la vi decir adiós y extrañarse de que alguien aguardara que desapareciera del todo para hacerla más solemne-; y era este conocimiento algo que partía desde afuera y que, luego de pasar a través del filtro de mi experiencia y concepción, lograba salir de nuevo de mí transformada, es decir, las cosas que me suscitaba la ciudad en su nuevo traje nocturno se asimilaban a mi sentir –cosa que tambaleaba las cosas que yo sabía con anterioridad, por tanto las transformaba- y, una vez entendidas, salían de mi ser como si fuesen fruto de mi íntima elaboración, y se manifestaban frente a mis ojos como cosa nueva, a veces una Regent Street ampliada por la falta de tráfico, más voluminosa por las luces que poco a poco se iban perdiendo a medida que escalaban los mármoles de las arquitecturas, y más larga y noble; o Piccadilly, cuando tenía su rato de reposo. Además, por las horas sosegadas y mis sensaciones altruistas, comenzaban éstas a proveerse de sus glorias –aquellas que les dieron nombre, como la Whitehall o la Plaza Trafalgar-, y eran más apreciadas por mi intelecto y sensibilidad, pues imaginaba que despertaban los dueños de las hazañas y se paseaban a la luz de la noche, quizá para sentir esa otra eternidad que es el silencio de los vivos, o por nostalgia tal vez.

   Ya a aquellas horas el bus era veloz, atravesaba la ciudad desde el centro hasta el noroeste, hasta Wembley. La ciudad sufría su trasformación, esa a la que me había habituado también luego de meses de concurrirla, después de los mármoles del centro llegaban los edificios de acero y vidrio y también los puentes –no aquellos que atraviesan el Támesis, sino otros que conectan vías dentro de la ciudad, esos que desdibujan la ciudad-, y finalmente las alturas decaían y sólo había edificios de postguerra, casas de plantas dobles de ladrillo rojo –aunque antes de éstas, por mi ruta a través de Maida Vale, se veían algunas construcciones georgianas, blancas, con pilares y pérgolas y balaustradas-, se veían más los parques en las glorietas –éstos sólo de adorno, nadie los disfrutaba en el verano como ocurría con el Regent´s Park o el Hyde Park, siempre atiborrado de gentes asoleándose- y las tiendas de comercio de materiales similares, con sus chimeneas inútiles y sus ventanales, los marcos y los jardincillos, a medio arreglar y olvidados; igualmente los pubs, como casas adaptadas, aunque con aquel característico encanto que tienen en la capital, con sus pérgolas floreadas y las letras en oro, los ventanales amplios y enmarcadas en madera.

  Luego llegaba a Wembley, descendía del bus en mi estación usual y sentía el frío de la noche, la ventisca helada golpeándome el pecho y sacudiendo mis cabellos; encendía un cigarrillo último y daba unas cuantas bocanadas –en el reino los cigarrillos duran menos, lo supe desde el primer día que estuve allí, todos se consumían sin apenas darse cuenta uno de ello- y al final lo tiraba al piso, antes de entrar al Lodge, el Bilsby Lodge donde me esperaba Blanca, mi madre, aunque ya dormida y sin la intranquilidad que le suele sucederle a las madres. Abría la pesada puerta de madera y entraba, el frío comenzaba entonces a desvanecerse y ya me daba yo por bien servido, cuatro de la madrugada, dos horas para dormir las más de las veces, me adentraba en mi cuarto, me desvestía, ponía la alarma y me echaba a dormir, y me embargaba el sueño.

   Aquella vez no había charla amena ni espíritus de farra ni desvelos amorosos, todos callaban o guardaban una solemnidad que sólo era posible atribuir a mi despedida próxima. Estaban allí las personas que más había querido, ora por amistad ora por atracción, en todo caso mis compañeros de trabajo y amigos, esos que ahora recuerdo con nostalgia pues juzgo el tiempo y la distancia como evento que sucede el olvido, y siento que ya ha mucho me han olvidado, sin ser ellos culpables pero llevándolo a cabo, aun sin percatarse de ello. Al final les hablé despacio, con solemnidad pero sin tristeza, pues lejos estaba yo de creer que era mi noche última en Londres, y que después de esa noche no habría más; entonces imaginaba yo que habría un tiempo donde estaríamos de nuevo bebiendo cerveza y charlando y entusiasmándonos con la farra próxima, y por supuesto que sin poder precisarlo.

   Algunas veces, antes de dormirme, encendía la lámpara en la mesita de noche y me ponía a leer. No mucho tiempo después soltaba el libro, tomaba mi libreta y comenzaba a escribir, bien una carta de amor a la querida de turno o bien el recuento del día en mi diario, un Moleskine grueso y fechado que aún conservo, pues guarda constancia día a día de mis últimos tres meses en la capital. Fue un ejercicio que adquirí después de meses de labores, pues al principio me era difícil quedarme despierto y también madrugar, ya que mi cuerpo no estaba habituado al trabajo. Muchas veces me dormía en el bus, y el cansancio hacía que la ruta de mi bus fuera más allá de Wembley y se internara en el norte, o que tomara un desvío y me llevara a una zona que se me hacía macabra, dándome pocas esperanzas de volver temprano a casa y dormir, o de hacerme merecedor a un regaño de parte de mi tía, quien me tenía como persona inteligente y de sentido común. De hecho nunca antes había trabajado, no había cumplido horarios ni tenido jefes, las veces que me despertaba temprano para asistir a un compromiso era en la universidad, y aun éste cumplido a regañadientes y con rebeldía, como sintiéndome humillado muy en el fondo de mí. Aquellas veces que me sentaba a leer o a escribir fueron síntomas de un acoplamiento, de una asimilación de mi nueva vida, con labores y responsabilidades, también con placeres y días de descanso; quiero decir que podía entonces aprovechar el tiempo, dedicar algunas horas para descubrir la ciudad después del trabajo o privarme de unas tantas de sueño para mis lecturas, y también para las mujeres. Sin embargo, durante los primeros meses me despertaba de súbito, sin el reposo o recuerdo de haber dormido, pareciéndome imposible el hecho de que fuera preciso y obligatorio levantarme para ir a trabajar. Me tomaba varios minutos de convencimiento, de discusión sobre los deberes que me harían ponerme de pie y caminar hacia la ducha. Mis argumentos podían variar de motivo, una resaca o rebeldía simplemente –aunque también había veces que me levantaba presto, animoso, con miras a una ventura que el día me señalaba, como una mujer o un viaje en tren a las afueras-, pero éstos casi siempre me planteaban mi obligación de ir a un hotel, mis obligaciones -pues, me había llegado a Inglaterra con contrato de trabajo y se me obligaba trabajar para tener el privilegio de estar allí- para que hicieran de mí un esclavo más, mientras en mi mente persistía una imagen de profunda y de altísima vanidad, creyéndome no ya súbdito extranjero de una dama en Buckingham sino noble legal y bien servido, que no tendría necesidad de un madrugón si no fuera para un objeto de placer sumo, un paseo a caballo o un viaje exótico –esos que, no pudiendo dormirse aquel por las ansias del viaje, impiden su sueño y le llenan el pecho de un afán por ver luz, para partir sin demora-. Algunas veces, más bien pocas, mi sensación de nobleza lograba trascender del imaginario y se tornaba en palpitar y emoción, al cruzar una vía amplia o un comercio donde yo lograba pasar desapercibido (y era que, siendo mi imagen imprecisa por sus tonos y facciones, podía pasar de hindú a español, también argentino o –sólo una vez- inglés, cosa que me llenaba de vanidad, pues nadie lograba dar, según mi acento y mis maneras, a ubicarme en mi país de nacimiento), siendo estas sensaciones una resultante del conocimiento que yo tenía de aquella vía que había estudiado en las guías (y también éste aprendido de mi estancia allí, de las historias de las que comenzaba a poblarse la ciudad) y mi percepción que luego, en aquel momento, tenía de ellas. Pero no era esto más que la nobleza estética que le produce al espíritu una ciudad milenaria, a la que uno comienza a comprender pues se muestra moldeable al propio temperamento; entonces siente uno que hace parte del conjunto, de las gentes y el entorno, pero más aún, se da la sensación de que tiene uno una perspectiva más amplia y privilegios, al estar uno enterado de la historia y el valor que el presente le otorgaba; también se pulía el ojo, quiero decir que captaba otras estéticas, cuando sabía de antemano que habría un día, al cabo de mi viaje, un día marcado desde antes de tomar el avión hacia el reino, en el que partiría y volvería a mi ciudad natal, y no vería más aquellas cosas que se me presentaban a la vista; así, consciente de mis días contados y henchido de nobleza estética, exprimía los ratos libres y los viajes, y durante los últimos meses madrugaba sin reproches y con ánimos salía de casa y cerraba la puerta detrás, dejándome golpear de la ventisca helada y apurando mis pasos para no llegar tarde a la estación, pues los buses, en la madrugada y en la noche, resultaban ser harto puntuales.

   Esa noche última tomé el tren para volver a casa, pues Blanca me esperaba para darme unos retoques en mi corte de cabello, queriendo que regresara a mi hogar con harto escrúpulo y pulcritud, síntoma de un mejoramiento en la casa que había habitado durante un año; también me esperaba para terminar de hacer mis maletas, las cuales me habían sacado varias rabietas durante la mañana, pues se excedían por mucho en su peso, y me obligaban a pagar un sobrecargo descomunal, tan llenas estaban de cosas que había acumulado a lo largo de mi estadía. Desde que llegué mis tíos me dijeron, No guarde muchas cosas, porque cuando vuelva no va a tener cupo en las maletas, y yo por supuesto no hacía caso, compraba libros y folletos y encendedores y objetos curiosos –un rompecabezas de diez mil fichas, con la imagen de la torre de Babel, de Brueghel, otro de la estación de Waterloo, también una alcancía del servicio postal y afiches de la ciudad-, todo ello haciéndoseme imprescindible con los días, obligándome a hacerles un espacio en mis maletas para llevarlas conmigo; tantas fueron las cosas acumuladas, que tuve que hacer cinco paquetes aparte para enviarlas a mi país, en barco: fueron cinco cajas llenas de libros, depositadas en la Post Office, que zarparon de Portsmouth días después y llegaron a salvo a la puerta de mi casa, una a una a lo largo de seis meses, trayendo consigo mi alegría y mi reposo, pues estaban allí los libros que había yo comprado en Inglaterra, la mayoría de ellos en tiendas de caridad a precios risibles, pero en todo caso irremplazables.

   Aquella última vez a lo largo de la Metropolitan Line, hacia el noroeste, recordé las veces que había usado el tren para salir de Londres, cuando visité Oxford y Bath, también Cardiff y Canterbury, recorridos veloces que atravesaban la ciudad hacia puntos que yo imaginaba insospechados, pues desde que daba uno un paso en las estaciones de tren con rutas a las afueras de la ciudad, Paddington o Victoria, perdía uno el sentido de orientación, overwhelmed por los amplios espacios y el techo alto, como en arcos paralelos; y comenzaban los recorridos a difuminar la ciudad en un contorno de casas de suburbios e infraestructuras de industria, ya muy lejos de los mármoles y los arabescos, las cúpulas y los faroles de las avenidas del centro. Trataba uno de ubicar la ciudad desde las vías de los ríeles -de la misma manera como si fueran éstos las líneas de un mapa que sostenemos entre las manos mientras caminamos por una u otra calle, sin fijarnos en las cosas que hay alrededor nuestro y que en el papel son sólo cuadros y triángulos monocolores-, sobre todo cuando, en el centro, atravesaba el tren por debajo de la tierra e imaginaba uno las cosas encima, la Oxford Street, Hyde Park, mientras la oscuridad era casi total por fuera de los ventanales del vagón y sólo era posible observar cables y rastros de excavadoras a la luz un foco imprevisto, y era mayor el sentido que se tenía del momento según el traqueteo constante y el reflejo de las ventanas, dando la imagen de la vida dentro del vagón (las gentes en su espera), y cuando éste sonido menguaba sabía uno que se aproximaba a una estación, luego aparecía la luz y luego la plataforma y en ella las gentes, acercándose lentamente para ingresar al tren. Y era este sonido de ríeles, dentro de los túneles del Underground, similar a aquellos que, fuera de Londres, se escuchan al atravesar un túnel para evadir un lago o una montaña –hay uno largo a medio camino entre Londres y Cardiff-, mientras que el resto del viaje sucede con ese traqueteo como un arrullo para quien va dentro del vagón, cómodo en sus cojines y mirando el paisaje sucederse tras los cristales (a veces el traqueteo también al ritmo del moverse del tren, una sacudida súbita en una curva o la desaceleración al aproximarse a una estación de parada).

   Ese traqueteo lo escuchaba también desde mi cama, vagones atravesando los ríeles velozmente en la oscuridad y llegándose hasta el norte para guardarse hasta la madrugada siguiente. Permanecía a la espera de que cesara el ruido pero disfrutándolo mientras duraba, y era más bien un arrullo adicional que me permitía la ciudad, igual que el calor de edredón, la falta de zancudos y el silencio. Quizá escuché aquel sonido de trenes en movimiento la noche última, después de una anotación en mi libreta que terminaba con “Un adiós triste”, y de repensar mi destino mil veces –algunas veces pensé viajar a Edimburgo, con una maleta de mano y con la convicción de no volver jamás a América, de volverme prófugo de la ley al llegarse el término de mi visa- pero convencido de volver a mi patria, aun sabiendo que no habría de volver a Londres hasta muchos años después, quién sabe cuántos, ya ha pasado más de uno desde que volví y la extraño y aún no hay planes de regresar, de verla al menos brevemente y caminar por la Regent Street, sentarme en Trafalgar Square y de ver los girasoles, y luego subir por Charing Cross y beberme unas pintas en el Green Man de Marylebone Road, donde había bebido las pintas que ansío ahora con nostalgia. “Me levanté temprano, con el deseo firme de ver el centro de Londres por última vez, quién sabe por cuánto tiempo”, y más adelante había descrito mis pasos finales, con la solemnidad del pasado al que es preciso hacerle frente pues es doloroso, “Tomé el tren, y bajé en Baker Street. Desde allí caminé a través de Marylebone Road, bajé por Great Portland Street, llegué al circus de Oxford y bajé por la Regents; atravesé Piccadilly, Leicester Square, hasta Trafalgar. Allí permanecí un rato largo, mirando y contemplando el atardecer londinense. Entré en la National Gallery, para el recuerdo. Luego me despedí de la Plaza, de Charing Cross, del centro, por los muchos meses agónicos sin ellos. Encontré varios compañeros en el Green Man, esperando por mí. Nos entramos al pub: Mischko, Basia, Manish y Marzena. Un adiós triste.”

 

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Y era el sueño el mecanismo con el cual retornaba, sin el esfuerzo de la inteligencia, a mis recuerdos, a mis temperamentos de aquellos días; y era también un punto de libertad absoluta, pero esto es muy vago, más aún que todo cuando hasta aquí he dicho, pero procuraré desarrollarlo y articularlo con las demás cosas más tangibles. Es muy fuerte el recuerdo de mis sueños durante las primeras semanas, a pesar de que dormía en la sala del flat, sobre una colchoneta y debajo de unas sábanas delgadas, pues desde mi llegada, a pesar de la lluvia constante a lo largo del viaje en coche hasta Wembley desde el aeropuerto, hacía un calor infrecuente en la capital –más aún, hubo verano hasta octubre, y sin las lluvias que caracterizan la ciudad desde tiempos inmemoriales- tanto, que amanecía sudoroso, con deseos de levantarme al balcón para refrescarme con la brisa. (Mis sueños eran nítidos y llenos de elaboraciones oníricas que me daban mil colores de un futuro que aún no precisaba, pero en el cual había espacio para todas las posibilidades, las pensables, las que, sin yo saberlo, buscaba mi inteligencia según mis lecturas y mi conocimiento sobre el mundo y el arte; también las que mi espíritu tenía y ansiaba, por el deseo de ver cumplido ciertos deseos de mi adolescencia)

 

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Junio 2 de 2008

La nota del día siguiente en mi libreta de apuntes es un recorrido veloz por aquel 27 de abril de 2007, desde la madrugada lluviosa, la despedida en el aeropuerto, mi llegada a Bogotá y luego a casa, hasta el encuentro con mis padres y amigos, hasta el “… y no supe cómo llegué a casa” luego de la farra a la que fui arrastrado como bienvenida, luego de quince horas de aviones y aeropuertos. Me parecía, aquella noche mientras veía los rostros de mis amigos, con el licor en mi mano y a la vez surtiendo su efecto en mi cuerpo, digo, increíble el hecho de haber estado aún en Londres esa misma mañana, de haberla visto ese mismo 27 de abril y de recordarla, y aún así sabiéndola tan lejos en el espacio, sin añoranza. Los días que siguieron a mi llegada fueron de reconocimiento, pero Londres no era al parecer una necesidad, no la extrañaba. Muchos meses después, luego de sufrimientos inasibles, supe que Londres me hacía falta. Antes de volver a mi país sabía que escribiría una crónica larga sobre mi año allí, pues me había habituado a escribir algunas para mi padre y un amigo, también para algunos interlocutores improvisados; éstas mejoraron a medida que transcurría el tiempo, a medida que se afianzaba mi criterio y se configuraba mi espíritu; pero aquella otra, la final, la que abarcaría todo, sabía que la escribiría tiempo después de haber vuelto, sin estar allí y añorándola, la ciudad, más bien recordándola que describiéndola, entonces es esta una descripción de una ciudad cuyos eventos están ahora ligados a mí, a mi concepción del mundo y mi temperamento; quiero decir que no es esta una crónica como tal, sino la aproximación a la memoria de mis días pasados, de los “fragmentos de vidas pasadas que recordamos gracias a una tragedia de la memoria”, como había escrito días antes de volver en mi penúltima crónica (la última la escribí en el aeropuerto de Heatrow, antes de tomar el vuelo hacia Madrid). Y esta aproximación habrá de contener tanto mis notas de viajero, mis diarios, mis investigaciones sobre la ciudad, los retratos, notas, descripciones, como mis imaginaciones, todas ellas fruto de la sensibilidad y la elaboración artística.

                                        

3 de junio

La nota del 26 de abril de 2007 resume el día de la caminata larga y final por el centro, el encuentro en el pub con mis amigos y el viaje último hasta casa a través de la Metropolitan Line. La anterior, el 25, describe mi último día de trabajo, las lisonjas con las compañeras; el viaje a Hammersmith para encontrarme con Marina en aquel pub dentro del centro comercial, The Trout, donde bebimos una pinta última y donde nos despedimos, pues ella me acompañaría a la estación de trenes, hasta mi plataforma, para darnos un adiós breve; luego volví a casa y tuve un final de tarde usual, tal como habían sido la mayoría de ellas durante un año largo: cena en casa con Blanca y Álvaro y un rato frente al televisor.

El 24 de abril habla de un día de trabajo en el cual me despedí de Asha, pero no recuerdo su rostro. Dice mi diario que durante aquel día trabajé sosegadamente, saliendo del hotel a hurtadillas para tomar el té y fumar bajo la luz de la luna, frente a aquella avenida arbolada que conecta la Highway de Notting Hill hasta la glorieta antes de Shepherd´s Bush; era una calle doble, siempre salpicada por hojas amarillas, que caían de los árboles que sobresalen del pavimento y desde detrás de las rejas de las propiedades, casas de no más de tres pisos, algunas de ladrillo rojo y otras de blancura y estructura georgiana –como aquellas que, en la Marylebone Road, frente al Regents Park, se dice que pertenecían en el siglo XIX a los médicos, aún ahora creo, y que poseen una disposición clásica-. Esta calle, más allá de Notting Hill, se tornaba más densa en flora llegando a Holland Park, y parecía entonces que, trepando la inclinación y perdiéndose entre matorrales y árboles frondosos, hubiera una cierta fantasía única, que no era posible ver en otro lugar de Londres. Aquella vía la visité en mis primeras semanas, sin imaginarme que luego la frecuentaría a diario, al ubicarme en el Hilton de aquella zona para concluir mi contrato laboral; la visité para encontrarme con Valeria, una amiga de mi adolescencia que había viajado a Europa con deseos de una nueva vida, y quien había contraído matrimonio con un mejicano algunos meses antes. En aquella ocasión caminamos por la acera en dirección a Shepherd´s Bush, un parque bordeado por árboles y calles y rodeado de comercio y bullicio, para encontrarnos con su marido, quien esperaba por nosotros en un pub irlandés. Conversamos mucho aquel día, y yo aún flotaba por las aceras, como no creyéndome aquello. Pasamos la tarde conversando, al llegarse la noche comimos en un pub que servía platos mejicanos, y luego me acompañaron a la estación de trenes para regresar a casa. A Valeria la volví a ver muchos meses después, dos semanas antes de viajar a mi país.

   El último mes lo trabajé en un Hilton, el Kensington, aunque más bien retirado de la preciosa zona que lleva ese nombre; ya no trabajaba más en el White House cerca del Regents Park, pues me habían echado de allí bajo el delito de robo; y era que, en mi casillero, encontraron algunas botellas de vino que me habían regalado en mi cumpleaños algunos compañeros del hotel, y que resultaron ser robadas de allí, y por tanto me inculpaban. Pasé unos días sin trabajar, pero mi tía, siempre desvelándose por mi buen nombre, me ubicó en otro, en el mismo cargo miserable, para dar fin a mi contrato y poder volver con decoro a mi país. Aquel mes me la pasé meditativo, con vistas en mi viaje. No era mentira que me la pasaba tomando té y fumando –de eso que los españoles llaman pitillos, que son tabaco que uno mismo enrolla, filtro incluido- si no en la sala de fumadores entonces afuera, cuando había buen sol o cuando había noche clara. Fumaba uno tras otro, y cuando me cansaba de ello me dirigía hacia los casilleros, me tiraba sobre una banca a leer y a esperar a que sonara el móvil, instrumento odioso que al sonar me significaba una labor por hacer: el cliente de la habitación tal quiere esto o aquello, el de la número tal quiero esotro y lo de más allá, o asegúrate de tal y pascual, y rápido. Entonces me ponía de pié, tiraba el libro dentro del casillero, aseguraba mi tabaco y mi encendedor en mi bolsillo, me lanzaba una mirada salaz a través del espejo y echaba a andar, para no desairar a mi jefe nocturna. Prefería aquel turno al de la mañana, puesto que no hacía mucho, que es lo mismo que decir que no hacía nada. El turno de la mañana era muy movido y siempre había jefes pendientes de lo que uno hiciera o dejara de hacer, muy al contrario del turno de la noche, en el cual me paseaba por el hotel comiendo biscochos de los trolleys de las niñas que limpiaban las habitaciones, o esculcando en ellos por si encontraba un lapicero de mi agrado, o chocolates o alguna revista. Aunque aquellas niñas estaban en los turnos de la mañana y podía coquetear con todas ellas, prefería la noche, en su soledad. Me gustaba mirar por los altos ventanales, pues la perspectiva de la ciudad desde las alturas siempre fue de una seducción inevitable: la avenida de árboles y buses, la glorieta, Shepherd´s Bush más atrás, casi invisible, y los tejados de las casas sobreponiéndose hasta perderse en la bruma y la oscuridad. Me gustaba permanecer toda la noche sin compañía, cantando quedamente entre bocanadas, respirando el aroma del té, siempre observando las gentes dentro de los autobuses, a la espera de aquella rubia que sería mi desvelo y la dueña de mis pensamientos. Mi último día de trabajo fue un turno de los de la mañana, entonces pude despedirme de muchas, Silvia, aquella Asha que no recuerdo, otra Agnieska que también me olvidó, y otras tantas que suspiraron por mí cuando les decía gallardías en idiomas eslavos.  

   Son ratos de nostalgia los que vive uno las más de las veces cuando escucha el nombre de la querida, o cuando es uno quien lo pronuncia, entonces el rito primigenio y mágico toma lugar y la mente comienza a elaborar imágenes, no ya recuerdos sino un trabajo posterior a éste, pues lo que ha venido después inevitablemente lo reconstruye, lo dibuja no con los colores que posee en la realidad sino que lo matiza, toma un cierto pincel que es el temperamento de quien recuerda, y los óleos son también elaboración del sentimiento, un tono rojizo para una noche de pintas, un amarillo para las conversaciones, un azul y un gris para las caminatas; toda aquella paleta es preciso determinarla, aun cuando ésta sirve al artista sólo para saciar su capricho. Los tintes de una avenida –aquella de Notting Hill opacada por las hojas y los ramajes encorvados, como un túnel fantástico, o esa otra que más resonancia posee en mí, la Regent Street, larga y amplia como la soñó Wren luego de la Gran Quema, con aquella curva que desvía los sentidos y reafirma los contornos, al abrirse Piccadilly Circus- no sólo cambian con las estaciones sino que, lejos en el tiempo y en el espacio, cobran una visión general, como si fueran vistas desde la altura, entonces no parecen un trabajo de detalle como lo haría Canaletto sino como lo haría Turner o un impresionista. (Recuerdo un paseo por los ámbitos de la Galería Nacional, donde, luego de haber observado detenidamente a Rubens, lienzo por lienzo, caminaba sin rumbo, sólo por el placer de pasearme entre marcos gloriosos, hasta que una vista a la orilla del Támesis me obligó a detenerme, como reconociendo un paseo que se me hacía propio, es decir, una vista de la ciudad que me había deparado una tarde ociosa; y acercándome a ella distinguí un contorno de arquitecturas de la ribera norte, del cual sobresalía una cúpula (la St. Paul´s), el río en su tráfico de velas y olas, las orillas y los puentes, todo ello fijo para la eternidad, detallado y dispuesto tal como los ojos de aquel italiano lo habían visto). Lejos en el tiempo y en el espacio aquellas vistas de la ciudad no son cuadros detallados, no son fotografías; son más como aquel cuadro de Monet, a las orillas del río, desde la ribera norte y en un primer plano frente a las Casas del Parlamento, la Torre Victoria y la incertidumbre del Támesis. Son pinceladas gruesas que a cierta distancia del lienzo parecen flores y muy de cerca son sólo trazos coloridos en muchas direcciones. O como aquella vista del Támesis que pintó Turner, donde sólo hay velas, un oleaje y una luz poderosa donde se sumerge todo el cuadro, donde cada detalle se comprende desde el conjunto y no por existir en sí; sabe uno que hay un bajel y un mar, y la luz, pero toda esa realidad nueva es fruto de colores y fuerzas que sólo es posible percibir; tal vez Turner sospechaba que tal o cual efecto podía lograrse por medio de una u otra técnica, pero el sentimiento que aquel paraje marítimo le evocaba era superior a él, y por tanto sus intentos iban guiados más por su temperamento, por su sensibilidad, que por sus conocimientos; sabía que la luz posibilitaba las formas y los colores, pero era ella misma quien generaba la atmósfera poderosa que envolvía los espacios y le daba fin a su arrebato; todo un ejercicio de pinceladas frente a un paraje que lo conmovía.

   También las fotografías fijaron momentos que yo consideré debían ser recordados, pero muchas de ellas, aunque las ubico en un momento preciso (una caminata, una fiesta) no logran llevarme al tiempo en que por allí estuve, ni mucho menos las pasiones que me envolvían en el momento en que las tomé. Algunas, como aquella en Edware Road antes de comenzar la Marylebone –donde hay otro Green Man-, poseen un cierto encanto por sí solas pues están desprovistas del recuerdo pero logran un evento de composición; la tomé desde el segundo piso del bus, en medio de una lluvia que llenó el ventanal de gotas, diluyendo la imagen en frente mío como una acuarela irregular; hubo otra que recuerdo de mi paseo con Marina en Greenwich, a donde nos llegamos en barco a través del Támesis; en ella estoy junto a la estatua de un Nelson Trafalgar con pose gallarda, imitando con precisión sus ademanes, ya que se me había hecho grato verlo accesible, siendo su estatua más memorable la que había en el square que lleva su nombre, inalcanzable en la altura de la torre. Las fotos que recuerdo con mayor precisión, y que poseen el peso del recuerdo, son aquellas en las que estoy acompañado por amigos o familiares. Fiestas en casa, en el pub o en la discoteca. Sin embargo éstas no las considero tan valiosas para mi trabajo investigativo de la ciudad, pues están condenadas por la precisión de un momento que tuvo valor para mí mas no para el resto de la humanidad. Quiero decir que tomaba la mayoría de las fotografías sin estar yo incluido, de modo que el paisaje tuviese un valor propio y más bien nostálgico; parece tal vez una incongruencia eso de querer dar fe de una memoria pasada sin incluir los recuerdos que envolvían una fotografía, pero ello tiene su justificación desde mi idea de arte, de manera que quien contemple tal o cual fotografía que yo tomé identifique detrás de ella a un hombre nostálgico de los tiempos pasados, que se ha valido de una instantánea para capturar un momento de bellas proporciones, avenidas, ciertos monumentos, perspectivas que me conmovieron; y si está exento el recuerdo es acto voluntario, pues quien la observe debe, como es el ideal de arte, sentir aquella nostalgia que me llevó a tomar la foto, según la proposición de sus elementos. Podría valerme de las fotografías para elaborar el recuerdo, pero esto es tarea descriptiva, de carpintero. Así que las observo de nuevo para excitar una pasión pasada, para recrear en mí las sensaciones que me llevaron a tomarla, y con ello elaborar mi recuerdo, siempre de la mano de la concepción que ahora tengo de ello, según mi recuerdo de los tiempos pasados. Esto presupone evitar los hechos, siempre fáciles de narrar, para cavar más hondo en mi espíritu y sacar de allí la verdadera esencia del recuerdo: varias caminatas a través de la City me llevaron a través de calles que aún hoy recuerdo, pero que son como eventos pasados que se graban en la mente, como un rostro que se repite o una vía ya transitada; no son las calles pobladas de eventos que se sucedieron allí, por donde transitan los fantasmas de nuestro pensamiento, de manera que aquellas que más valor poseen son aquellas que más transité, en distintas y variadas situaciones, con matices distintos y estados de conciencia dispares: la Regent Street, cuando caminaba de noche, luego de la farra; o esa otra vez, de la mano de mi querida; o aquella otra, la última, ciego de lágrimas; y la primera, llenándome el espíritu de climas nuevos, siendo más que mi imaginación y mucho más que cuanto yo recordaba o creía, o cuanto yo podía llegar a ser.

   ¡Tantos olores perdidos! ¡Tantas caricias olvidadas! De cuando en cuando, por un accidente impensado, se retorna el pensamiento a un gesto que había permanecido guardado y que resucita debido a aquello que he llamado “la tragedia de la memoria”, entonces cobra movimiento todo un sistema de engranajes metafísicos, que reelaboran poco a poco una vivencia entera, y luego se da cuenta uno que hubo algo que sucedió y llegan la nostalgia, el dolor de los tiempo pasados –que uno cree en su mayoría felices- y es allí donde comienza la búsqueda del espíritu, desde allí es preciso cavar hondo para encontrar las esencias, pues allí reposan los cristales que atraviesan la luz de la vida, impregnándolas de una sustancia que pervive a lo largo de todos los días, definiendo los que vienen después de que el cristal fue empapado y sin darse uno cuenta las más de las veces.

   Pero todo ello es vago, y por tanto las cartas, las fotografías y las crónicas de las caminatas poseen sólo una capa superficial del recuerdo, bajo la cual hay un mar inasible, como aquellos lagos que habitan debajo de los Cárpatos, que se forman por ranuras pequeñas por donde se cuelan hilos de agua, formando corrientes y estanque inmensos. Todo es una aproximación hacia algo, un recuerdo o un color. Todo debe replantearse de nuevo, el mundo debe construirse constantemente.

 

   Ahora recuerdo a Asha; fue mi última jefe y una de las más queridas. Era ella de Portugal y hablaba conmigo en castellano y en inglés; fue ella quien me dijo, al despedirse de mí una polaca rubia y delgada de nombre Silvia, que yo, al parecer, tenía éxito con las mujeres, a lo cual repliqué “I don´t deny myself some loving”, y luego se rió.

   El día anterior a aquella despedida había estado en el centro, dando un paseo por la plaza. Me había levantado temprano y luego de desayunar tomé la ruta de bus que cruzaba Edware Road –no estoy seguro si a través de Kilburn o de Kensal Rise y Maida Vale-; allí había un mercado todos los días, de frutas y cachivaches, un mercado no tan prestigioso como el de Wembley o el de Portobello; buscaba una tienda de aquellas que existen en todos los países, donde se exhiben cosas al mínimo precio, en este caso una Poundstore; quería comprar unos anteojos para mi padre, esos de lente delgado y prescripción estándar, para leer. Siempre que alguna de mis tías, Blanca o Marina, viajan a su país natal, traen consigo lentes de estos para mi padre (tiene ya una docena de ellos, y prefiere repararlos él mismo que usar un par nuevo); así que parecía un ritual consagrado así tuviera ya muchos pares de sobra para esta y otra vida de precariedad visual, de manera que caminé a través del mercado, pisando deshechos de verduras y de restos de cajas, hasta dar con la tienda indicada, donde encontré los lentes. Luego, según mi apunte de aquel 23 de abril, volví a tomar el bus para llegarme hasta Oxford Street, me imagino que hasta el circus, luego de atravesar la Edware Road hasta Marble Arch, y de allí, entre el tráfico y el movimiento de la Oxford, hasta desembarcar, y de allí a lo largo de la Regent Street, y después hasta la plaza Trafalgar. Caminé también a través de la Whitehall, pues a dos pasos de la abadía había una tienda de fotos, pues quería imprimir algunas para llevármelas y también para regalar algunas, pues todas ellas las tenía en formato digital. Regresé a la plaza, donde habían instalado una pantalla gigante para el regocijo de las gentes, y pasaban algunas cintas del archivo del museo visual. Pasé allí el resto de tarde, sentado en los escalones frente a la pantalla, hasta que di por terminado mi ocio y me eché a andar entre las galerías de arte –vi de nuevo los girasoles-, y luego me volví a casa.

 

   Recuerda uno Londres y pronto se acerca la emoción, pero ésta desde el sonido de otras vocales, no ya el conocimiento por un nombre sino la continuidad de los ritmos de la voz, una música inglesa que fue primero Londinum inglesa, alargada y resonante

August 15

When I walk trough the lands of Middlesex, where Wembley lies, I find a name of one of the streets that recalls me the time, a couple of centuries ago, when the people of England saw for the first time the Second Clock or Big Ben. By it’s name of secret music I can easily imagine the colours of it’s surroundings and the reach of it’s sight, so far from the city but so near to the clouds, a place of a keen smell of grass and quiet sounds of water. Maybe in another time the Englishmen could see the tower with the clock -elevating itself from the misty ground to the uneasy haze-, while chilling out over the rocks that I imagine stand along a shallowed river and among the pale bushes of a virgin land, and wondering about the mystery of that new tower with a clock on the head; just a dozen brick houses with it’s burning chimneys surround the rest of the environment, so as to show a painting of a long-a-go place. And the entire picture belongs to the first town-people of Wembley. But it is no more a plain of grass and bushes, nor the site of a flowing river; maybe in another time it was just the Wellspring Crescent I cross when I take the train, the Wellspring Crescent I know -between small buildings of apartments and rubbish bins-, only a dusty street that leaded to the City of London, a path of lonely memories that everybody sees but only I know.

There is another place without name that stands between three roads in the middle of the city and shows a picture of the eternity itself. It is a triangle, like a pedestrian step to cross the streets, that’s stuck among the red buses and cabs and people -the movement of the dead-, and has no special importance but a sight through the street in front. To my right and left is Oxford Street; behind me are the lights of Piccadilly Circus. With his sword trusted in his own altar and his missing hand behind the cap, the General Nelson Trafalgar stands backwards with his eyes striking north, lonely among the greyish clouds that are the sky of his own warlike glory. In front of him, a little bit further from my eyes, rises the uppermost tower of the Houses of Parliament, always misty because of the broad river next to it, adorned by the last leaves of the trees that couldn’t reach it’s height. Crowd and noisy traffic spread all over the paint, moving at London’s own musical rhythm, the shapeless mass immersed in a never ending dance, unaware of the short moment that are their lives while crossing through a place that’s been the same through the ages of men -his state of existence-, the London of the builders of the Houses of Parliament, or that one defended by the army of the lonesome General without hand.

I walk further, wandering alone, while asking myself about the bridge I’m up to cross. Where’s Arthur and His Noble Knights? Where are the city walls of his Empire? And thou arst dead as young and fair! Where leads the bridge in front? South or West I cannot tell. There lies the Cathedral, not so far away. A step inside and feel the river underneath flowing incessantly, carrying the boats and slashing the city in two parts. A metallic label describes me the sight in front, as to say I cannot do it by myself; how can a man, just a man, tell what he sees if he’s crushed suddenly by the meanings of his life? How come that the sight in front reveals him the place he’s been looking for during his dreams at night and his walks alone? The picture of the city from inside, but also from the outside. The spot in the middle of the bridge shows him a city all abroad it’s extension, with it’s chimneys and towers and marbles, it’s trees and roads; it shows the Houses of Parliament and the Westminster Abbey, the London’s Eyes and the Cathedral; it not also shows him the City crossed by it’s river but the feeling he was looking for when he came to the place of the Noble Knights. Cloudy sky pierced by shy sunshine lines. The wind blows, and it’s cold. There’s now a tourist boat moving slowly, passing by without being noticed by the mysteries under the river. What’s in the end of the bridge? A place I didn’t met before, did I, Morpheus? Stepping trough the valley of life with London surrounding me, walking south to nowhere, I find a place of no uncommon order, never a site nobody’s been before nor the paths of my own dreams; from the outside I see dark windows, tables and seats, a golden shield with a name on it. For the very wise cannot see all ends… It’s a pub.

En Londres se acostumbra uno a las caminatas largas y a los cigarrillos cortos; a las avenidas anchas y a los callejones angostos; también a los cafés pequeños y a las cervezas grandes (pero nunca al té de las seis). También se acostumbra uno al ritmo presuroso de las gentes y quizás también a la terrible precisión de su movimiento, pero no se acostumbra uno nunca a la engañosa quietud del Támesis.

Los puentes lo cruzan muy por encima de su caudal, como previendo su veleidad oculta. Las murallas lo ciegan para evitar su furia, para no intervenir en su flujo, pero elevan arquitecturas y traman vistas lúgubres a lo largo de sus riberas; su misterio anima a que alcen edificios de ventanales y acero -de modernas texturas- y conserven pulcras las de mármol de otrora, sin lograr con ventura su revelación. Tiene tanto de océano como de quebrada, los barcos pesados de guerra lo navegan al igual que los botes de madera (y en él atracan) con el mismo temor con el que lo cruzaban los galeones de los tiempos de Sir Walter Raleigh, y su efluvio ondea alevoso para quien lo mira desde la costa, esbozando de un trazo rápido la extensión de la ciudad.

- Half pint, please. Stella. Cheers.

- One pound fourty eight.

- Lovely.

En la esquina de la calle Wellington, en el Pub que lleva el mismo nombre, sentado en una de las mesas de afuera y observando el cruce de calles, decidía sobre el futuro de mi itinerario. Media Stella y un Corona entre los dedos, un mapa arrugado sobre la mesa, y encima el encendedor metálico para evitar que el viento septembrino se lo llevara a volar. Ya Charing Cross había quedado atrás, ya atrás había quedado la busqueda del número 84, y más atrás aún la estación de Tottenham Court Road de donde había desembarcado. La tentación de ver el río marcaba mi ruta, pero el ansia de ver la Catedral de San Pablo desviaba mi intención. De todas las impresiones que había tenido hasta ese punto, la más concreta -la única- era el trazo de mi lapicero sobre el mapa, dibujando la ruta que había tomado desde que bajé del bus hasta el punto exacto del Pub, frente al puente de Waterloo en un cruce de varias calles harto transitadas; éste me recordaba unas pocas imágenes que se me grabaron durante el recorrido: una rubia en Oxford Circus, dos patrullas de policía en contravía, un clima de verano para una tarde de otoño presagiando un invierno implacable. Durante el trayecto en bus vi un par de polacos con los párpados medio caídos que se tambaleaban para bajar las escaleras del segundo piso; tenía cada uno una lata de cerveza en la mano, bien agarrada, y una cara de alegre trasnocho que daban la impresión de tener pocos deseos de volver a casa a dormir. Había también unos tres franceses sentados adelante discutiendo animosamente un asunto que yo no lograba entender -no hablo francés- y aun a medio escuchar porque llevaba los audífonos puestos.

Luego de bajar del bus di varios pasos errados entre la multitud, tratando de ubicar mi ruta hacia Charing Cross. Ubicar el número 84 era una cuestión de prioridad, así que caminé con despacio a través de la vía arbolada y atiborrada de avisos y tiendas. Mi guía era el dificio altísimo de ventanas azuladas y la inclinación leve de la calle que lleva al río. Los números aparecían en lugares inciertos y a intervalos irregulares, así que iba casi a tientas esperando encontrar, en el mejor de los casos, una librería de viejos o una tabacalera de tradición. Mi decepción fue instantánea al descubrir el 82 justo al lado de un Pizza Hut, en la esquina que daba a la glorieta de Cambridge Circus. Tomé una fotografía para testimoniar mi desamparo, y continué.

A través de Charing Cross se abren callejones inesperados que trazan rutas misteriosas. Aparecen de pronto entre acera y calle, tan angostos, invitándome a desviar mi curso en dirección desconocida abandonando la ruta hacia Trafalgar Square. El paisaje en el que desemboca la plaza – la estatua del general que mira hacia su tumba- me sugería una ruta que ya conocía, así que, sin detenerme, me dejé invadir de curiosidad y me adentré con pasos lentos, como si lo hubiera visitado durante años. El callejón cruzaba a través de faroles y pérgolas floreadas, con uno que otro cartel colgado encima de las puertas de los locales y restaurantes donde conversaban gentes animosas, y terminaba en recodos que se elevaban y descendían, entre edificios altos, abriendo el Mercado de Covent Garden. Me paseé sin prisa esquivando el sol, sin detenerme a mirar los restaurantes atiborrados de gente, los bares y los locales de ropa. A estas alturas de Septiembre la gente continúa vistiendo telas finas y colores vivos; hace un año, por esta misma fecha, se paseaban con guantes de cuero y gabardina. Covent Garden Market suele ser un destino muy visitado tanto por el turista como por el londinense que gusta de la bulla y el sol. Es una piazza abierta en cuyo centro hay un mercado de pocas paredes y muchas columnas y arcos. La historia la ubica en una época de berlinas y bandoleros. Las afueras de Londres solían ser transitadas con cuidado frente al peligro de los dandy highwaymen, héroes de la lisonja y el trabuco. Sorprendían los carruajes con pistola en mano y obligaban a sus ocupantes a entregar los bienes. Aquellos bardos de espuelas de plata merodeaban las áreas desoladas lejos de la ciudad, y eran buscados por la justicia. Permanecían en lugares ocultos donde habitaba el Whisky y la baraja. Claude Du Vall, capturado en la taberna The Hole-in-the-Wall -hoy día el Marquis of Granby-, fue en aquellos días el hombre más buscado en Inglaterra, en más de una manera. Damas adineradas salían en busca de sus aposentos debido al suspenso que les provocaba. Du Vall fue ejecutado en 1670 a la edad de 27 años; su epitafio en St Paul´s Church en Covent Garden dice lacónicamente: Here lies Du Vall. Reader: if male thou art, look to thy purse. If female, to thy heart.

El 2 de Septiembre de 1666 un fuego se desató en una postrería de Pudding Lane. Al principio fue nominado como un fuego local y el Señor Alcalde mismo lo descartó como algo que “una mujer hubiera estropeado”, antes de irse a la cama. Pero el calor y el viento de aquel verano seco elevaron las llamas y pronto el fuego estuvo fuera de control. Samuel Pepys, quien observaba el fuego desde la cumbre de All Harrows-by-the-Tower, dio cuenta de la conflagración en su diario, proclamándola como “the saddest sight of desolation”, estando temeroso de permanecer allí por más tiempo. Cuando el fuego pudo ser controlado cuatro días después, el 80% de Londres yacía chamuscado sobre el suelo. A pesar del alto daño a propiedades -88 catedrales 13.000 casas- sólo ocho personas murieron en el incendio. Se le llamó la Gran Quema, y muy a pesar de haber arrasado con el Londres de Tudor y los Jacobinos, el fuego tuvo dos beneficios duraderos: la Gran Plaga que había matado 100.000 londinenses había sido erradicada, y le dio la oportunidad a Sir Christophen Wren de rediseñar una ciudad moderna. En 1710 la presente Catedral de San Pablo, pieza maestra de Wren, abrió sus puertas como “the moment of crowning” de la Gran Reconstrucción. Los restos de Wren subyacen en el pabellón de los héroes, al que se llega a través del Milennium Bridge, que simboliza la división norte y sur en el terraplén del Támesis. Una fuente con una estatua enhiesta guardada por cuatro doncellas, en su cúpula la cruz de los caballeros del Norte y en la pérgola un hombre de barba largas con una espada, iluminando un campo en lid que deja ver al fondo una ciudad amurallada. Resulta imposible observarla toda, abarcarla con la mirada, sólo es posible reconstruirla según los retazos de cortas perspectivas, de acercamientos, o de vistas lejanas desde las calles que se cruzan a su paso. Viéndola desde lejos, ya con el pecho guiándome hacia la ribera, vi la cúpula mayor y el hombre sobre la pérgola, y tuve la sensación de estar dejando atrás un vórtice con forma de catedral, cuyo extremo en el tiempo es la época de la primera coronación, hasta hoy cuando se reitera la historia de los Reyes del Imperio Británico.

Y ya fatigado por la turba y el traqueteo del tráfico, guié mis pasos hacia los puentes largos y los muelles de embarque. Comenzaban a aparecer lugares abiertos de regocijo y cafés, conglomerados de turistas guiados hacia el London Bridge y vistas extensas a través de calles entre los edificios, suscitándome vías hacia el corazón de la ciudad. Sin pensarlo atravesé las calles, ciego a otro propósito que no fuera el río. En una calle angosta, al recodo de una larga vía, los vientos del oleaje guiaron mis pies a la cercana orilla. Gente venía en dirección contraria llevando utilería en brazos, dándome la impresión de tener vía cerrada al frente. Atravesé la calle angosta, esquivando las gentes, y vi al fondo, en la otra orilla, un edificio grande frente a un muelle donde atracaba un barco de guerra de enorme envergadura. Aquello sucedió antes de llegar al final de la calle, luego ésta se volvió balcón de orilla y el río se vio a lo ancho de mi vista, cruzado por puentes altos que entretejían su curso, hasta muy lejos perdiéndose entre las desiguales alturas de la ciudad. Permanecí quieto, con la vista fija en la fragata bélica. Temía ver más, pues conturbado estaba frente a la polifonía de la ciudad vista desde la orilla del río. Pero era inevitable, la mirada fue siguiendo el curso del Támesis, curiosa, hasta toparse con el puente de las dos torres, que en lengua inglesa llaman Tower Bridge. Yacía muy lejos, solitario. Una fotografía última, un cigarrillo y un instante de silencio antes de volver atrás. Caminé por la orilla, observando el flujo bajo los puentes, dándole nombre a las cosas que sentía, tratando de memorizar las imágenes que arrastraba el río, y más allá, las que se perdían en un horizonte de velas, muelles y oleajes. Sin buscarlo, sin que me diera cuenta, había dado con el término de mi caminata; me lo dijo el galeón atracado en la orilla del frente, con sus velas bajas y el drakkar agudo, la réplica del barco que zarpó en 1577 bajo el mando de Sir Francis Drake, navegante precoz y pirata. Con cinco pisos, un acabado negro con retoques dorados, cañones en borda y mástiles firmes elevados sobre la sombra de aquel inglés que viajó a la isla de Java. Lo miré de soslayo, como lo hubiera visto el grumete en la víspera de la partida hacia las Américas o hacia altamar, donde moraban los corsarios.

Antes del mediodía se puso los zapatos de cuero café y la bufanda a rayas, vistió su saco de paño fino y guardó los guantes en la solapa como si fuera una flor. Salío con un rubio en la boca, la frente en alto y cantando quedo un vallenato sin acordeón. Al terminar el cigarrillo se trepó en un bus, caminó hasta el segundo piso y se sentó en la banca primera frente al ventanal con vista mejor. Ante sus ojos pasaron las glorietas de Neasden, los mercados de frutas indianas de Willesden, algunos cafés en las esquinas de Kilburn y otras tantas avenidas georgianas en Maida Vale. Al llegar a la calle Edgware bajó del bus y comenzó a caminar hacia Oxford Street, donde había de encontrarse con un inglés y su esposa para pasar la tarde y beber el té. No estaba enterado aún de las calles que fueron cerradas, así que el tráfico de Edgware Road le hizo sospechar que algo sucedía esa tarde que no era normal; bajó entonces con la esperanza de ser más rápido que el bus y de llegar a tiempo para la cita del té. Al llegar a Marble Arch comprendió el tráfico: desde allí hasta el otro extremo de la calle, y desde Oxford Circus hasta Picaddilly Circus a través de Regent Street, las calles habían sido cerradas para las compras de navidad. Un mar de gente abarcaba el ancho y largo de la calle, y más allá, hasta donde la vista le alcanzaba, agolpados entre los edificios engalanados para la tarde navideña y los faroles cuyas luces se habían anticipado a la llegada de la noche. Caminó entre la multitud a paso rápido, apagó su música para escuchar las voces del tropel y dedicó su atención a las gentes, las mujeres que no había visto en tal cantidad y tal gallardía, el acento y vestimenta de quienes las acompañaban; escuchó los sonidos de un Oxford Street infrecuente, la banda de música que tocaba “Traurige Nacht” (la que él recordaba como “Noche de Paz”), los gigantes de piernas largas que repartían pasquines de felicidad y los entertainers de feria que atraían gente para enseñar algún truco viejo de magia habilidosa. Ella le había dicho que lo vería en Debenhams, en una de las entradas cercanas a la estación de Bone Street, así que se le vio acelerar el paso entre la multitud, esquivando miradas que lo habrían hecho demorar, y gentes; de cuando en cuando se empinaba para ubicar el edificio o la estación, y otras veces se detenía en seco, casi comprometido, para corresponder miradas que por gentileza debían ser correspondidas o para fijar en su cámara un ángulo que él parecía querer recordar. Pero no tardaba en deshacerse de los despistes del tropel, pues pensaba que nada era más ofensivo para un inglés que llegarle tarde a la cita. Y del té. Cuando vio el edificio alto de ventanales de luces y la estación en una de sus diagonales, se apartó del tumulto, se acercó a la entrada y menguó sus pasos, midiéndolos con más calma, acomodó la bufanda a rayas y ajustó el saco, como queriendo acentuar su llegada con la falta de prisa y la desidia de su mirada. Con un pasón de ojos se cercioró de las presencias humanas, y no hallando las suyas se detuvo, giró de frente al desfile y aguardó quieto con la cabeza levemente ladeada. Se le vió cruzar la calle y entrar a un Pub, los que repararon en él lo vieron subir las escalas que dan a los toilets, y no más de tres minutos después lo vieron salir, atravesar de nuevo la multitud hasta Debenhams y, según los hombres y mujeres que lo determinaron con más escrúpulo, tenía un escorzo más reposado. Se sorprendió de ver a Manuel entre la pareja cuando llegaron a saludarlo. Un beso en cada mejilla para Marina y un apretón de manos para Stephen, It´s a pleasure to see you, Mr Aldridge, qué hubo Manuelín, que cosa vos por estos lados, tan tarde y vos en el Centro. El inglés alabó su vestimenta y la calificó digna de una special ocassion mientras cruzaban las puertas de Debenhams. Cuando las cruzaron de nuevo al salir ya era de noche, las luces de Oxford Street iluminaban los rostros unánimes de la multitud y parecía que no había necesidad de música para la noche porque el viento silbaba, y su frescura animaba los músculos para caminar. Lo hicieron el uno al lado del otro, comentando el té y las ocasiones especiales. Luego de entrar habían recorrido los puestos de ropa, Marina se adelantaba como con cierto instinto de comprador veterado, rozaba suavemente las prendas y se detenía a ver sus precios, pero se deshacía de ellas con facilidad; Manuel miraba el color y el precio y calculaba cuántas podía comprar en el mercado de Wembley con ese mismo dinero; Stephen se detenía, se las ponía las más veces, las rebuscaba para medir su calidad y luego hacía un comentario sobre su precio: It´s a nonesense cuando era un peacot de varias cifras o Maybe it´s free, cuando no lo satisfacía su calidad. Cuando llegaron a la sección de perfumería probó varias, cogía los frascos y se rociaba sin escrúpulo: You don´t need to buy one, decía, Just take a bit before you go work and that´s it. Subieron las escaleras, mirando descuentos sin mucho detenimiento y luego buscaron un buen lugar para sentarse a tomar el té. Manuel y Marina se adelantaron a reservar una mesa luego de escoger sus postres y Stephen se quedó con el joven en la fila de pagar, con los pedidos de tortas y los pocillos del té. Stephen se apartaba a ratos de la fila, se acercaba a la despensa de leche y azúcar y volvía con algunas provisiones; miraba las bandejas y disponía cuidadosamente de los elementos, a un lado las servilletas y en otro la cucharilla; luego volvía a la despensa y se cargaba de más azúcar y más leche y más servilletas, y luego reoganizaba las bandejas, según un capricho que el joven no lograba descifrar. Al llegar a la caja pidió tres teteras y una Pepsi, además de dos recipientes con agua caliente que según él resultaba más económico porque se aprovechaba más el espacio de las teteras. Al llegar a la mesa tomaron sitio, distribuyeron los bienes y comentaron las características de un buen postre. Stephen procedía con paciencia suma, agregándole al pocillo una dosis de té, luego un tanto de leche y revolvía; añadía azúcar y revolvía, primero en círculos y luego clavando la cuchara hasta el fondo, rítmicamente; un poco más de té, un poco más de leche, un poco más de azúcar, y luego probaba. El joven parecía deseoso de imitarlo. Marina le cuestionaba su método y él replicaba, absorto en sus procedimientos, que había que ser inglés para entender sus métodos, discutió las mezclas adecuadas de leche y azúcar, comentó la necesidad de aquellos dos golpecillos con la cuchara y terminó diciendo, luego de una pausa, It does make sense. Al llegar a Oxford Circus notaron que las luces eran distintas en la Regent Street, ya no eran sólo alumbrados colgados en los postes sino redes de lucecillas entramadas de faro a faro que se repetían hasta perderse en el recodo que abre a Piccadilly Circus. Notaron también que el cruce del Circus estaba rodeado de policías de tránsito, unos de ellos desplazando a la multitud hacia las aceras (sin mucho éxito) y los otros avisando con voces de altoparlante que las calles serían abiertas de nuevo para el tráfico en los momentos próximos. Las gentes, sin embargo, persistían en caminar por la calle, y de igual manera caminaban los cuatro, con la conversación más menguada por las digestiones del té, inclinándose más hacia el centro de la calle que a la acera, para disfrutar más de las luces de Regent Street en aquella tarde de oscuridad anticipada. Un coche atravesó la calle, despacio, apartando la multitud, a manera de aviso; En Colombia el primer bus pasa sin avisar y mata catorce, dijo Manuel. Caminaron entre las luces de los locales, miraban sin ver los artículos de las tiendas detrás de las vitrinas, intercambiaban frases que se intarrumpían por las voces de otros peatones, equivaban tumultos y se esperaban en los cruces de calles. Una joven de saco a cuadros les ofreció chocolates que recibieron con agrado, les dijo que dentro de aquel local había champaña, por si gustaban. Marina y Stephen entraron, esperaron sus copas mirando la joyería exhibida mientras Manuel y joven observaban relojes a través del vidrio, actualizando su definición de algo “costoso”. Sin muestras de haber bebido champaña ambos salieron del local, repitiendo la excusa que les habían dado. Al pasar cerca de la joven de los chocolates, Stephen la informó sobre el resultado de su incursión a la joyería y ésta le respondió con un afectado really?, y ya alejándose le dijo a ella, thanks anyway, maybe next year. Más adelante el joven se sorprendió al ver una pompa de jabón flotando sobre la multitud. Escucharon una voz que se acercaba, una música que elevaba su volumen; sintieron ráfagas de luces blancas de muchas cámaras fotográficas en algún lugar detrás de ellos, y cuando ya la voz cantante se hizo muy próxima giraron, y vieron entrecortada la imagen de un coche de notable antigüedad que atravesaba la vía, despacio, con sólo un pasajero que sostenía un micrófono y sin más compañía que las pompas de jabón que arrojaba y que lo rodeaba. Cantaba una balada de amores tristes que suscitaban los focos de las cámaras y varios aplausos perdidos, y se alejó cruzando Piccadilly a través de una de sus calles, dejando una sensación de ingravidez a todos los que lo vieron pasar y un rastro de pompas que perduraron sobre la Regent Street. En la estación de bus se separaron, Take care Mr. Aldridge le dijo el joven y le dio un par de besos a Marina. En el tren conversó con Manuel sobre las propiedades del brandy y éste hizo énfasis en la necesidad de llevar una botella a casa. Su argumento era simple, No nos dejan entrar sin mostrar botella.

Caminé a paso lento sobre el asfalto húmedo de Marylebone, a la altuta del Albany Terrace con rumbo hacia Baker Street, disponiendo de una caída de tarde a solas para encontrarme con la ciudad. Sin embargo, antes de comenzar el paseo ya mi destino estaba proyectado, un edificio de ladrillo y adornos en adobes, donde asistiría a la magia de la música en un concierto de órgano del siglo dieciséis, en una de tantas aulas para recitales de aquella Real Academia de Música, cuya fachada había visto en incontables ocasiones desde el ventanal del bus. No me apresuré a acortar la acera, pues frente a mí se dibujaba un cuadro de luz de poniente sobre algunas puntas de edificios antiguos. Con aquella luz de poniente me fui acercando al lugar previsto, un tanto despistado por la ruta ya que muchas veces la había visto desde el bus, pero que pocas veces había transitado, y se me hacía más larga; pero tal situación no fue molesta en absoluto, pues poco afán tenía de llegar, por no apresurar mi tabaco y por quemar el tiempo, ya que la clase no sería hasta las seis. Cuando vislumbré la fachada me percaté de las tantas bicicletas recostadas en una baranda del andén, frente a la puerta de vidrio, y una que otra en uso y puesta en movimiento por algún personaje colorido, las más veces de cabellos rebeldes y con su instrumento colgado en la espalda. Al entrar me encontré con el grato aire acondicionado y frente a dos recepciones a ambos lados del pasillo, adornado todo por carteles y pasquines, en cuyos alrededores caminaba un tráfico notable de gente, de la más variada edad, condición y nacionalidad. Dos hombres de cabello blanco se erguían tras los mostradores de la recepción, ora mirando el reloj de la pared ora resolviendo inquietudes. Con la confianza de los que ignoran para donde van me presenté frente a uno de ellos, a quien le hice saber de mi visita pidiendo un folleto con los eventos del mes. Busqué con tino el programa de aquel día, dándome cuenta entonces de lo tarde que era pues ya la clase había comenzado, el viejo frente a mí me señaló la ruta intricada a través de salones, pasillos, puertas de vidrio y escaleras, hasta el auditorio de recitales Franz Josefowitz, donde habría de darse la clase de órgano. Atravesé varias puertas, guiándome por los letreros, dándome cuenta de lo fácil que sería perderse en aquella academia de pasillos laberínticos. Sin embargo no tardé mucho en dar con el aula de recitales, separado por dos puertas de cristal suponiendo que para separar el sonido, y presidido por una sala amoblada cómodamente con sofás de cuero, donde varios estudiantes trabajaban partituras en sus computadores y con los audífonos puestos. Pasé de largo para encontrarme con una puerta última que me abrió la sala, luego de hacer un poco de esfuerzo adicional ya que ésta gozaba de peso inusual e imprevisto. Al entrar me sorprendí de el mal momento en el que había llegado, las visagras produjeron un sonido que dio a entender una intromisión, pues tal bulla no habría salido del órgano, así hubiese sido una nota tocada por un patán o malandrín sentado frente al teclado; los presentes dirigieron su vista hacia la delgada separación de puerta y dintel donde yo me encontraba, tan quieto como el órgano en sus cimientos, tal vez sujetado allí desde la construcción de la academia, varias docenas de decenios atrás. Una mirada de desentendido me permitió atravesar la sala, ocupada sólo por algunos estudiantes con notas encima de los pupitres y tres o cuatro personajes de canas puras; aquella mirada de poco interés -la frente alta, el paso lento- fue señal clara para el maestro frente al teclado para continuar su clase, cambiando las notas del chirrido por la grave vibración de su órgano. Tomé asiento frente al maestro, unas dos líneas detrás, y dediqué mi atención a la solemnidad del claustro; era un recinto claro cuyas cortinas llevaban grabados de corcheas y fusas sobre toda la superficie, tampando la luz detrás y enfrente proveniente de amplios ventanales que llegaban hasta el alto techo; no era muy grande, pero había algo allí que guardaba su paz, tal vez el piano en la pared opuesta o el mismo órgano, frente a frente el uno del otro y en cuyo centro se apretaban las sillas, el órgano sujeto al suelo y alto, sus tubos rozando el techo. La música que comenzó a sonar desvaneció mis intentos de concentrarme haciéndolos innecesarios, sumiéndome en las aguas densas de la lentitud de las notas, profundas, solemnes; sin darme cuenta me sostuve dentro de la placidez que expelían los tubos altos, descifrando sin querer la resonancia que producía el recinto y adivinando los movimientos de las manos del maestro sobre el teclado, cuya espalda me imposibilitaba la vista. De cuando en cuando paraba en seco, y los tubos altos dejaban de sonar y la resonancia se perdía por misterios que aún nos son desconocidos; entonces el maestro giraba, mostraba su rostro y daba una explicación en tono displiscente, más bien dirigiéndose a los estudiantes, desmenuzando cada nota que había tocado para darla a entender como las expresiones de las que se valía el compositor, entre sonidos graves y lentos, para expresar tristeza o falta de fe, o de rápidos y agudos para empeñarse en la tristeza o vislumbrar algo de luz. Luego giraba de nuevo de frente al teclado y continuaba la música, y el recinto volvía a llenarse de siglos pasados y berlinas, de tallados finos en madera y duelos de caballería. Poco tiempo pasó, no más de veinte minutos, sometidos a cabal atención, dividida entre los sonidos del órgano, la voz del maestro, sus explicaciones y sus relaciones con las notas escuchadas, las manos sobre el teclado que no erraban por el rigor del genio. A veces, explicando los movimientos, se detenía a comentar lo difícil de la interpretación, decía que este o tal fragmento era complicado y su ejecución requería talento, otras veces realizaba movimientos con una mano, lo explicaba, luego hacía otro con la otra y lo explicaba, y finalmente los combinaba y daba a entender su resultado, y daba cuenta de él como parte de su clase selecta. Al final preguntó, proyectándose a la clase del siguiente día, si alguien sabía interpretar tal o cual composición, para su debido estudio. Entonces la música cesó del todo y los presentes se pusieron de pie, cada uno se compuso como pudo y salieron del recital; yo me salí presto, caminé por los pasillos abriendo puertas, deseoso del fresco afuera y de ver la ciudad de noche bajo los acordes de las notas cuya gravedad seguía resonando en mi cabeza, casi constante en el espíritu, y una vez afuera caminé a la luz de la tarde pronta a caer, llegué a la estación de bus y sin mucho cuidado me trepé uno de ellos, miré tras el ventanal y vi pasar la ciudad a ritmo suave, dulcificado por el recuerdo de los vientos del órgano. Con tal desidia volví puntual al siguiente día a la Academia, ya con la certeza de un concierto y sin el fastidio de lo desconocido. Esta vez un negro de calva rasa me impidió la entrada desde una de las recepciones, pero le amainé sus ánimos enseñándole la guía del mes con el dedo indicándole el concierto del día, y éste cambió su escorzo y mudó sus palabras, quiso explicarme la ruta hacia el recital Josefowitz que yo ya conocía y me invitó cordial, y yo le agradecí, como de paso, y me adentré despacio, haciendo un poco de tiempo para no hacerme notar por la presura. Volví al salón que preside el aula de recitales y, habiendo poca gente ocupando los sofás de cuero blanco, tomé asiento, esta vez sin el afán del día anterior y entre los estudiantes de las parituras y los audífonos. Esperé media hora sumido en mi lectura, haciendo caso omiso a las miradas de curiosidad que me lanzaban los estudiantes, quizás extrañados al ver un rostro nuevo merodeando dentro de sus antros, atiborrado de caras harto conocidas. Con deseo de adelantarme, más por ubicarme en un buen sitio que por incomodidad en el salón entre estudiantes, caminé hasta la puerta del recital cuya perilla era de un metal sórdido, más bien como de salida de emergencia, y una vez adentro estremecí las visagras una vez más pero en una puerta opuesta a la del día anterior, esta vez el suceso produjo algo más de incoveniencia y no hubo rostro capaz de disimular el agravio. La música que resonaba en el antro cesó en medio de una nota y fue como si algo se hubiese derrumbado adentro, como si una luz hubiese sido apagada, como si un ensueño hubiese sido borrado por la lucidez; el piano en frente mío apareció al tiempo que terminaba de abrir la puerta del todo, la figura sentada con las manos sobre el teclado me miró con curiosidad, y luego desvié mi mirada hacia alguien que habitaba el recinto sin que yo me hubiera percatado, una rubia de lentes a la cual dije sorry, a lo cual respondió con un the concert is at six, y sin pensarlo pedí el favor de que me dejaran entrar para esperar sentado y asistir a la práctica, si no era molestia, y la rubia me dijo que sí, y el joven en el teclado siguió mis pasos con la misma curiosidad hasta que me hube sentado, y luego repeinó sus cabellos y continuó, una melodía lenta y grave cuyas notas caían pesadas y sonaban como rocas precipitadas en el agua turbia. Lo observé por unos minutos sin parpadear, la figura un poco encorvada, las manos blancas, los lentes delgados sin marco, el cabello pardo, todo ello inmerso en el teclado y existiendo para cada empuje de sus dedos, su más valiosa atención la daba a las notas y al momento de ejecutarlas. Al cabo de un rato aparecieron dos personajes detrás mío, suspendiendo la práctica, el joven fue a recibirlos y se apresuró a saludarlos en un francés pulcro; era una mujer de buen vestir y avanzada edad, en compañía de un caballero distinguido, de saco y corbata, que abrazaba al joven músico con una firmeza de padre satisfecho. Conversaron durante un tiempo, de pie, hasta que el joven les invitó a tomar asiento en la segunda fila, tapándome la vista por supuesto, pues habíame ubicado en la tercera fila del lado izquierdo, donde mejor podía verse la ejecución, guardando mi distancia un poco atrás por un capricho que, luego de ser cubierto, no logré entender. El joven salió por la puerta del recital al cabo de un rato, cuando ya el aula comenzaba a llenarse de gente, viejos de saco grueso y estudiantes de la Academia. Cuando reapareció, el público le dedicó unos aplausos, y presto se sentó frente al piano, se pasó las manos por la cabeza, hacia atrás, y se hizo el silencio a la vez que éste posaba sus manos sobre el teclado. Pasaron unos segundos de quietud, los presentes atentos al sonido próximo y las vistas fijas en el mismo punto, la música comenzó de pronto, tan sosegada que parecía la lluvia tenue que preside la tormenta; el recital entonces fue llenándose poco a poco de notas que resonaban entre las paredes y entraban a los oídos con la dulce sensación del arpa, los congregados dispusimos de cada nervio del cuerpo para la resonancia, aquel sonido lluvioso nos acelerelaba el pecho o nos hacía sentir el pálpito, el ritmo de los golpes del teclado maniobraron las sangres de cada cuerpo, haciéndolos leales sirvientes de los dedos del intérprete prodigioso. Transcurrieron dos horas de música de la época romántica, interrumpidas sólo en los intervalos de los cuartetos cuando el intérprete se levantaba, recibía aplausos, salía, luego de unos segundos volvía a entrar para recibir más aplausos y acto seguido volvía a sentarse frente al piano, las cuatro sonatas las dedicó a la Academia -gesto noble ya que bien podría haber llenado el Victoria and Albert Hall-, dos sonatas de Clementino I y dos de Beethoven que intercaló para un estudio del estilo de composición de la época; al llegar la hora final de su interpretación fue aturdido por los aplausos, salió y entró tres veces del recital para halagar el público que se negaba a dejarlo ir sin una tormenta incesante y sincera, él sonreía con cierta timidez pues a pesar de la dificultad de las composiciones éste se sabía capaz de más, mucho más, lo supe leyendo el folletín de presentación del evento que anexaba una corta biografía, donde numeraba sus premios en la Academia Francesa. No dudé en salir presto, ansioso de sentir la Marylebone Road bajo los aires de la música que aún resonaban en mi cabeza, dándole tintes nuevos, la oscuridad de la ciudad alumbrada por el tráfico y las luces de las calles y los edificios fue una sonata a la que no había asistido hasta ese instante preciso, caminar la vía hacia Baker Street para tomar mi bus de regreso a casa resultó una composición de mil notas, cuyo piano era Londres y el intérprete mis propios pasos silenciosos.

Se nos vino el invierno y no dejamos de salir a caminar, las hojas que tapizaban los prados ya no los adornan, ni los vendavales ni la lluvia existen ya, a veces despierta uno y al mirar por la ventana observa la nieve, tal cual, sin más ni más, blanco todo a imitación de la pureza; los cuervos que había antes encima de los árboles esqueléticos ya emigraron, los paraguas son todos grises y ya no se ven más los rojos y verdes en los vestidos de las mujeres; sólo el gris y negro a cuadros, las botas de cuero y los guantes; el amarillo en los cabellos ya no se ve casi, y seguimos caminando, incansables, ora por ver los mapas de la ciudad en la exposición de la Librería Británica, ora por ver a Van Dyck en una galería que mucho tiene de Salón Lautrec.

Marías dice que escribir literatura le permite a uno dejar de escribir como un notario, y que escribir es una forma de pensar activa. Las notas en mi libreta van de listas de música a estudios sobre Rembrandt y Picasso; a veces hay un aviso “obsérvense los rostros en el tren”, o “recuérdese la historia de Michaela en Hamleys”. Hemos sabido que antes de morir el Rey Arturo se convirtió en cuervo, y desde allí que está prohibido cazar cuervos en el Reino Unido porque él habrá de volver, y que en La Torre de Londres ha habido desde hace novecientos años un entrenador de cuervos, vestido de negro y con sombrero aplastado. Según Borges Londres es un laberinto roto, y trata uno entonces de caminar con una sóla pregunta en la cabeza, a través de Oxford Street o Marylebone, “¿dónde se rompió el hechizo, dónde dejó de ser laberinto?”.

Un café que se enfría antes de ser terminado, un cigarrillo que pierde las nociones las largor y disfrute y se transforma en tiempo, la bufanda que habrá de bambolearse, la loción italiana a la que no nos acostumbramos todavía y que se siente a pesar del tabaco, los rastros minúsculos de sangre que ha dejado la cuchilla de afeitar, el andar sonoro y largo, la mirada fija en ningún lado y la música que progresa en mi cabeza y que tiene tintes de infancia. Nos hemos acostumbrado a ver las calles llamadas con apellidos, las letras sajonas en las esquinas de los bloques, los árboles enchamizados y los adoquines de mármol; nos hemos acostumbrado a los parques de interminables verdores, el blanco en las avenidas y las columnas talladas. Seguimos mirando con sorpresa el ojo, el reloj, las catedrales, los callejones inesperados, los mapas que nunca dejamos de estudiar; nos sigue conturbando la plaza y Piccadilly. All Souls nos sigue pareciendo perdida entre edificios cuadrados de ventanales y nos da la impresión de que Oxford ya no es lo mismo de antes. Tomamos pintas en los pubs que los ingleses siempre decoran con madera y lámparas rojas, con caligrafías que no parecen nuestras escribimos sobre sus mesas, esbozamos mapas o simplemente fumamos; no hemos dejado de comer con afán en las tiendas de indianos o tampoco dejamos de escuchar a Bach; no volvimos nunca a la tabacalera o a las librerías de Charing Cross y nos da la impresión de que Londres sigue aún sin ser perturada, que sigue siendo el mismo lugar de nadie que no nos ha albergado lo suficiente, y que nos sigue invitando a descubrirlo.

Las mujeres, siempre las mujeres, nos recordaron a Schubert y su Serenade, las amarguras de los sonetos, y nos invitaron a descubrir a Thomas Moore y a Rossetti: Las hemos visto tomar el tren, treparse en el bus y perderse entre pasajeros, tomar un cab y dejarlas de ver tras los cristales. Nunca les prometimos más amor que el que les dimos cuando estuvieran de regreso. Nunca dimos más de lo que teníamos, y aún así el peso del recuerdo nos embargó, y lloramos, y muchas veces nos dijimos no más, y siempre volvimos a ellas en la frescura de la mañana para buscarlas según el rastro que dejaron sus labios en un sueño que algo tuvo de recuerdo, una caminata corta hasta Trafalgar o hasta Bone Street. Permitimos que entreran a decidir el rumbo de nuestros desvelos cuando nos prometían un no sé qué con unos ojos claros, que se olvidaran de las palabras al oído y las caricias atinadas cuando se adentraron en la estación de tren, o en el bus o al cerrar certera la puerta de cab. Muchas veces decidimos olvidarlas y las recordamos aún, otras las quisimos recordar por la promesa de un amor o por nostalgia y dejamos de pensar en ellas al verlas desaparecer entre el tráfico; las vimos reaparecer por la misma acera por donde partieron y ya no las queríamos, otras las seguimos queriendo y volvieron y otras dejaron de venir y aún las queremos. Les dijimos cosas en una noche o através de los meses, las quisimos con el mismo afán una noche o durante los meses de la agonía, (el fondo de la ciudad cambió para repetir los acordes idílicos), nos vieron ebrios y ebrios de amor y nos correspondieron, nos rechazaron y nos pidieron más, nos quisieron y nos dijeron que nos fuéramos, que no volviéramos más.

Las cosas que escribimos nunca dejaron de ser nuestras, la vida se nos iba en cada palabra porque habíamos caminado por la ciudad, la habíamos sentido, la habíamos buscado, la habíamos llorado. Muchas veces, en la desesperación, caminábamos apresuradamente por la calle, apartando gente, conteniendo las lágrimas para vertirlas todas y de una vez por todas en la Plaza Trafalgar, y ésta se nos abría, y entonces bajábamos las escaleras de piedra blanca con despacio, casi solemnes, para llorar a solas en una banca bajo la sombra del General.

Los días que estuvimos allí los recorrimos sin afán, quizás tratando de menguar el ritmo de la ciudad, sin éxito, amainando los pasos frente a una arquitectura o una mujer sajona, trazando rutas en los mapas que más se nos parecían a la ciudad que imaginábamos, más extensa y más nuestra, sin saber que siempre nos equivocábamos, las fronteras se nos desvanecían al cambiar de acera, el río nunca nos tuvo por suyo y sus parajes en las riberas jamás nos dejaron hacer parte del paisaje. Los cigarrillos que nos fumamos nunca aplacaron la desdicha que nos produjo el caminar a ciegas entre glorias muertas y los edificios del Centro, los cafés se nos enfriaban tratando de dibujar con pluma un momento en Shaftesbury Avenue o sobre el puente de Waterloo; las fotografías que tomamos carecieron por completo del sabor inglés y siempre añoramos volver a recorrer las calles y ver el sol detrás de las Casas del Parlamento y volver a ver una inglesa de paso rápido, rauda y bella sin más; las noches que añoramos en soledad un matiz de tal cabello rubio o tal cadera, el acento y la desidia, nos hicieron querer más la ciudad y más nos impulsaron a descifrarla, mil veces caminamos por Charing Cross, mil veces caminamos la ruta del Salón Lautrec, a través de Oxford Circus, Regent Street y Piccadilly hasta Trafalgar, donde encendíamos un cigarrillo sin afán y lo fumábamos bajo la estatua de Nelson, mirando hacia la Torre Victoria que nos miraba desde un lugar no muy lejos entre los edificios que rodeaban la Plaza. Los mercados del Borough, Portobello y Wembley fueron señales firmes de que todo era posible en la ciudad, y las gentes que conocimos nos confirmaron que Londres era el Mundo, en su polifonía, en su inmensidad, su prisa, sus museos, su Westminster y los muertos bajo sus fosas; las cervezas y el Whisky nos enseñaron que desde cualquier lugar y a cualquier hora era posible volver a casa, que Londres era un sirviente del beodo, amigo del turista y consuelo del melancólico; en la Gallería Nacional supimos que también Monet pintó las riberas del Támesis, en el Tate conocimos a Turner; sabíamos de antemano que Händel compuso en Londres, y por ella compuso, y durante nuestras caminatas recordamos la Música del Agua y la Música de los Fuegos Artificiales, desciframos los trazos y el color de las olas y los nombres de los barcos que atracaban en Aldwych; vimos la réplica del bajel de Sir Francis Drake, la armadura del Rey Eduardo y los aposentos de Enrique VIII durante su reinado, en la construcción de la Abadía de Westminster.

Ahora pienso que Londres no nos necesita, pero sí nos pide la vida que cantemos por ella; es más, se hace necesario escribir para dar fe de la ciudad y la vida y las tristezas a las épocas venideras, no como ejemplo pero sí de regocijo; entonces, te digo, debemos coger las plumas y escribir, porque, más que una labor es un deber ya, se nos pide que seamos voceros de las glorias que ya no están, que murieron y que fueron olvidadas, a pesar de mirarnos sin ver a través de sus ojos de cobre o mármol que fueron cincelados por un maestro que nosotros también alabamos.

Vidas Pasadas

Se pregunta uno si las notas en la libreta, las imágenes garabateadas o los recortes de revistas, serán de utilidad en un futuro más o menos incierto; se pregunta uno si vale la pena cavilar tanto en personajes que dejan de existir en el recodo de una acera o peor aún, al cambiar de página, o si es justo devanarse los sesos desarmando un texto que goza de cierta música; no deja de sorprendernos que haya tanto empeño en caminatas y desvelos por arquitecturas cuyas épocas no precisamos, que pasemos tanto tiempo hojeando libros o mirando hacia ningún lado desde el consuelo de nuestros cigarrillos, en alguna esquina transitada o desde las plazas que tanto nos han gustado. Seguimos perdiendo el tiempo en las galerías de arte, comprobando con minuciosidad la existencia de pintura en las figuras o el paisaje, leemos con cierto escepticismo los comentarios de los cuandros y tratamos de ubicar el estudio alrededor y al artista frente al fresco para dar por verídica la causa humana, para comprobar que fue una mano de carne y hueso quien lo pintó y no un espíritu con una suerte de semidiós, quien invocó los colores y trazó las perspectivas para dar un testimonio de su grandeza. Muchas veces perdimos la ruta de los paseos por adentrarnos en un callejón que no parecía cerrado y con la esperanza de salir en un lugar fantástico, o por seguir los pasos de una mujer que nos lanzó una mirada salaz con sus ojos claros, o por un contraste vivaz o una fachada de antigua época, la ruta que trazamos se deshizo en ilusiones y se convirtió en un ya veremos, y la suerte nos trazó otra caminata que la que habíamos estudiado en el mapa y en las guías turísticas, y terminamos caminando en otra ciudad, dando fe certera de otros sitios, sorprendiéndonos por cosas que no debieron, y lo hicieron, a pesar de no haber tenido ventura con los ojos claros que nos hicieron adentrar en el callejón, a pesar de no haber encontrado el lugar fabuloso que trazó la imaginación, al contrás de la fachada y la pérgola y acaso el ángulo de los elementos que nos sedujeron a entrar. Meses antes de volver caímos en la cuenta de aquello que tanto habíamos estado sospechando, el sabor de ensueño que tenían las caminatas se dio por inequívoco, la creencia vaga de que todo era visto como desde una llanura nublada es ahora una certeza, la noción ilusa de que todo habría de difuminarse fue entonces un hecho, una firme convicción que nos golpeó con su peso solo, el traqueteo del tren fue un sonido que más tenía de lucidez onírica que de recuerdo, y aceptamos la tragedia como si supiésemos de antemano que a este punto habría de llevarnos la vida; cada cigarrillo se esfumó presto, cada noche entrelazado con una mujer se transformó en recuerdo solo, cada caminata se fragmentó en la memoria y quedaron apenas imágenes de una ventisca, de un verdor, de una cúpula, de una rubia. Pensamos siempre que aún faltaba mucho tiempo para volver al cuarto y preparar las maletas, decir adiós desde el pasillo del aeropuerto, y una vez más detrás del vidrio desde el cual no nos ven; creímos que las noches frías en la estación de trenes no habrían de acabarse nunca, es más, pensamos que no podríamos evadir tan penoso destino como era el de congelarse esperando un tren, y nos sentíamos desdichados por ello; nunca creímos que dejaríamos de ver la Plaza o que no volveríamos a caminar por la ribera del río, que no veríamos más los barcos encallados o las librerías o los callejones o los mármoles o la Regent Street; los sonidos de Oxford, la luces de Piccadilly y el puente de Waterloo son como fragmentos de vidas pasadas que recordamos gracias a una tragedia de la memoria, una condena que nos ata a esa vida que ya no es nuestra, que imaginamos muy lejana en la historia, que se perdió como el humo de los pubs entrañados, como el traqueteo del tren sobre los rieles, como los adioses de las rubias que nos dijeron me voy y no volvieron. Volvimos a caminar la Regent Street de noche, los edificios se proyectaron al salir de Piccadilly y se engalanaron de luz artificial, dándole cierta palidez vívida al marmol de sus pérgolas; la calle gozó de calma, los pocos autos que transitaban eran buses cuyo rojo era contraste para la noche, el negro de los cabs fue el pincelazo breve que se mezcló con la oscuridad, resaltando el claro de los edificios. Volvimos a sentir el frío de la madrugada golpeándonos en el rostro, los vientos del Norte helado recorrían la calle apretados por los mármoles que los contenían, y nuestros cabellos se bamboleaban, y los pasos se hacían más prestos en busca del refugio. Una vez más tomamos las rutas nocturnas para volver a casa con el sabor de la fiesta, para dormir no más de dos horas y sufrir el trasnocho, las rutas en las afueras del Centro viven entonces un rato de solemnidad cuando las atravesamos en tales rutas, frecuentadas sólo por ambulantes solitarios y carros distantes, el viento allí sopla más fuerte y el frío se asienta con mayor comodidad, dado a la altura y disposición de los edificios de postguerra. Buscamos en vano el consuelo del tren, bajo el tumulto incesante de Piccadilly con su colorido babélico, y encontramos las puertas cerradas en los túneles que dan a la estación, como siempre las encontramos los meses anteriores cuando buscábamos la ruta de vuelta a casa en los ratos de trasnocho alegre, tantas veces, y leíamos y nos negábamos a creer que no había trenes hasta las cinco, volvíamos los pasos hasta Oxford para encontrar las señales que nos guiaran a casa, para sacarnos de este laberinto que es el Centro de Londres. Aquellas rutas que tomamos con el afán de aventura, en algún paradero de Oxford, también fueron lápices de colores que trazaron los límites de la ciudad. El mapa del sistema de trenes, los trayectos de buses marcados en cada estación, nos dieron la impresión de que algo secreto guardan los nombres de las paradas, ora Craven Park, Cavendish Road o Carnabis Street, ora Blackbird Cross, donde tomábamos siempre las rutas hacia el Centro. Muchas veces me trepé en bus, cuyo número superaba mis límites de tolerancia (pues el orden inglés prohibe números aleatorios, todos los números ordinales corresponden a rutas existentes), el número 1 finaliza en Waterloo, el 27 en Turpham Green, el 453 en Marylebone, el 607 en Shepherds Bush, el 12 en Dulwich Library; tan sólo la seducción que me producía un nombre me animaba a treparme en la ruta, dando con glorietas donde se elevaban arcos de marmol, vistas a los parques de interminable verdor cuyos árboles se inclinaban en el horizonte, calles apretadas que se extendían hasta muy lejos, prolongándose en líneas de chamizales y edificios blancos; vías rápidas dominadas por comercios e industria, imponentes y desolados bajo el cielo gris. Si dijeron alguna vez que habría de perderme por las calles de Mayfair y Soho, por Kensington y Fitzrovia, era porque había en cada calle un horizonte incierto que extendía el laberinto hasta los límites de la incertidumbre. La promesa de una plaza que cambiara el rumbo de mi destino era una vaga imposibilidad que sostuve a pesar de saberla inútil, más aún, trazaba rutas según los nombres de la historia para imaginarme un suceso que marcó una época y de esa manera sumirme dentro de la historia misma, para ser parte de ella, para comenzar una nueva, y tantas veces torcí la ruta prevista con el ánimo de hallar el lugar último de algunas piernas, tantas veces me dejé guiar por deseo recóndito de un callejón misterioso que se perdía en un recodo incierto, y nunca terminaba por encontrar el final de mis caminatas, sino que prevía un día siguiente para alejarme un poco más, para iniciar una nueva ruta desde el lugar donde firmé mi rendición en la anterior, siempre con la esperanza de llegar al final y encontrar la salida del laberinto. Desde la Galería Nacional, entre las columnas romanas de su entrada, con la vista fija hacia Whitehall donde se pierde la vista, contemplaba la Plaza Trafalgar desde la altura, asistiendo al milagro de la urbe y la imponencia del imperio. La amplitud de la losa gris, los barandeles de piedra rodeándola, el tumulto del tráfico abrazando la Plaza, los incontables cuerpos diminutos que se regocijaban al atravesarla, los edificios altos de la antigüedad cerrando los confines, las estatuas de cobre de generales a caballo sobre sus pedernales de mármol y la torre única elevada hasta el viento de los pájaros, tan sutil en grandeza, fuera de alcance para los leones metálicos que aguardan el tiempo y se miran entre sí para proteger la torre. Al cabo de un tiempo, desde aquella altura de la Galería, termina uno permitiéndose la impresión de que se está contemplando el mar. Las olas, en su incesante movimiento, repiten la danza melódica de las aguas infinitas, reflejando una superficie vivaz y luminosa. La quietud del horizonte, la línea firme que separa el cielo y la tierra, es a veces tan vaga como el concepto de lejanía. Tal es el oleaje de la Plaza: un ir y venir de olas humanas y tráfico y luces y ruido, al contraste de la quietud de los mámoles y los cobres y perspectivas de calles y edificios. Todo es finito para los ojos de la eternidad, que mira como un mismo instante lo que demora un pájaro en cruzar la vista del General, que su torre infinita en derrumbarse por las veleidades del tiempo.